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Historia de la Poesía Española

Desde las primeras jarchas a las nuevas generaciones de poetas

 

Renacimiento

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 Por Antonio Rivero Machina

      

1. Introducción

   La literatura española conoce su máximo desarrollo y esplendor en los siglos XVI y XVII, a la par que la monarquía hispánica alcanza la hegemonía mundial en el terreno político y militar. El detonante será la llegada definitiva de las corrientes renacentistas que recorren Europa y de todas aquellas novedades que dan lugar a la Edad Moderna y que pusieron fin a la medieval. De su interpretación y particular visión en España nace el periodo literario y cultural conocido como “Siglo de Oro” y que podría situarse entre 1492 (fecha determinante por muchas cuestiones y que podría resumirse como el momento de la unión definitiva española política y religiosamente hablando, junto al descubrimiento de América) o 1517 (subida al trono de Carlos I) y 1681 (muerte de la última gran figura literaria: Calderón de la Barca). El “Siglo de Oro” se extiende, por tanto, entre dos siglos, el XVI y el XVII. Podemos decir, grosso modo, que el XVI corresponde al Renacimiento y el XVII al Barroco.

    Definir los rasgos esenciales del renacimiento español, tan particular, y más aún los del Siglo de Oro, es harto difícil. Se puede, empero, articular una serie de campos en los que recoger los ingredientes esenciales de la época aúrea.

 

Concepto de renacimiento

    Se habla del Renacimiento como del redescubrimiento de los autores de la cultura clásica. Habría que matizar que estos autores no se redescubren en el sentido de haber permanecido hasta entonces ignorados, sino que son redescubiertos no como meras “autoridades”, sino como modelos de arte y de belleza. Tanto es así que se puede hablar de una exaltación del mundo antiguo. Los grandes modelos serán las Poéticas de Aristóteles y Horacio. Junto a los autores greco-latinos, son los escritores italianos el principal modelo de los poetas españoles. En la poesía del XVI el gran referente será sin duda Francesco Petrarca.

    A partir de aquí podemos añadir otros aspectos no menos determinantes para entender el concepto de Renacimiento. Para la literatura, es fundamental el triunfo de las lenguas vernáculas como vehículo de expresión artística, pero también como lengua de ciencia y tratados filosóficos. El Renacimiento supuso, así pues, una revalorización de estas lenguas frente al latín. Ello llevó a la preocupación por cuidar y depurar dichas lenguas. Los humanistas se encargaron de ello publicando numerosas gramáticas que trataban de equiparar las lenguas maternas a la latina, lengua de cultura por excelencia. En el caso español es más que patente. Existe en Nebrija, Valdés o Garcilaso una conciencia de la necesidad de fomentar el uso artístico y elevado del castellano y debemos hablar de dos grandes figuras, en muchos aspectos contrapuestas: Elio Antonio de Nebrija, autor de la Gramática de la lengua castellana y Juan de Valdés, autor, por su parte, del Diálogo de la lengua. La lengua también contó con el respaldo del poder. La monarquía patrocinó a Nebrija y exportó por las cancillerías el empleo del español. También el castellano conocería su mayor expansión en el Nuevo Mundo.

    Otro pilar del Renacimiento es la corriente intelectual que agrupa eruditos de la época y que ha dado en llamarse “humanismo”, los studia humanitatis. El humanismo se ocupó de asuntos filológicos, especialmente de la gramática, relegando a la escolástica medieval; no era sino un regreso del trivium como núcleo del saber humano. Se valoró fundamentalmente los preceptos de Cicerón en retórica y el idealismo platónico. Pero el humanismo es algo más que eso. El nuevo pensamiento creyó en el hombre como ser capaz de enfrentarse a la naturaleza y no como un simple ser pasivo en manos de los designios divinos. De ahí que se hable de un paso del teocentrismo al antropocentrismo. Grandes humanistas españoles fueron Luis Vives, Arias Montano o Miguel Servet, por citar una pequeña muestra.

    Otra novedad que marca diferencias con el medievo es la nueva concepción del placer y de lo físico. Existe una nueva visión del placer positiva apoyada por el epicureísmo que no reserva a la vida celestial el goce. El hombre del renacimiento quiere también aprovechar el mundo terreno. Al epicureísmo se suma la concepción idealista de los neoplatónicos de la naturaleza y la belleza. En la literatura esto se traduce en un mayor interés por la belleza como algo valioso por sí mismo. Es decir, que mientras en la Edad Media la literatura tiene fines prácticos (moralizar, enseñar, entretener) la nueva poesía es valiosa en sí misma por ser bella. Esto supone una mayor preocupación por la forma y la confirmación del amor, la naturaleza y la belleza como principales fuentes de inspiración.

      

Novedades sociales

   La Edad Moderna se caracteriza fundamentalmente por la caída  más o menos definitiva de la sociedad estamental feudal y por la aparición del estado moderno. En España la burguesía también aparecerá, aunque se mantendrá débil frente a la aristocracia. Florece tímidamente una economía de mercado avalada por las importaciones del Nuevo Mundo, aunque el sistema de propiedad de la tierra continuará siendo señorial y la economía fundamentalmente agraria.

   En cuanto al Estado Moderno, efectivamente los Reyes Católicos lograrán la creación de un estado fuerte y más o menos centralizado. Estos reyes debilitaron el poder de nobles y Órdenes militares en favor suyo. Junto a ello, conquistaron en 1492 el último reino musulmán, Granada y en 1512 se anexionaron Navarra. A la unidad política se sumó la religiosa: en 1492 se expulsó a los judíos de la península que no optaran por la conversión y para controlar la uniformidad religiosa se vigiló la vida civil mediante la Inquisición. En 1517 Carlos I era nombrado Rey de España y en 1519 Carlos V Emperador de Alemania. La monarquía hispánica se convirtió así en la más poderosa del mundo conocido, con toda América (con el permiso de Portugal) para ella. En la figura de Carlos I se aglutinó pues todo el poder, tal como postulaba Maquiavelo en El Príncipe.

      Aunque en esencia Iglesia y Aristocracia mantuvieron sus prebendas y apenas hubo cambios perceptibles para el pueblo, la nueva sociedad estaba ordenada más por el dinero que por la sangre, especialmente en el Nuevo Mundo. Pero las clases altas y la literatura españolas reflejan como en el ámbito hispánico ni la religión ni la cuestión de la sangre perdieron su valor hasta el punto en que lo hicieron en otros lugares de Europa. La sociedad española del XVI está marcada por dos conceptos determinantes: la “pureza de sangre”, o lo que es lo mismo, no ser cristiano nuevo (conversos del judaísmo tras el decreto de expulsión) y la honra. El concepto de “honra” hunde sus raíces en el pensamiento medieval y supuso una motivación vital para la nobleza española del XVI. Encontramos muchos otros elementos medievalizantes en la aristocracia española (sólo hay que advertir el éxito de las novelas de caballerías) en aquel momento de exaltación nacional y de grandes hazañas militares tanto en Europa como en América. También la concepción del amor está fuertemente influida por el viejo “amor cortés” medieval. Más genuinamente renacentista es la nueva idea del perfecto cortesano. Como expresó Castiglione, el buen cortesano debía dominar “las armas y las letras” por igual, siendo un perfecto soldado y un delicado amante y poeta, siendo diestro con la espada y con la pluma. Y efectivamente, gran parte de nuestros poetas eran además soldados, o lo que es lo mismo, perfectos cortesanos.

 

La religión

   El ingrediente clave que distancia el renacimiento hispánico del resto, es su visión de la religiosidad. Durante el reinado de Carlos I, sobre todo en sus primeras décadas, marcadas por el Saco de Roma, los erasmista tuvieron cierta influencia con humanistas como Alfonso de Valdés e incluso el inquisidor general Alonso de Manrique. El cristianismo promulgado por Erasmo de Rotterdam postulaba un cristianismo desnudo de ceremonias, íntimo, la práctica de la bondad, la oración mental y en general la vuelta al cristianismo primitivo.

   Pero, como hemos dicho, la sociedad española estaba marcada por conceptos como el de “pureza de sangre” y sometida a la atenta mirada de la Inquisición. Estos rasgos serán más fuertes tras el Concilio de Trento, durante el reinado de Felipe II, adalid militar de la contrarreforma. La sociedad contrarreformista vivía en una constante exaltación de la fe con procesiones y  autos de fe. Era, además, tarea del Imperio la evangelización del Nuevo Mundo. La contrarreforma ponía especial énfasis en la ceremonia y la doctrina, la moralidad estricta y la austeridad, el acatamiento de la autoridad papal, la persecución de los herejes y la única interpretación oficial de la Biblia. Para avalar el triunfo de la contrarreforma Ignacio de Loyola fundó la Compañía de Jesús.

   Todo esto afecta directamente a la literatura. La Inquisición se encargaba de revisar la adecuación de cada publicación a la doctrina oficial y expurgaba o prohibía cualquier obra sospechosa. Además, fueron frecuentes las versiones “a lo divino” de numerosas obras de éxito. La Iglesia era en sí misma una parte numerosa de la sociedad y reflejo de ello es el gran número de autores pertenecientes a órdenes religiosas (entre ellos gente como San Juan de la Cruz, Fray Luis de León, Fray Antonio de Guevara o Santa Teresa de Jesús).

 

Cultura y estilo. La particularidad española

     La última gran novedad por citar de la Europa renacentista es la aparición de la imprenta de tipos móviles, que trajo consigo la producción masiva de libros y un aumento significativo de lectores y de la producción de nuevas obras. En España las primeras imprentas ya aparecieron en el reinado de los Reyes Católicos y pronto aparecerían importantes focos gracias a familias de impresores extranjeros. También apreciamos un interés por fomentar la cultura en iniciativas gubernamentales como la fundación de la Universidad de Alcalá de Henares gracias al particular patrocinio del Cardenal Cirneros.

      Pero las corrientes europeas, que impregnan los círculos universitarios y humanistas, conocerán una implantación relativa por culpa de la presencia coactiva de la Inquisición. Hubo un importante afán crítico y revisionista, fundamentalmente erasmista, durante el reinado de Carlos I, pero con la sucesión de Felipe II, las guerras de religión (España luchaba contra protestantes y turcos) y el Concilio de Trento, la segunda mitad del siglo XVI conocerá una fuerte ortodoxia que distanció definitivamente a España del resto de Europa y cortó las alas a los espíritus críticos.

      Se ha hablado mucho de lo particular del estilo del renacimiento español, y hasta se ha dudado de él. Para empezar, diremos que son tres sus principales registros: el popular, el clasicista, y el ampuloso culterano. En el siglo XVI se aprecia en la primera mitad un afán clasicista por la belleza serena y natural que a partir de la segunda mitad se complicará y barroquizará hacia lo afectado. Pero lo grandioso de nuestras letras áureas consiste precisamente en la conjunción de los tres estilos y de cuatro grandes fuentes: la tradición popular (motivos folklóricos, refranes, romances...), los autores clásicos (en especial Virgilio, Horacio y Ovidio), la literatura italiana (Dante, Petrarca, Bocaccio, Bembo...) y la tradición bíblica y cristiana (tópicos, ideales, cosmogonía...). Es el Siglo de Oro, pues, una paradoja, cierto, pero también una síntesis, con lo que ello supone, de lo popular y lo culto, de lo universal y lo local, de lo realista y lo idealista, de lo divino y de lo humano.

 

2. Poesía en la primera mitad del XVI

   Se suele hablar de 1526 como la fecha de arranque de la poesía italianizante en España, del arranque de la lírica del Siglo de Oro. Es este año la fecha del encuentro entre el cortesano y poeta Juan Boscán, y el embajador de Venecia, Andrea Navagiero, en Granada, con motivo del enlace entre Carlos V e Isabel de Portugal. Como refiere Boscán en su carta a la Duquesa de Soma, el embajador italiano le propuso a Boscán escribir su poesía en castellano empleando las formas y metros que en Italia estaban consolidadas y habían triunfado, desde Petrarca a su contemporáneos. Boscán aceptó la propuesta y, junto a su amigo y genial poeta, Garcilaso de la Vega, compusieron sonetos, canciones, églogas... que se convertirían en el arranque de la poesía renacentista española. Ahora bien, el nuevo modo de hacer poesía se implantará progresivamente y en convivencia con las formas castellanas heredadas de la tradición medieval.

 

La poesía medievalizante y tradicional

   Evidentemente, en el año 1500 la presencia de la poesía medieval en España, sus metros y temáticas, están en total vigencia. Los poetas cultos continúan cultivando bien la poesía cancioneril, bien otros poemas cultos de contenido alegórico, didáctico, moral... Entonces, e incluso en autores renacentistas y barrocos, poetas como Mena, Santillana, Garci-Sánchez de Badajoz, Ausías March o Jorge Manrique son considerados maestros y referentes. Fueron, al fin y al cabo, algunos de estos poetas, los primeros en introducir las primeras influencias clásicas e italianas. Práctica común en los poetas del XVI fue la de glosar, imitar y comentar a estos poetas del siglo anterior, como hicieron Gregorio Silvertre, Jorge de Montemayor, o Miguel de Cervantes. Los poetas del XVI cultos también emplearán para sus composiciones las formas y metros castellanos tradicionales, estrofas octosilábicas, coplas de pie quebrado, redondillas... No solo lo harán aquellos poetas decididos a continuar con la poesía castellana tradicional, sino también aquellos poetas que harán uso de las nuevas formas renacentistas, que alternarán ambas tradiciones.

     Especial fuerza tuvo la poesía cancioneril, que impregnó el siglo XV con su concepción del amor cortés, sus imágenes llenas de alegorías y juegos de palabras. Perduran, por tanto, en el XVI, códigos establecidos en Provenza varios siglos atrás. Esta poesía de corte recogía, junto a los temas amorosos, temas graves, como los decires. Prueba de la plena vigencia entre lectores y poetas a comienzos del XVI de la poesía cancioneril es la publicación y posterior éxito del Cancionero general editado por Hernando del Castillo en 1511.

      Junto a la presencia de poesía medievalizante o de tradición castellana entre las composiciones cultas, encontramos una rica y viva lírica tradicional popular. Estas composiciones, que habían vivido en su transmisión oral, continúan presentes e incluso llegan a imprimirse, como los famosos pliegos sueltos con romances. Predominan las composiciones de arte menor, sobre todo octosilábicas y hexasilábicas. Se tratan de cancioncillas, villancicos, seguidillas, letras, letrillas... de estilo sencillo y llenas de ingenio y agudeza, con frecuentes paralelismos, contrastes y juegos de palabras, interrogaciones, etc... Podían ser motivadas por fiestas populaces, fenómenos naturales como las estaciones; y los temas más frecuentes son la naturaleza, el amor (la mal casada, la caza de amor...), canciones de trabajo, de camino... El interés por estas composiciones no se limitó al pueblo y traspasó a autores cultos nuevamente. También se editaron compilaciones de estas composiciones anónimas. La más famosa es el Cancionero de Upsala de 1556.

 

Garcilaso de la Vega

       Pero la composición tradicional que mayor presencia tuvo y que no disminuyó con el éxito de las formas italianas, fue el romance. En el XVI los poetas muestran un gran interés por el "romancero viejo" y comenzarán a aparecer los primeros romances de autor en poetas como Jerónimo de Urrea, Fernando de Herrera, o Miguel de Cervantes e incluso conocerán versiones "a lo divino". Poetas posteriores llegarán a formar el "romancero nuevo", enteramente de autor (Lope de Vega, Quevedo o Góngora son las credenciales de este romancero). Se aprecian en los romances del XVI nuevos temas, como el pastoril, el romance morisco o el de cautivo. Además, crece el intimismo y el lenguaje pasa a ser más culto, con rima asonatada y empleo de estribillo. Crecen las metáforas, las paradojas y antítesis y los monólogos retóricos. No hay que olvidar, por último, la fuerte vocación musical de estas composiciones.

 

    Vemos, por tanto, la pervivencia de la tradición poética castellana en su vertiente culta y su vertiente popular. La llegada del endecasílabo y la forma de hacer poesía italiana tendrá como resultado la convivencia de ambas tradiciones, sin crear conflicto de importancia. Mientras que unos autores alternaron ambas tradiciones, brillando en una u otra, o en ambas; otros autores reaccionaron frontalmente contra las nuevas influencias y propugnaron la única validez de la tradición castellana. El máximo representante de esta corriente fue Cristóbal de Castillejo (1490-1550), tal como expuso en su composición Reprensión contra los poetas españoles que escriben en verso italiano. Valioso poeta, no pudo evitar que, paulatinamente, la poesía petrarquista fuera asimilándose dentro de la lírica nacional.

 

La poesía italianizante: primera generación petrarquista

    Como dijimos, la poesía puramente renacentista nace del encuentro Boscán-Navagiero en 1526. No será hasta 1543 cuando se editen las obras del barcelonés Juan Boscán, junto a las de Garcilaso de la Vega. Pero ambos autores supieron arrancar, tras otros intentos frustrados como los de Sentillana o Imperial, una nueva tradición poética que retoma a los clásicos greco-latinos y las modas y metros de la poesía italiana, la más importante y dinámica de la Europa de la época. Las novedades afectan de raíz. Es esencial la incorporación del endecasílabo como vehículo expresivo, junto al heptasílabo. Las nuevas composiciones serán sonetos, canciones, madrigales, elegías, églogas, epístolas. Se cultivan epigramas, liras...

     La principal fuente es la poesía italiana y, sobre todo, referente sobre referentes, Petrarca. Junto a él se seguirán autores como Sannazzaro o Ariosto. También se fijarán los nuevos poetas en los clásicos, especialmente Ovidio, Virgilio y Horacio. Pilar fundamental de la poesía italianista será la concepción neoplatónica del amor, expuesta en León Hebreo, Bembo o Castiglione. Las nuevas motivaciones de los poetas serán, junto al amor idealizado neoplatónico, la exploración del "yo" poético, el descubrimiento del hombre, el contacto del hombre con la naturaleza (idealizada también)... Se trata, como vemos, de entender de manera distinta al hombre y lo que le rodea.

      La poesía italianista es sencilla y elegante, ni afectada ni desucidada. El poeta estudia y medita un poema que ha de ser sencillo y bello. Capital es también en estos nuevos poetas la presencia de temas mitológicos, de los que se sirve el poeta para expresar sus sentimientos más íntimos.

     A esta primera generación de poetas, los que cultivaron las formas introducidas por Boscán y Garcilaso, se les denomina primera generación petrarquista o garcilasista, o generación combativa. Efectivamente, Garcilaso, Cetina o Acuña desempeñaron un importante papel modernizador en la poesía española. El nuevo lenguaje poético está lleno de colorido, epítetos, etc y ahondan en la introspección amorosa, tiñen su poesía de sensualidad y reflejan una naturaleza ideal tomada de Teócrito y Virgilio. Estos poetas alternaron en su obra, como dijimos, las formas castellanas antiguas con los nuevos metros. Son poetas, por otra parte, que no tuvieron conciencia de escritores profesionales. Amigos entre ellos, fueron cortesanos y soldados. Fueron la encarnación del ideal de soldado-poeta, de las armas y las letras, además de dominar el arte de la diplomacia.

      Los pioneros y principales integrantes de este grupo son, como dijimos, Boscán y Garcilaso. La edición de la viuda de Juan Boscán (1487-1542) de 1543 divide la obra del barcelonés en tres: Coplas a la manera castellana, de metro tradicional; Sonetos, canciones y capítulos al modo italiano y, por último, poemas alegóricos y mitológicos entre los que destacan Octava rima y Hero y Leandro.

       El gran poeta renacentista de todo el siglo fue Garcilaso de la Vega (1501-1536). El poeta toledano, perfecto ejemplo del soldado, diplomático y poeta, supo conjugar como nadie hasta entonces, como pocos desde entonces, las formas métricas italianas con el idioma castellano. Su obra se compone de cerca de cuarenta sonetos, cinco canciones (liras, odas), tres magistrales églogas pastoriles y, tal vez de menor relevancia, dos elegías, una epístola y ocho coplas octosilábicas de tradición castellana.

        Continuadores de este camino abierto por Boscán y Garcilaso son varios poetas que contribuyeron a la implantación de la nueva poesia italianizante. Diego Hurtado de Mendoza (1503-1575) alterna una obra grave y de corte petrarquista, como su cancionero a Mariana de Aragón, y sus sonetos irónicos ante el amor petrarquista y desmitificadores. Hernando de Acuña (1518-1580), ejemplo también de poeta-soldado, asume de igual modo la tradición petrarquista e incorpora en su obra temas políticos y religiosos. Gutierre de Cetina (1520-1557), por su parte, es el introductor del madrigal y de la sextina provenzal. Otro nombre de la poesía renacentista de la primera mitad del siglo escrita en castellano es el portugués Francisco Sá de Miranda (1485-1558).

 

3. Poesía en la segunda mitad del XVI

 

    En la segunda mitad del siglo las formas italianas se han implantado definitivamente y, aunque no desaparecen las formas castellanas tradicionales (sobre todo el octosílabo), son más numerosas las nuevas formas renacentistas. No sólo eso, sino que los nuevos poetas asimilarán y castellanizarán los metros extranjeros. Se advertirán, además, nuevas temáticas y tendencias que preludian la aparición de la mentalidad barroca en nuestra poesía. Aparece también con fuerza en este medio siglo una importante lírica religiosa, la poesía mística.

 

La segunda generación petrarquista

    En la segunda mitad del siglo, cambian los ideales imperiales de Carlos V por el afán pacificador de Felipe II. Los poetas de su reinado seguirán imitando a Petrarca, y a Garcilaso, convertido ya en un referente clásico, pero prestarán también atención a los nuevos autores italianos como Cavalcanti Y Cino da Pistoia. La denominada segunda generación petrarquista dejará sentir cierto pesimismo cristiano y escepticismo vital, lo que preludia el Barroco del XVII. Tampoco este grupo de poetas tendrá una conciencia de escritores profesionales. Algunos de ellos sólo escribirán en una etapa de su vida y no se preocupan por publicar sus obras.

     Francisco de Figueroa (h.1540-1621?) centra su poesía en el amor nepolatónico y son frecuentes los temas del amor en la madurez y la predestinación amorosa. En su obra también hallamos composiciones religiosas y poesía mitológica. Pedro Laínez (1538-1584) cultiva una poesía italianizante de calidad y una obra de tradición castellana de gran originalidad. Desarrolla el tema del amor bajo el modelo garcilasista e incorpora a su poesía un tema muy barroco como el de la transitoriedad de la vida. Jerónimo de Lomas Cantoral (1542-1570) siente especial interés por temas como el aurea mediocritas y el alejamiento del mundo y se mantiene lejos de toda poesía belicista.

 

La escuela salmantina

    Conocemos por "escuela salmantina" a aquella que agrupa o los poetas de la segunda mitad del siglo preocupados por crear una poesía basada en su contenido más que en su forma, empero, nada descuidada. Es clarificador que, mayoritariamente, no se trate de poetas-soldados, sino de poetas-profesores. Es una poesía vinculada a los ambientes académicos y universitarios. Sus lectores serán cultos y humanistas. Prevalece sobre la imaginación y la fantasía la reflexión. La poesía medita sobre asuntos transcendentes. Predomina la poesía moral, religiosa y filosófica desde una visión escolástica, aunque no dejan de escribir poesía amorosa y festiva.

  

    También tienen una visión neoplatónica del amor o la naturaleza, pero se trata de un neoplatonismo matizado por otras influencias como Horacio o el Libro de Job, por ejemplo. Sus fuentes son, de nuevo, poetas italianos como Petrarca o Bembo, pero prestan especial atención a los clásicos, en especial a Horacio, así como Píndaro y Virgilio. Por último, beben de libros bíblicos, especialmente del Libro de Job y los Salmos de David. Dos son las grandes aportaciones de la escuela salmantina. Por un lado, su visión de la poesía como vehículo de expresión de vivencias personales, lo que dota a su lírica de sinceridad frente al artificio puramente literario. Por otro, que contribuyen como pocos a la castellanización de los ideales italianos renacentistas.

      Fray Luis de León (1527-1591) fue el gran poeta de esta escuela. Reescribió a Horacio o Virgilio, tradujo el Libro de Job y escribió su Los nombres de Cristo, pero sobretodo legó una poesía que encarna a la perfección el espíritu de los presupuestos de la escuela salmantina. Fray Luis es una de las cumbres de la poesía renacentista española, sin duda alguna.

 

San Juan de la Cruz

    Francisco de la Torre es el poeta de la noche. En su poesía son frecuentes temas como la soledad, la ausencia de la amada, la melancolía o el tópico del collige, Virgo, rosas. Francisco de Aldana (1537-1578) es el poeta-soldado del grupo. Precisamente, alterna idiales guerreros con anhelos de paz humanistas. Su obra es amplia y están presentes temas como el desengaño vital, la sensualidad, mitología... Su obra fue publicada por su hermano Cosme de Aldana, también poeta. Francisco de Medrano (1570-1607) se encuentra a medio camino entre el horacianismo salmantino y la escuela sevillana, de cuyo grupo fue amigo.

   

La escuela sevillana

    Tal es la asimilación de la moda italiana en España que nace, entorno a figuras como Herrera, una poesía que persigue el virtuosismo formal, lo que ha venido en llamarse la "escuela sevillana". La escuela sevillana viste de ropajes lingüisticos brillantes a su poesía, de expresión a veces grandilocuente. Algunos críticos hablan de poesía manierista. Efectivamente, las formas se estilizan, pierden parte de la serenidad y equilibrio clásicos. Existe en estos poetas una preocupación por la perfección formal. La estética y la belleza son el objetivo fundamental de sus obras. Se podría decir que prevalece la forma sobre el fondo, en oposición con la escuela salmantina. Ahora bien, esta oposición debe ser matizada. Encontramos en poetas de la escuela sevillana poesía grave y preocupación por temas transcendentales, al igual que en los salmantinos no se descuida la forma. Ahora bien, son evidentes las diferencias entre ambas escuelas. El elevado conceptismo expresivo de las imágenes anticipan algunos de los rasgos de la poesía barroca.

     Los poetas "sevillanos" revisarán los cancioneros y la poesía de Ausías March y tendrán gran interés por dotar a su poesía de colorido. Fernando de Herrera (1534-1597) se preocupa por crear una belleza capaz de reflejar la belleza divina. Su lenguaje es claro, con gracia, grave y breve. Tuvo su propia "Laura", Luz. Tuvo especial preocupación por el ritmo, la rima o la cadencia, en busca de la perfección formal. Tampoco Herrera abandonó las formas tradicionales castellanas. Baltasar del Alcázar (1530-1606) fue el introductor del epigrama y destaca su poesía humorística y satírica, como su cancionero a Inés. Luis Barahona de Soto (1548-1595) renueva el madrigal y trata de equilibrar el contenido moral de su obra con el cuidado de la forma. Postuló su teoría poética en sus Diálogos de Montería. Juan de Arguijo (1567-1612) destaca por sus sonetos de tema mitológico que le sirven para fines moralizadores.

 

La poesía mística

    De especial importancia es la poesía religiosa de este tiempo. Dos son los conceptos entorno a los cuales gira esta poesía: ascética (esfuerzo mediante la privación por alcanzar la perfección y llegar así a ser digno de Dios) y mística (que tenía como objetivo la unión experimental con Dios). Para conseguir su objetivo, la mística establecía tres vías. La primera era la "vía purgativa", que limpiaba de pecados, seguía la "vía iluminativa", en la que el alma se aficionaba al bien, y terminaba por alcanzar la "vía unitiva" que consistía en la unión del alma con el mismo Dios.

     No hay duda que la sociedad del reinado de Felipe II y el espíritu contrarreformista que inundaba España crearon un ambiente propicio para la mística. Los "ejercicios espirituales" de San Ignacio de Loyola y la exaltación pública de la fe católica son parte del contexto que rodeó a nuestros poetas místicos. Varias son las fuentes de la mística: el Cantar de los cantares, Salmos, Job, las parábolas del Nuevo Testamento, Santo Tomás de Aquino, Platón, Erasmo, la cábala...

     La poesía mística se caracteriza por su introspección sicológica. Se trata de una poesía subjetiva, individual. Está dominada por un fuerte cristocentrismo y por fórmulas que tratan de explicar lo inefable: contrastes, paradojas, contradicciones, imágenes, metáforas, símbolos a veces de difícil explicación. Recurren a fórmulas como "un no sé qué que qué sé yo". Se trata, al fin y al cabo, de explicar qué se siente al unirse a Dios. El lenguaje se caracteriza por el uso de la aliteración con "s", para transmitir sosiego. Es también novedoso la preponderancia del castellano para materia religiosa, tradicionalmente tratada en latín. Los místicos mezclarán elementos populares en estrofas cultas como la lira o las estancias y dotarán de musicalidad a sus endecasílabos.

     Los nombres capitales de la poesía mística castellana son Santa Teresa de Jesús (1515-1582) y San Juan de la Cruz (1542-1591) autor del magistral Cántico espiritual.

 

4. La poesía épica del XVI

 

    El siglo XVI conoció los intentos por crear una épica castellana de inspiración clásica y renacentista en España. Aunque es relativamente numerosa en el siglo, fracasó en el sentido de que no quedó consolidado como género poético de verdadera raigambre en la poesía española. La épica de la época no era sino poesía narrativa sobre uno o varios héroes articulada en "cantos". El número de cantos es variable, desde diez a más de veinte, comúnmente. Los épicos españoles tomaron como modelos la Eneida de Virgilio, la Farsalia de Lucano, la Ilíada y la Odisea homéricas y, de Italia, los modelos de Boiardo, la Jerusalén conquistada de Tasso y el Orlando furioso de Ariosto.

       Se caracteriza la épica del XVI en España por unir a su naturaleza histórica-narrativa un afán moralizador. El verso predominante es la octava real. Son retratos de un héroe triunfal, con vocaicón biográfica y que glorifican su genealogía y narran sus hazañas. Se centra en la descripción de batallas, lugares, profecías, alegorías... Juega con recursos como la verosímil-inverosímil, o los comienzos "in media res".

       La temática es variada, pero son numerosos los poemas históricos-legendarios como Las Navas de Tolosa de Cristóbal de Mesa, La Araucana de Alonso de Ercilla y La Austríada de Juan Rulfo. De tema novelesco, por ejemplo, son Las lágrimas de Ángelica de Barahona Soto. Los personajes protagonistas podían ser desde Carlos V, como el Carlo famoso de Luis Zapata al tema americano, como el Arauco domado de Pedro de Oña.

 

 Bibliografía

-F. B. PEDRAZA JIMÉNEZ y M. RODRÍGUEZ CÁCERES, Las épocas de la literatura, Barcelona, Ariel, 2002

-J. L. ALBORG, Historia de la literatura española I. edad media y renacimiento, (2ª ed., 6ª reimp.) Madrid, Gredos, 1986

-J. M. BLECUA (ed.), Poesía de la Edad de Oro II. Barroco, Madrid, Castalia, 1984

-K. VOSSLER, Introducción a la literatura española del siglo de oro, Madrid, Visor Libros, 2000

-R. O. JONES, Historia de la literatura española 2. Siglo de Oro: Prosa y Poesía, (6ª ed.) Barcelona, Ariel, 1981

-U.N.E.D, Historia de la literatura I, Madrid, Universidad Nacional de Educación a Distacia, 1978

  

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