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Historia
de la Poesía Española
Desde las primeras jarchas a
las nuevas generaciones de poetas
Renacimiento
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Por Antonio Rivero Machina |
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1. Introducción
La literatura española conoce su máximo
desarrollo y esplendor en los siglos XVI y XVII, a la par que la
monarquía hispánica alcanza la hegemonía mundial en el terreno
político y militar. El detonante será la llegada definitiva de las
corrientes renacentistas que recorren Europa y de todas aquellas
novedades que dan lugar a la Edad Moderna y que pusieron fin a la
medieval. De su interpretación y particular visión en España nace
el periodo literario y cultural conocido como “Siglo de Oro” y
que podría situarse entre 1492 (fecha determinante por muchas
cuestiones y que podría resumirse como el momento de la unión
definitiva española política y religiosamente hablando, junto al
descubrimiento de América) o 1517 (subida al trono de Carlos I) y
1681 (muerte de la última gran figura literaria: Calderón de la
Barca). El “Siglo de Oro” se extiende, por tanto, entre dos
siglos, el XVI y el XVII. Podemos decir, grosso modo, que el
XVI corresponde al Renacimiento y el XVII al Barroco.
Definir los rasgos esenciales del renacimiento español, tan
particular, y más aún los del Siglo de Oro, es harto difícil. Se
puede, empero, articular una serie de campos en los que recoger los
ingredientes esenciales de la época aúrea. |

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Concepto
de renacimiento
Se habla del Renacimiento como del
redescubrimiento de los autores de la cultura clásica. Habría que
matizar que estos autores no se redescubren en el sentido de haber
permanecido hasta entonces ignorados, sino que son redescubiertos no
como meras “autoridades”, sino como modelos de arte y de
belleza. Tanto es así que se puede hablar de una exaltación del
mundo antiguo. Los grandes modelos serán las Poéticas de
Aristóteles y Horacio. Junto a los autores greco-latinos, son los
escritores italianos el principal modelo de los poetas españoles.
En la poesía del XVI el gran referente será sin duda Francesco
Petrarca.
A partir de aquí podemos añadir
otros aspectos no menos determinantes para entender el concepto de
Renacimiento. Para la literatura, es fundamental el triunfo de las
lenguas vernáculas como vehículo de expresión artística, pero
también como lengua de ciencia y tratados filosóficos. El
Renacimiento supuso, así pues, una revalorización de estas lenguas
frente al latín. Ello llevó a la preocupación por cuidar y depurar
dichas lenguas. Los humanistas se encargaron de ello publicando
numerosas gramáticas que trataban de equiparar las lenguas maternas
a la latina, lengua de cultura por excelencia. En el caso español
es más que patente. Existe en Nebrija, Valdés o Garcilaso una
conciencia de la necesidad de fomentar el uso artístico y elevado
del castellano y debemos hablar de dos grandes figuras, en muchos
aspectos contrapuestas: Elio Antonio de Nebrija, autor de la Gramática
de la lengua castellana y Juan de Valdés, autor, por su parte,
del Diálogo de la lengua. La lengua también contó con el
respaldo del poder. La monarquía patrocinó a Nebrija y exportó
por las cancillerías el empleo del español. También el castellano
conocería su mayor expansión en el Nuevo Mundo.
Otro pilar del Renacimiento es la
corriente intelectual que agrupa eruditos de la época y que ha dado
en llamarse “humanismo”, los studia humanitatis. El
humanismo se ocupó de asuntos filológicos, especialmente de la
gramática, relegando a la escolástica medieval; no era sino un
regreso del trivium como núcleo del saber humano. Se valoró
fundamentalmente los preceptos de Cicerón en retórica y el
idealismo platónico. Pero el humanismo es algo más que eso. El
nuevo pensamiento creyó en el hombre como ser capaz de enfrentarse
a la naturaleza y no como un simple ser pasivo en manos de los
designios divinos. De ahí que se hable de un paso del teocentrismo
al antropocentrismo. Grandes humanistas españoles fueron Luis
Vives, Arias Montano o Miguel Servet, por citar una pequeña
muestra.
Otra novedad que marca diferencias con
el medievo es la nueva concepción del placer y de lo físico.
Existe una nueva visión del placer positiva apoyada por el epicureísmo
que no reserva a la vida celestial el goce. El hombre del
renacimiento quiere también aprovechar el mundo terreno. Al epicureísmo
se suma la concepción idealista de los neoplatónicos de la
naturaleza y la belleza. En la literatura esto se traduce en un
mayor interés por la belleza como algo valioso por sí mismo. Es
decir, que mientras en la Edad Media la literatura tiene fines prácticos
(moralizar, enseñar, entretener) la nueva poesía es valiosa en sí
misma por ser bella. Esto supone una mayor preocupación por la
forma y la confirmación del amor, la naturaleza y la belleza como
principales fuentes de inspiración.
Novedades
sociales
La Edad Moderna se caracteriza fundamentalmente por la caída
más o menos definitiva de la sociedad estamental feudal y
por la aparición del estado moderno. En España la burguesía también
aparecerá, aunque se mantendrá débil frente a la aristocracia.
Florece tímidamente una economía de mercado avalada por las
importaciones del Nuevo Mundo, aunque el sistema de propiedad de la
tierra continuará siendo señorial y la economía fundamentalmente
agraria.
En cuanto al Estado Moderno, efectivamente los Reyes Católicos
lograrán la creación de un estado fuerte y más o menos
centralizado. Estos reyes debilitaron el poder de nobles y Órdenes
militares en favor suyo. Junto a ello, conquistaron en 1492 el último
reino musulmán, Granada y en 1512 se anexionaron Navarra. A la
unidad política se sumó la religiosa: en 1492 se expulsó a los
judíos de la península que no optaran por la conversión y para
controlar la uniformidad religiosa se vigiló la vida civil mediante
la Inquisición. En 1517 Carlos I era nombrado Rey de España y en
1519 Carlos V Emperador de Alemania. La monarquía hispánica se
convirtió así en la más poderosa del mundo conocido, con toda América
(con el permiso de Portugal) para ella. En la figura de Carlos I se
aglutinó pues todo el poder, tal como postulaba Maquiavelo en El
Príncipe.
Aunque en esencia Iglesia y
Aristocracia mantuvieron sus prebendas y apenas hubo cambios
perceptibles para el pueblo, la nueva sociedad estaba ordenada más
por el dinero que por la sangre, especialmente en el Nuevo Mundo.
Pero las clases altas y la literatura españolas reflejan como en el
ámbito hispánico ni la religión ni la cuestión de la sangre
perdieron su valor hasta el punto en que lo hicieron en otros
lugares de Europa. La sociedad española del XVI está marcada por
dos conceptos determinantes: la “pureza de sangre”, o lo que es
lo mismo, no ser cristiano nuevo (conversos del judaísmo tras el
decreto de expulsión) y la honra. El concepto de “honra” hunde
sus raíces en el pensamiento medieval y supuso una motivación
vital para la nobleza española del XVI. Encontramos muchos otros
elementos medievalizantes en la aristocracia española (sólo hay
que advertir el éxito de las novelas de caballerías) en aquel
momento de exaltación nacional y de grandes hazañas militares
tanto en Europa como en América. También la concepción del amor
está fuertemente influida por el viejo “amor cortés” medieval.
Más genuinamente renacentista es la nueva idea del perfecto
cortesano. Como expresó Castiglione, el buen cortesano debía
dominar “las armas y las letras” por igual, siendo un perfecto
soldado y un delicado amante y poeta, siendo diestro con la espada y
con la pluma. Y efectivamente, gran parte de nuestros poetas eran
además soldados, o lo que es lo mismo, perfectos cortesanos.
La
religión
El ingrediente clave que distancia el
renacimiento hispánico del resto, es su visión de la religiosidad.
Durante el reinado de Carlos I, sobre todo en sus primeras décadas,
marcadas por el Saco de Roma, los erasmista tuvieron cierta
influencia con humanistas como Alfonso de Valdés e incluso el
inquisidor general Alonso de Manrique. El cristianismo promulgado por
Erasmo de Rotterdam postulaba un cristianismo desnudo de ceremonias,
íntimo, la práctica de la bondad, la oración mental y en general
la vuelta al cristianismo primitivo.
Pero, como hemos dicho, la
sociedad española estaba marcada por conceptos como el de “pureza
de sangre” y sometida a la atenta mirada de la Inquisición. Estos
rasgos serán más fuertes tras el Concilio de Trento, durante el
reinado de Felipe II, adalid militar de la contrarreforma. La
sociedad contrarreformista vivía en una constante exaltación de la
fe con procesiones y autos
de fe. Era, además, tarea del Imperio la evangelización del Nuevo
Mundo. La contrarreforma ponía especial énfasis en la ceremonia y
la doctrina, la moralidad estricta y la austeridad, el acatamiento
de la autoridad papal, la persecución de los herejes y la única
interpretación oficial de la Biblia. Para avalar el triunfo de la
contrarreforma Ignacio de Loyola fundó la Compañía de Jesús.
Todo esto afecta directamente a
la literatura. La Inquisición se encargaba de revisar la adecuación
de cada publicación a la doctrina oficial y expurgaba o prohibía
cualquier obra sospechosa. Además, fueron frecuentes las versiones
“a lo divino” de numerosas obras de éxito. La Iglesia era en sí
misma una parte numerosa de la sociedad y reflejo de ello es el gran
número de autores pertenecientes a órdenes religiosas (entre ellos
gente como San Juan de la Cruz, Fray Luis de León, Fray Antonio de
Guevara o Santa Teresa de Jesús).
Cultura
y estilo. La particularidad española
La última gran novedad por citar de la Europa renacentista es la
aparición de la imprenta de tipos móviles, que trajo consigo la
producción masiva de libros y un aumento significativo de lectores
y de la producción de nuevas obras. En España las primeras
imprentas ya aparecieron en el reinado de los Reyes Católicos y
pronto aparecerían importantes focos gracias a familias de
impresores extranjeros. También apreciamos un interés por fomentar
la cultura en iniciativas gubernamentales como la fundación de la
Universidad de Alcalá de Henares gracias al particular patrocinio
del Cardenal Cirneros.
Pero las corrientes europeas, que
impregnan los círculos universitarios y humanistas, conocerán una
implantación relativa por culpa de la presencia coactiva de la
Inquisición. Hubo un importante afán crítico y revisionista,
fundamentalmente erasmista, durante el reinado de Carlos I, pero con
la sucesión de Felipe II, las guerras de religión (España luchaba
contra protestantes y turcos) y el Concilio de Trento, la segunda
mitad del siglo XVI conocerá una fuerte ortodoxia que distanció
definitivamente a España del resto de Europa y cortó las alas a
los espíritus críticos.
Se
ha hablado mucho de lo particular del estilo del renacimiento español,
y hasta se ha dudado de él.
Para empezar, diremos que son tres sus principales registros: el
popular, el clasicista, y el ampuloso culterano. En el siglo XVI se
aprecia en la primera mitad un afán clasicista por la belleza
serena y natural que a partir de la segunda mitad se complicará y
barroquizará hacia lo afectado. Pero lo grandioso de nuestras
letras áureas consiste precisamente en la conjunción de los tres
estilos y de cuatro grandes fuentes: la tradición popular (motivos
folklóricos, refranes, romances...), los autores clásicos (en
especial Virgilio, Horacio y Ovidio), la literatura italiana (Dante,
Petrarca, Bocaccio, Bembo...) y la tradición bíblica y cristiana
(tópicos, ideales, cosmogonía...). Es el Siglo de Oro, pues, una
paradoja, cierto, pero también una síntesis, con lo que ello
supone, de lo popular y lo culto, de lo universal y lo local, de
lo realista y lo idealista, de lo divino y de lo humano.
2. Poesía en la primera mitad del XVI Se suele hablar de 1526 como la fecha
de arranque de la poesía italianizante en España, del arranque de la
lírica del Siglo de Oro. Es este año la fecha del encuentro entre el
cortesano y poeta Juan Boscán, y el embajador de Venecia, Andrea
Navagiero, en Granada, con motivo del enlace entre Carlos V e Isabel
de Portugal. Como refiere Boscán en su carta a la Duquesa de Soma,
el embajador italiano le propuso a Boscán escribir su poesía en
castellano empleando las formas y metros que en Italia estaban
consolidadas y habían triunfado, desde Petrarca a su contemporáneos.
Boscán aceptó la propuesta y, junto a su amigo y genial poeta,
Garcilaso de la Vega, compusieron sonetos, canciones, églogas... que
se convertirían en el arranque de la poesía renacentista española.
Ahora bien, el nuevo modo de hacer poesía se implantará
progresivamente y en convivencia con las formas castellanas
heredadas de la tradición medieval.
La poesía
medievalizante y tradicional
Evidentemente, en el año 1500 la
presencia de la poesía medieval en España, sus metros y temáticas,
están en total vigencia. Los poetas cultos continúan cultivando bien
la poesía cancioneril, bien otros poemas cultos de contenido
alegórico, didáctico, moral... Entonces, e incluso en autores
renacentistas y barrocos, poetas como Mena, Santillana, Garci-Sánchez
de Badajoz, Ausías March o Jorge Manrique son considerados maestros
y referentes. Fueron, al fin y al cabo, algunos de estos poetas, los
primeros en introducir las primeras influencias clásicas e
italianas. Práctica común en los poetas del XVI fue la de glosar,
imitar y comentar a estos poetas del siglo anterior, como hicieron
Gregorio Silvertre, Jorge de Montemayor, o Miguel de Cervantes. Los
poetas del XVI cultos también emplearán para sus composiciones las
formas y metros castellanos tradicionales, estrofas octosilábicas,
coplas de pie quebrado, redondillas... No solo lo harán aquellos
poetas decididos a continuar con la poesía castellana tradicional,
sino también aquellos poetas que harán uso de las nuevas formas
renacentistas, que alternarán ambas tradiciones.
Especial fuerza tuvo
la poesía cancioneril, que impregnó el siglo XV con su concepción
del amor cortés, sus imágenes llenas de alegorías y juegos de
palabras. Perduran, por tanto, en el XVI, códigos establecidos en
Provenza varios siglos atrás. Esta poesía de corte recogía, junto a
los temas amorosos, temas graves, como los decires. Prueba de
la plena vigencia entre lectores y poetas a comienzos del XVI de la
poesía cancioneril es la publicación y posterior éxito del
Cancionero general editado por Hernando del Castillo en 1511.
Junto a la presencia de poesía medievalizante o de tradición
castellana entre las composiciones cultas, encontramos una rica y
viva lírica tradicional popular. Estas composiciones, que habían
vivido en su transmisión oral, continúan presentes e incluso llegan a
imprimirse, como los famosos pliegos sueltos con romances.
Predominan las composiciones de arte menor, sobre todo octosilábicas
y hexasilábicas. Se tratan de cancioncillas, villancicos,
seguidillas, letras, letrillas... de estilo sencillo y llenas de
ingenio y agudeza, con frecuentes paralelismos, contrastes y juegos
de palabras, interrogaciones, etc... Podían ser motivadas por
fiestas populaces, fenómenos naturales como las estaciones; y los
temas más frecuentes son la naturaleza, el amor (la mal casada, la
caza de amor...), canciones de trabajo, de camino... El interés por
estas composiciones no se limitó al pueblo y traspasó a autores
cultos nuevamente. También se editaron compilaciones de estas
composiciones anónimas. La más famosa es el Cancionero de Upsala
de 1556.
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Garcilaso
de la Vega |
Pero la composición tradicional que mayor presencia tuvo y que
no disminuyó con el éxito de las formas italianas, fue el
romance. En el XVI los poetas muestran un gran interés por el
"romancero viejo" y comenzarán a aparecer los primeros
romances de autor en poetas como Jerónimo de Urrea,
Fernando de Herrera, o Miguel de Cervantes e incluso conocerán
versiones "a lo divino". Poetas posteriores llegarán a formar
el "romancero nuevo", enteramente de autor (Lope de Vega,
Quevedo o Góngora son las credenciales de este romancero). Se
aprecian en los romances del XVI nuevos temas, como el
pastoril, el romance morisco o el de cautivo. Además, crece el
intimismo y el lenguaje pasa a ser más culto, con rima
asonatada y empleo de estribillo. Crecen las metáforas, las
paradojas y antítesis y los monólogos retóricos. No hay que olvidar,
por último, la fuerte vocación musical de estas composiciones. |
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Vemos, por tanto,
la pervivencia de la tradición poética castellana en su vertiente
culta y su vertiente popular. La llegada del endecasílabo y la forma
de hacer poesía italiana tendrá como resultado la convivencia de
ambas tradiciones, sin crear conflicto de importancia. Mientras que
unos autores alternaron ambas tradiciones, brillando en una u otra,
o en ambas; otros autores reaccionaron frontalmente contra las
nuevas influencias y propugnaron la única validez de la tradición
castellana. El máximo representante de esta corriente fue
Cristóbal de Castillejo (1490-1550), tal como expuso en su
composición Reprensión contra los poetas españoles que escriben
en verso italiano. Valioso poeta, no pudo evitar que,
paulatinamente, la poesía petrarquista fuera asimilándose dentro de
la lírica nacional.
La poesía italianizante: primera
generación petrarquista
Como dijimos, la poesía puramente renacentista nace del encuentro
Boscán-Navagiero en 1526. No será hasta 1543 cuando se editen las
obras del barcelonés Juan Boscán, junto a las de Garcilaso de la
Vega. Pero ambos autores supieron arrancar, tras otros intentos
frustrados como los de Sentillana o Imperial, una nueva tradición
poética que retoma a los clásicos greco-latinos y las modas y metros
de la poesía italiana, la más importante y dinámica de la Europa de
la época. Las novedades afectan de raíz. Es esencial la
incorporación del endecasílabo como vehículo expresivo, junto al
heptasílabo. Las nuevas composiciones serán sonetos, canciones,
madrigales, elegías, églogas, epístolas. Se cultivan epigramas,
liras...
La principal
fuente es la poesía italiana y, sobre todo, referente sobre
referentes, Petrarca. Junto a él se seguirán autores como Sannazzaro
o Ariosto. También se fijarán los nuevos poetas en los clásicos,
especialmente Ovidio, Virgilio y Horacio. Pilar fundamental de la
poesía italianista será la concepción neoplatónica del amor,
expuesta en León Hebreo, Bembo o Castiglione. Las nuevas
motivaciones de los poetas serán, junto al amor idealizado
neoplatónico, la exploración del "yo" poético, el descubrimiento del
hombre, el contacto del hombre con la naturaleza (idealizada
también)... Se trata, como vemos, de entender de manera distinta al
hombre y lo que le rodea.
La
poesía italianista es sencilla y elegante, ni afectada ni desucidada.
El poeta estudia y medita un poema que ha de ser sencillo y bello.
Capital es también en estos nuevos poetas la presencia de temas
mitológicos, de los que se sirve el poeta para expresar sus
sentimientos más íntimos.
A esta
primera generación de poetas, los que cultivaron las formas
introducidas por Boscán y Garcilaso, se les denomina primera
generación petrarquista o garcilasista, o generación combativa.
Efectivamente, Garcilaso, Cetina o Acuña desempeñaron un importante
papel modernizador en la poesía española. El nuevo lenguaje poético
está lleno de colorido, epítetos, etc y ahondan en la introspección
amorosa, tiñen su poesía de sensualidad y reflejan una naturaleza
ideal tomada de Teócrito y Virgilio. Estos poetas alternaron en su
obra, como dijimos, las formas castellanas antiguas con los nuevos
metros. Son poetas, por otra parte, que no tuvieron conciencia de
escritores profesionales. Amigos entre ellos, fueron cortesanos y
soldados. Fueron la encarnación del ideal de soldado-poeta, de las
armas y las letras, además de dominar el arte de la diplomacia.
Los
pioneros y principales integrantes de este grupo son, como dijimos,
Boscán y Garcilaso. La edición de la viuda de Juan Boscán
(1487-1542) de 1543 divide la obra del barcelonés en tres: Coplas
a la manera castellana, de metro tradicional; Sonetos, canciones y capítulos al
modo italiano y, por último, poemas alegóricos y mitológicos entre
los que destacan Octava rima y Hero y Leandro.
El gran poeta renacentista de todo el siglo fue Garcilaso de la
Vega (1501-1536). El poeta toledano, perfecto ejemplo del
soldado, diplomático y poeta, supo conjugar como nadie hasta
entonces, como pocos desde entonces, las formas métricas italianas
con el idioma castellano. Su obra se compone de cerca de cuarenta
sonetos, cinco canciones (liras, odas), tres magistrales églogas
pastoriles y, tal vez de menor relevancia, dos elegías, una epístola
y ocho coplas octosilábicas de tradición castellana.
Continuadores de este camino abierto por Boscán y Garcilaso son
varios poetas que contribuyeron a la implantación de la nueva poesia
italianizante. Diego Hurtado de Mendoza (1503-1575) alterna
una obra grave y de corte petrarquista, como su cancionero a Mariana
de Aragón, y sus sonetos irónicos ante el amor petrarquista y
desmitificadores. Hernando de Acuña (1518-1580), ejemplo
también de poeta-soldado, asume de igual modo la tradición petrarquista e
incorpora en su obra temas políticos y religiosos. Gutierre de
Cetina (1520-1557), por su parte, es el introductor del madrigal
y de la sextina provenzal. Otro nombre de la poesía renacentista de
la primera mitad del siglo escrita en castellano es el portugués
Francisco Sá de Miranda (1485-1558).
3.
Poesía en la segunda mitad del XVI
En la segunda mitad del siglo las formas italianas se han implantado
definitivamente y, aunque no desaparecen las formas castellanas
tradicionales (sobre todo el octosílabo), son más numerosas las
nuevas formas renacentistas. No sólo eso, sino que los nuevos poetas
asimilarán y castellanizarán los metros extranjeros. Se advertirán,
además, nuevas temáticas y tendencias que preludian la aparición de
la mentalidad barroca en nuestra poesía. Aparece también con fuerza
en este medio siglo una importante lírica religiosa, la poesía
mística.
La segunda generación
petrarquista
En la segunda mitad del siglo, cambian los ideales imperiales de
Carlos V por el afán pacificador de Felipe II. Los poetas de su
reinado seguirán imitando a Petrarca, y a Garcilaso, convertido ya
en un referente clásico, pero prestarán también atención a los
nuevos autores italianos como Cavalcanti Y Cino da Pistoia. La
denominada segunda generación petrarquista dejará sentir cierto
pesimismo cristiano y escepticismo vital, lo que preludia el Barroco
del XVII. Tampoco este grupo de poetas tendrá una conciencia de
escritores profesionales. Algunos de ellos sólo escribirán en una
etapa de su vida y no se preocupan por publicar sus obras.
Francisco de Figueroa (h.1540-1621?) centra su poesía en el
amor nepolatónico y son frecuentes los temas del amor en la madurez
y la predestinación amorosa. En su obra también hallamos
composiciones religiosas y poesía mitológica. Pedro Laínez
(1538-1584) cultiva una poesía italianizante de calidad y una obra
de tradición castellana de gran originalidad. Desarrolla el tema del
amor bajo el modelo garcilasista e incorpora a su poesía un tema muy
barroco como el de la transitoriedad de la vida. Jerónimo de
Lomas Cantoral (1542-1570) siente especial interés por temas
como el aurea mediocritas y el alejamiento del mundo y se
mantiene lejos de toda poesía belicista.
La escuela salmantina
Conocemos por "escuela salmantina" a aquella que agrupa o los poetas
de la segunda mitad del siglo preocupados por crear una poesía
basada en su contenido más que en su forma, empero, nada descuidada.
Es clarificador que, mayoritariamente, no se trate de
poetas-soldados, sino de poetas-profesores. Es una poesía vinculada
a los ambientes académicos y universitarios. Sus lectores serán
cultos y humanistas. Prevalece sobre la imaginación y la fantasía la
reflexión. La poesía medita sobre asuntos transcendentes. Predomina
la poesía moral, religiosa y filosófica desde una visión
escolástica, aunque no dejan de escribir poesía amorosa y festiva.
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También tienen una visión neoplatónica del amor o la
naturaleza, pero se trata de un neoplatonismo matizado por
otras influencias como Horacio o el Libro de Job, por ejemplo.
Sus fuentes son, de nuevo, poetas italianos como Petrarca o
Bembo, pero prestan especial atención a los clásicos, en
especial a Horacio, así como Píndaro y Virgilio. Por último,
beben de libros bíblicos, especialmente del Libro de Job y los
Salmos de David. Dos son las grandes aportaciones de la
escuela salmantina. Por un lado, su visión de la poesía como
vehículo de expresión de vivencias personales, lo que dota a
su lírica de sinceridad frente al artificio puramente
literario. Por otro, que contribuyen como pocos a la
castellanización de los ideales italianos renacentistas.
Fray Luis de León (1527-1591) fue el gran poeta de esta
escuela. Reescribió a Horacio o Virgilio, tradujo el Libro de
Job y escribió su Los nombres de Cristo, pero sobretodo
legó una poesía que encarna a la perfección el espíritu de los
presupuestos de la escuela salmantina. Fray Luis es una de las
cumbres de la poesía renacentista española, sin duda alguna.
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 San
Juan de la Cruz |
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Francisco de la Torre es el poeta de la noche. En su poesía
son frecuentes temas como la soledad, la ausencia de la amada, la
melancolía o el tópico del collige, Virgo, rosas.
Francisco de Aldana (1537-1578) es el poeta-soldado del grupo.
Precisamente, alterna idiales guerreros con anhelos de paz
humanistas. Su obra es amplia y están presentes temas como el
desengaño vital, la sensualidad, mitología... Su obra fue publicada
por su hermano Cosme de Aldana, también poeta. Francisco
de Medrano (1570-1607) se encuentra a medio camino entre el
horacianismo salmantino y la escuela sevillana, de cuyo grupo fue
amigo.
La escuela sevillana
Tal es la asimilación de la moda italiana en España que nace, entorno
a figuras como Herrera, una poesía que persigue el virtuosismo
formal, lo que ha venido en llamarse la "escuela sevillana". La escuela sevillana viste de ropajes lingüisticos
brillantes a su poesía, de expresión a veces grandilocuente. Algunos
críticos hablan de poesía manierista. Efectivamente, las formas se
estilizan, pierden parte de la serenidad y equilibrio clásicos.
Existe en estos poetas una preocupación por la perfección formal. La
estética y la belleza son el objetivo fundamental de sus obras. Se
podría decir que prevalece la forma sobre el fondo, en oposición con
la escuela salmantina. Ahora bien, esta oposición debe ser matizada.
Encontramos en poetas de la escuela sevillana poesía grave y
preocupación por temas transcendentales, al igual que en los
salmantinos no se descuida la forma. Ahora bien, son evidentes las
diferencias entre ambas escuelas. El elevado conceptismo expresivo
de las imágenes anticipan algunos de los rasgos de la poesía
barroca.
Los poetas
"sevillanos" revisarán los cancioneros y la poesía de Ausías March y
tendrán gran interés por dotar a su poesía de colorido. Fernando
de Herrera (1534-1597) se preocupa por crear una belleza capaz
de reflejar la belleza divina. Su lenguaje es claro, con gracia,
grave y breve. Tuvo su propia "Laura", Luz. Tuvo especial
preocupación por el ritmo, la rima o la cadencia, en busca de la
perfección formal. Tampoco Herrera abandonó las formas tradicionales
castellanas. Baltasar del Alcázar (1530-1606) fue el
introductor del epigrama y destaca su poesía humorística y satírica,
como su cancionero a Inés. Luis Barahona de Soto (1548-1595)
renueva el madrigal y trata de equilibrar el contenido moral de su
obra con el cuidado de la forma. Postuló su teoría poética en sus
Diálogos de Montería. Juan de Arguijo (1567-1612) destaca
por sus sonetos de tema mitológico que le sirven para fines
moralizadores.
La poesía mística
De especial importancia es la poesía religiosa de este tiempo. Dos
son los conceptos entorno a los cuales gira esta poesía: ascética
(esfuerzo mediante la privación por alcanzar la perfección y llegar
así a ser digno de Dios) y mística (que tenía como objetivo la unión
experimental con Dios). Para conseguir su objetivo, la mística
establecía tres vías. La primera era la "vía purgativa", que
limpiaba de pecados, seguía la "vía iluminativa", en la que el alma
se aficionaba al bien, y terminaba por alcanzar la "vía unitiva" que
consistía en la unión del alma con el mismo Dios.
No hay duda
que la sociedad del reinado de Felipe II y el espíritu
contrarreformista que inundaba España crearon un ambiente propicio
para la mística. Los "ejercicios espirituales" de San Ignacio de
Loyola y la exaltación pública de la fe católica son parte del
contexto que rodeó a nuestros poetas místicos. Varias son las
fuentes de la mística: el Cantar de los cantares, Salmos, Job, las
parábolas del Nuevo Testamento, Santo Tomás de Aquino, Platón,
Erasmo, la cábala...
La poesía
mística se caracteriza por su introspección sicológica. Se trata de
una poesía subjetiva, individual. Está dominada por un fuerte cristocentrismo y por fórmulas que tratan de explicar lo inefable:
contrastes, paradojas, contradicciones, imágenes, metáforas,
símbolos a veces de difícil explicación. Recurren a fórmulas como
"un no sé qué que qué sé yo". Se trata, al fin y al cabo, de
explicar qué se siente al unirse a Dios. El lenguaje se caracteriza
por el uso de la aliteración con "s", para transmitir sosiego. Es
también novedoso la preponderancia del castellano para materia
religiosa, tradicionalmente tratada en latín. Los místicos mezclarán
elementos populares en estrofas cultas como la lira o las estancias
y dotarán de musicalidad a sus endecasílabos.
Los nombres
capitales de la poesía mística castellana son Santa Teresa de
Jesús (1515-1582) y San Juan de la Cruz (1542-1591) autor
del magistral Cántico espiritual.
4. La poesía épica del XVI
El siglo XVI conoció los intentos por crear una épica castellana de
inspiración clásica y renacentista en España. Aunque es
relativamente numerosa en el siglo, fracasó en el sentido de que no
quedó consolidado como género poético de verdadera raigambre en la
poesía española. La épica de la época no era sino poesía narrativa
sobre uno o varios héroes articulada en "cantos". El número de cantos es variable,
desde diez a más de veinte, comúnmente. Los épicos españoles tomaron
como modelos la Eneida de Virgilio, la Farsalia
de Lucano, la Ilíada y la Odisea homéricas y, de
Italia, los modelos de Boiardo, la Jerusalén conquistada de
Tasso y el Orlando furioso de Ariosto.
Se caracteriza la épica del XVI en España por unir a su naturaleza
histórica-narrativa un afán moralizador. El verso predominante es la
octava real. Son retratos de un héroe triunfal, con vocaicón
biográfica y que glorifican su genealogía y narran sus hazañas. Se
centra en la descripción de batallas, lugares, profecías,
alegorías... Juega con recursos como la verosímil-inverosímil, o los
comienzos "in media res".
La temática es variada, pero son numerosos los poemas
históricos-legendarios como Las Navas de Tolosa de
Cristóbal de Mesa, La Araucana de Alonso de Ercilla
y La Austríada de Juan Rulfo. De tema novelesco, por
ejemplo, son Las lágrimas de Ángelica de Barahona Soto. Los
personajes protagonistas podían ser desde Carlos V, como el Carlo
famoso de Luis Zapata al tema americano, como el
Arauco domado de Pedro de Oña.
| Bibliografía |
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