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Historia
de la Poesía Española
Desde las primeras jarchas a
las nuevas generaciones de poetas
El
Barroco
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Por Antonio Rivero Machina |
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1. Introducción
Concepto de Barroco
Existe polémica y
diversidad de opiniones en torno a qué es el barroco, por qué se
produce y sobre todo cuándo empieza y acaba. Después de todo, las
polémicas a propósito de estos asuntos suelen ser cuestión de
matices. Lo cierto es que, tanto en literatura como en otros ámbitos
artísticos, conocemos por "barroco" al estilo y modo de plantear el
mundo y el arte que llega después del Renacimiento, de su
consumación y agotamiento formal y moral. El espacio cronológico
correspondiente a este "estilo" es esencialmente el siglo XVII.
Como ocurre siempre en teoría literaria, dos son las vías esenciales
para definir el fenómeno barroco. La primera de ellas es la que bajo
preceptos formalistas buscan y definen lo barroco como algo
intrínseco al texto, como un estilo puramente formal caracterizado
por extremar los límites de contención y mesura renacentistas en
favor de lo espectacular, lo dinámico, lo sorprendente e
impresionante. Así, mediante un proceso intermedio de deformación de
las imágenes, recursos y elementos renacentistas conocido como
"manierismo", el barroco no es sino la última estación, considerada
durante mucho tiempo como degradación de lo clásico, de este
proceso. Agotada la fuente del petrarquismo, adverbializadas sus
metáforas convertidas en manidos lugares comunes, el creador barroco
se ve obligado a dar una vuelta más de tuerca, y tras ésta otra más.
Así, la forma se convertiría en el gran objeto del literato, sobre
el que ha de desenvolver toda su creatividad. Como resultado podemos
alcanzar una oscuridad extrema, bien por la intrincada complejidad
de conceptos y metáforas -conceptismo-, bien por una sintaxis
compleja, abundante en hipérbatos en su afán latinizante, llena de
referencias mitológicas indirectas y ya metáforas, y un vocabulario
plagado de cultismos -culteranismo-. |

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El propio vocablo "barroco" evoca la
deformidad y espectacularidad, la rareza incluso, en recuerdo de las
perlas "barrocas" o las caprichosas formas de los barruecos. Y no
hay que olvidar que esta etiqueta, nacida como tantas otras en la
Historia del Arte con tintes peyorativos, observaba ante todo la
forma del arte del XVII.
La segunda de las
vías para definir lo barroco, más allá de limitarse a lo formal, es
aquella que busca en los factores extrínsecos que rodean a los
creadores del XVII una explicación y definición del fenómeno.
Efectivamente, todo arte y todo artista o creador es hijo de su
tiempo y resulta simplista no contar con los factores que rodean
cualquier producción humana a la hora de su análisis. De hecho, si
todo arte se explica por su tiempo y lugar, en el barroco quizás
esta necesidad se antoje mayor que en otras épocas. Sin embargo, no
siempre se ha acertado a la hora de explicar las causas
histórico-sociales del barroco. Al margen de caer en el error de
querer explicar todo el barroco por un fenómeno concreto -sea la
Contrarreforma, sea la decadencia de los Austrias, sean las crisis
de subsistencia o el crecimiento de los núcleos urbanos-, es
evidente que una serie de factores -como los apuntados- definen la
época barroca como una verdadera entidad histórica.
Centrándonos en el
caso de España, hablamos de una situación social de decadencia y
desencanto que tendrá diferentes respuestas en la literatura
-evasión bien mediante lo espectacular, bien mediante sereno
epicureismo, bien mediante la sátira descreída o socarrona-. Lo más
llamativo de la literatura y pensamiento barrocos es que esta dispar
amalgama de actitudes vitales pueden llegar a convivir en un mismo
autor -es frecuente el ejemplo de Quevedo-. He aquí la verdadera
clave de bóveda del barroco: el contraste, la paradoja, la
contradicción.
Limites cronológicos
Existen
diversas opiniones y criterios a la hora de encuadrar
cronológicamente el barroco, y sobre todo a la hora de limitarlo. Si
hemos dicho que el barroco sucede al Renacimiento, que resulta
de su agotamiento formal e ideológico, diremos que sobreviene a
finales del XVI. Sin embargo la idea del "manierismo" interviene en
estos años como estadio intermedio. Sin más diatribas, podemos decir
que el barroco, propiamente hablando, corresponde al siglo XVII,
especialmente a sus tres primeros cuartos, perdurando de un modo ya
convencional hasta bien entrado el siglo XVIII.
Ahora bien,
entre el siglo XVI y el XVII encontramos tanto elementos de ruptura
como de continuidad. Un hecho claro es la obra de autores como
Cervantes o Lope de Vega que escriben en las últimas décadas del XVI
y primeras del XVII con obras, tratamiento de tópicos y convenciones
literarias renacentistas primero, para acabar con usos y técnica
plenamente barrocos. De hecho, el barroco ni rompe ni continúa el
renacimiento, sino que es una evolución del mismo.
Como
hitos cronológicos al barroco podemos recurrir a la muerte y fin de
reinado de Felipe II en 1598 para su arranque, y la muerte de
Calderón de la Barca en 1681 para el final del gran barroco
literario.
La
primera generación de escritores barrocos nace pasada la mitad del
siglo XVI, como Lope de Vega (1562), o Luis de Góngora (1561). Esta
primera generación comenzará a publicar en los años ochenta del XVI.
A esta generación pertenecen también los Argensola, Valdivielso,
Arguijo, Guillén de Castro o Cervantes (nacido en 1547). Nacidos en
los años de 1580, destacan autores como Quevedo, Tirso de Molina o
el Conde de Villamediana, mientras que la tercera generación de
autores serían los nacidos en torno a 1600, como Gracián o Calderón
de la Barca. Tras la muerte de estos últimos grandes autores, las
formas barrocas perdurarán ya también consumidas y agotadas, hasta
avanzado el siglo XVIII.
Contexto histórico
El siglo XVII español es a veces citado como el tiempo de los "Austrias
menores". Es muy elocuente esta denominación para estos tres
reinados -Felipe III, Felipe IV y Carlos II- caracterizados por la
en general poco afortunada administración del legado imperial de sus
predecesores Carlos I y Felipe II. Cabe decir que existen loables
intentos de fortalecimiento del estado, como el del Conde Duque de
Olivares, valido de Felipe IV. Pero el balance del siglo es siempre
negativo, marcado por grandes errores como la expulsión de los
moriscos, por la crisis de la economía producto de la excesiva
presión fiscal, el éxodo rural, el derroche palaciego o el
descrédito social del trabajo remunerado como modo de subsistencia,
y por las grandes derrotas militares, tras fuertes inversiones
económicas en las campañas, en el terreno internacional.
Con esta crisis intestina debilitando los fundamentos del Imperio,
la desintegración del Imperio comenzó. Especialmente traumática fue
la sublevación de Cataluña y Portugal en respuesta a los intentos de
uniformización legal, económica y administrativa de Olivares, que se
saldó con la separación de Portugal y una década de luchas en
Cataluña. Otras zonas de la Corona, como Nápoles, Flandes o el
Milanesado protestarán o serán foco de permanentes luchas para la
Corona ante la sumisión a España, las fuertes cargas fiscales o el
alza de los precios.
La economía, como se ha dicho en grave crisis, es dominada por el
fenómeno del éxodo rural, que producirá una cultura barroca
eminentemente urbana, atraídas las masas de población por los
núcleos donde se acumulaban las riquezas -la Corte madrileña, el
puerto a las Indias de Sevilla, etc-. Otro rasgo a tener en cuenta
en el fenómeno de debilitación del sector primario es la expulsión
de los moriscos e incluso el temor de los "cristianos viejos" a ser
vinculados al mundo agrario. Se produce, en suma, una
descapitalización del medio agrario y una inversión de nobles, Corte
y propietarios en objetos de lujo y artes plásticas que sobrepasaban
el exceso y la ostentación. Ociosidad y afán de apariencia recorren
las clases privilegiadas, y las no tan privilegiadas, de la España
del XVII.
Esta situación de crisis será contemplada con plena conciencia por
escritores, ciudadanos y por el propio poder. Característico de la
época es la aparición de "arbitristas" que con a veces descabellados
proyectos pretendían mejorar y reconducir la situación y "declinar"
del país.
Otro elemento primordial del barroco español es la fuerte
religiosidad, muy presente ya en Renacimiento español y
especialmente regulada tras el Concilio de Trento y el fenómeno
conocido como "Contrarreforma". Ortodoxia religiosa y fuerte
presencia del Santo Oficio en todos los ámbitos sociales afectan en
buena medida al pensamiento de la época, siempre bajo la vigilancia
y presencia de la doctrina oficial católica. Elocuente es el
complejo proceso de publicación impresa -precisaban de la
aprobación de censores religiosos y civiles-. Sin embargo, la
literatura barroca es rica en matices y abiertamente crítica en
ocasiones, desde los relatos lucianescos a la picaresca y,
especialmente, en la abundante y valiosa poesía satírica de la
época.
En cuanto a la estratificación social, el empeño de ascensión social
y la marcada jerarquización se convierte en obsesiva. Se abrían dos
grandes grupos sociales abismados entre sí: el noble y el estado
llano. La literatura será testimonio de ello. Pero lo más barroco es
la continua estratificación en dignidades dentro de los propios
estamentos y la obsesión por el prestigio social.
Barroco como
arte de masas
El proceso de agrupación urbana de la población y acercamiento a los
productos y centros de cultura hizo del barroco una "cultura
masiva", como afirma Maravall. Al margen del mecenazgo se
desarrollan géneros literarios que tienen muy en cuenta al público
como destinatario y verdadero concomitante de la obra. Ejemplo claro
es el teatro, espectáculo de masas de la época, pero también la
novela o la poesía, que circulaba activamente entre el público. El
hecho de que la mayor parte de la población fuera analfabeta no
contradice esta cultura masiva, basada en el espectáculo público
-desde el corral de comedias a las procesiones religiosas- y en la
transmisión oral y lecturas colectivas. Ante este amplio género de
público encontraremos en una misma obra diversos niveles de
significación en función de la formación del receptor.
Se ha querido ver en el arte barroco, por ejemplo autores como
Maravall y Díez Borque, un arte de propaganda de la Corona y la
Iglesia. Especialmente expresiva es la exaltación monárquica de la
Comedia española. Como dijimos, el ciudadano del XVII era consciente
de la decadencia nacional. Ante ello, Maravall afirma: "la
monarquía, junto a sus instrumentos de represión física, acude a
vigorizar los medios de integración social, poniendo en juego una
serie de recursos técnicos de captación que constituyen la cultura
barroca"[1].
Difusión
oral, manuscrita e impresa
Ya Rodríguez Moñino advirtió de los errores de una "construcción
crítica" del barroco sólo a partir de los textos hoy conservados,
fundamentalmente los impresos. Lo cierto es que los canales de
difusión de la literatura eran, por orden de importancia e
influencia social, primero el oral, después el manuscrito y por
último el impreso, reservado para grandes obras.
La transmisión oral era la vía predominante, especialmente en los
géneros más populares como la lírica tradicional y el romancero.
También los poetas individuales, numerosísimos entonces, abundaban
por las calles recitando sus composiciones a propios y extraños. La
difusión manuscrita era muy frecuente, sobre todo de colecciones de
varios o "florilegios". La literatura de cordel y pliegos sueltos
eran también numerosos, copiados a mano sucesivamente. Algunos
cancioneros manuscritos son el Cancionero de 1628, el
Cancionero Antequerano o el Cancionero de la Brancicciana.
La poesía es el género manuscrito por excelencia. Son frecuentes,
como consecuencia de las sucesivas copias, la diversidad textual de
las versiones de un mismo poema. La mayoría de los grandes poetas
del XVI y XVII sólo fueron editados individualmente en letra impresa
póstumamente, como Quevedo o Góngora.
La difusión impresa era más escasa, aunque mucho más numerosa que en
el siglo anterior. Dos factores son fundamentales para poder
publicar: el apoyo o sufragio de un mecenas que costease la obra -a
quien el autor dedica la obra-, y la rentabilidad del producto -a
veces este mecenas era el propio librero-. Así, abundan obras de
varios autores, más rentables que las de un sólo poeta. La
recopilación más importante es la de Flores de poetas ilustres de
España, recopilada por Pedro Espinosa en 1605 con autores como
Lope de Vega, Góngora o un joven Quevedo. Obras individuales sólo
fueron impresas por autores hoy menos conocidos como Cristóbal de
Mesa o Vicente Espinel, más tradicionales en sus planteamientos
estéticos que Góngora, Quevedo o los Argensola.
Actitudes
vitales del barroco
Como hemos descrito, el panorama sociopolítico del XVII era muy
desalentador. El hombre del XVII oscilará entre la rebeldía,
duramente reprimida por los órganos de poder, y el desencanto. Este
desencanto moral y apatía social son sintomáticos de la España
barroca, un desengaño para algunos investigadores promovido desde el
estado para pacificar ánimos y avalado por la religiosidad ascética
de la contrarreforma. De hecho, un motivo muy barroco será el
desprecio de la realidad, equiparada a un sueño y siempre como una
ficción transitoria que será desbaratada por la muerte. Así serán
las tragedias de Calderón o la pintura de Pereda o Valdés Leal.
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Francisco de Quevedo |
Pero en esta visión negativa de la realidad, realidad de la que se llega a
dudar, conviven diversas reacciones al desaliento. La
introspección estoica se mezcla frecuentemente con un
epicureismo que trata de dotar de sentido a la vida con los
pequeños placeres. Eco de estos planteamientos es la
Epístola Moral a Fabio de Fernández de Andrada. Así, si
para el pesimismo evocamos la pintura de Valdés Leal, podemos
aquí recordar los bodegones de Sánchez Cotán o Zurbarán.
Abundan además las críticas a los vicios y excesos de la vida
humana y es constante el tópico del beatus ille y de
Menosprecio de la Corte y alabanza de la aldea, tan
desarrollados durante el Renacimiento.
Otra actitud barroca ante la desilusión moral y nacional será
el humor. Se trata con frecuencia de un retrato crítico y
tipificado de la sociedad de la época bajo una inclemente
mirada. Letrillas y poemas satíricos abundarán en las calles,
además de relatos lucianescos y novelas picarescas. Humor
amargo y desmitificación de la cultura clásica son improntas
de esta actitud.
Todas estas reacciones confluyen con el ascetismo trentino y
un fuerte pesimismo. El arte será confusión y violento juego
de estas tensiones vitales. Aquí radica, para mí, la esencia
barroca, el porqué de su ética y su estética, en el
desbordamiento del justo medio renacentista mediante,
precisamente, la oposición y convivencia de los extremos y los
constantes contrastes. |
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La complejidad formal
Dentro de este contexto social e histórico y en las coordenadas de
esta cosmovisión, tenemos la literatura barroca, en sí misma
caracterizada por lo que para muchos es la verdadera esencia y
definición de lo barroco: la complicación formal. Los modelos
clásicos y petrarquistas se han confirmado ya como completos y la
tendencia ya anunciada por Herrera en el XVI es la de complicar el
producto literario como única posibilidad para la creatividad.
Así pues, cunde
entre los escritores un afán por lo complejo, por alejar su
exposición de la expresión común. Muy atrás quedan, por tanto, la
serenidad y equilibrios del Renacimiento. Dos son las vías para la
complejidad formal, tradicionalmente encontradas pero con algunas
zonas de contacto: el conceptismo y el culteranismo.
Baltasar Gracián, en su
Agudeza y arte de ingenio define el "concepto" como un acto
de entendimiento que detecta la correspondencia entre dos objetos.
Mediante el ingenio, el escritor debe establecer estas a veces
inauditas correspondencias por los más variados recursos: semejanza
fónica, morfológica, funcional, por contigüidad, etc en figuras como
el equívoco, la paranomasia, el calambur, la alegoría, la metáfora,
la metonimia, el símbolo, la antítesis, el retruécano... y las dos
figuras más barrocas de todas: la paradoja y la hipérbole. Las
raíces del conceptismo barroco se remontan a la lírica tradicional,
así como a las imágenes petrarquistas -especialmente la antítesis-.
Lope de Vega observó la maestría del conceptismo de la poesía
cancioneril del siglo XV, pero señaló también de ésta lo que
consideraba rudeza de expresión. El Barroco confabula este
conceptismo cancioneril con el continente petrarquista del
Renacimiento, dando lugar a un producto originalmente barroco.
El conceptismo no siempre persigue un producto de élite, sino que
muchas veces busca la complicidad de un amplio público que se
satisface con desentrañar las "conceptos" de un poema. Ahora bien, como
sostiene Ramón Menéndez Pidal, la oscuridad y dificultad del texto
se convirtieron en un valor artístico per se. Y éstas son las
premisas de la otra gran corriente, el culteranismo, criticada
combativa y sarcásticamente por los autores conceptistas. Frente a
la dificultad de éstos, la intrincada oscuridad de aquellos. En el
culteranismo, o gongorismo, priman las metáforas de metáforas y la
sintaxis desordenada por continuos hipérbatos, en un afán por
latinizar el castellano. Todo esto será además aderezado con permanentes
referencias mitológicas y un vocabulario escogido. El culteranismo
fue muy atacado, especialmente los grandes poemas de Góngora, por
poetas como Jáuregui, quien no sólo critica la dificultad del
lenguaje de estas obras, sino lo que juzga como pobreza de
conceptos.
No obstante, las
fronteras entre conceptismo y culteranismo no están claras y en
ocasiones se diluyen en un mismo autor, como puede ser el propio
Góngora, agudo conceptista, o Lope de Vega, en ocasiones alambicado
poeta culterano. Quizás un juicio aproximadamente correcto pase por
decir que el culteranismo es un paso más hacia la complicación
formal emprendida desde el manierismo. Lo que es cierto es que
conceptismo y culteranismo son dos manifestaciones de un mismo afán
por la complejidad formal como campo de expansión para la
creatividad.
Criterios lingüísticos del XVII
Como hemos dicho,
el conceptismo no tiene por qué ser sinónimo de élite cultural. Como
comenta Jiménez Patón en su Elocuencia española en arte
(1604), la obsesión por el ingenio y la novedad lingüística, por la
exhibición verbal, afectaba también a la gente corriente, como
atestiguan documentos de la época. La tendencia al eufemismo
ennoblecedor o a la excesiva brevedad oscurecían a veces hasta lo
ridículo el lenguaje, incluido el cotidiano.
La filología
de aquel tiempo también se encontraba dividida entre los que
consideraban el español un latín corrompido y los que lo
consideraban una lengua anterior al latín, una de las 72 lenguas de
Babel. En este contexto se explica el afán latinizante de los
culteranos, dentro de los primeros, y las críticas contra éstos de
quienes defendían la pureza genuina del castellano, dentro de los
segundos.
Evolución de la Crítica en torno al
barroco
Juan Manuel Rozas
[2] repasa con precisión las avatares del barroco en la crítica
posterior. El término "Siglo de Oro" se acuña en la segunda mitad
del XVIII, tras el fin definitivo del barroquismo y en plenos
ideales neoclásicos. Para estos, el Siglo de Oro, que equivalía a
Renacimiento, sería el momento cumbre, la literatura "clásica" en
español. Antes, la oscuridad de la Edad Media, después, la corrupción Barroca. Así
pues, los neoclásicos restringen la literatura áurea al XVI y ven el
Barroco como la deformación de éste.
Es el
Romanticismo quien expande la idea de Siglo de Oro hasta la muerte
de Calderón de la Barca en 1681. Es en el siglo XIX cuando el
Barroco alcanza valor para la crítica, visto el Barroco español como
una literatura popular, realista y nacionalista. La filología en el
cambio al siglo XX comenzará a tratar con rigor el Barroco y
escritores de la Generación del 98 ahondarán en el espíritu barroco
de sus obras. Pero será la Generación del 27 quien siente las bases
de la bibliografía actual y quien rescate figuras clave como Góngora
y el gongorismo, ensanchando la literatura del XVII a sus valores
universales, más allá de lo popular y lo nacional.
2.
Lírica barroca: continuidad y evolución
Herencias y corrientes poéticas
El testimonio más elocuente de la compleja simbiosis establecida
entre tradición y originalidad en el Barroco es no sólo la variedad
de temas y recursos formales, sino su convivencia e, incluso, la
dificultad a la hora de separar de modo tajante los ingredientes de
un poema barroco. Una de las claves, apuntadas por varios críticos,
de esta variedad es la doble influencia tradicional y renacentista y
la doble corriente de tradición e innovación. Los poetas barrocos se
imponen como premisa la novedad, la sorpresa mediante la creatividad
y el ingenio. Pero para ello acuden a los moldes y recursos de la
lírica castellana tradicional y los modelos métricos italianos a un
mismo tiempo. Como resultado, las formas estróficas y los géneros se
confunden hasta el punto de que un romance sirve como canal métrico
para una fábula mitológica ovidiana, para más INRI satírica y
culterana, como la Fábula de Píramo y Tisbe de Luis de
Góngora.
La lírica tradicional y popular
Hemos indicado ya, pues, la importancia de la lírica tradicional
castellana, tenida muy en cuenta por los creadores barrocos, que se
revelan como verdaderos folcloristas rescatando motivos para el
teatro y la lírica de su tiempo.
El testimonio más
llamativo de la importancia de la lírica popular en la poesía
barroca es su forma más exitosa y emblemática: el romance. En torno
a 1580 los jóvenes poetas de la primera generación barroca iniciaron
el conocido como "romancero nuevo" e impusieron una verdadera
renovación del género. A diferencia del romance medieval, el
romancero nuevo es primeramente un romancero de autor. Ello tiene
una implicación directa sobre la naturaleza del poema. El romance
pasa a dar cabida a contenidos y técnicas artificiosas y cultas, al
gusto de la época. El romancero nuevo se convierte en un producto de
gran éxito entre el público que ve bajo un molde conocido y
fácilmente aprehensible las inquietudes del hombre barroco.
Fundamental en este sentido es la musicalidad de estos romances,
muchos de ellos ejecutados con acompañamiento musical. Por citar
sólo el más representativo, destaca el Romancero general de
1600 como la principal recopilación de la época. El romancero nuevo
recrea motivos, temas y géneros muy diversos: históricos, satíricos,
festivos, caballerescos, mitológicos, etc, siendo los más numerosos
los moriscos y pastoriles, muy dados al preciosismo y las
descripciones ostentosas como marco del juego amoroso. E,
inevitablemente, el romance será también vehículo para la parodia
literaria.
Quevedo tampoco se
resistirá a cultivar romancerillos tardíos, aunque su aportación más
popular fue la jácara rufianesca con su célebre Escarramán.
Este género se encuentra definido como el canto socarrón de un
rufián, donde el mundo prostibulario y el lenguaje de germanía son
las principales armas humorísticas del autor.
La canción
tradicional tendrá como continuadora la seguidilla mientras que, por
su parte, los villancicos serán glosados por los poetas barrocos,
compositores igualmente de letrillas, principalmente como vehículo
para sátira. Así, refranes y versos medievales dan lugar al
desarrollo de una idea adaptada ahora a la sociedad del XVII. Los
villancicos y letrillas registraron tres ejes principales: el
religioso -entre éstos están los villancicos navideños-, el amoroso
y el satírico. Los principales poetas en estos géneros serán Góngora
y Quevedo.
Además de bajo las
coordenadas populares, la lírica tradicional también ejerció su
influencia mediante la lírica culta en metros castellanos. Los
poetas barrocos, sin excepción de los grandes, darán también una
época de esplendor a la lírica en redondillas, quintillas, coplas
reales... La glosa en quintillas fue una de las principales técnicas
en este sentido y la décima se identificó con la poesía conceptuosa.
Destacan en este sentido Villamediana y Salinas.
Poesía sacra, metafísica y moral
Varios registros pueden encontrarse en torno a temas, por otro lado,
muy próximos: lo religioso, lo moral y lo metafísico. La poesía
sacra encuentra desde la exterioridad a veces humorística de algunas
composiciones como las desarrolladas en las "justas poéticas" y los
contrafacta o divinizaciones de otros géneros -con resultados a
veces ridículos-, hasta poemas de hondo calado espiritual como las
Rimas sacras (1614) de Lope de Vega, aproximando el amor
divino a Dios al amor humano a la mujer. Pero no se trata de una
divinización del amor humano, como hiciera la poesía del amor
cortés, sino de una humanización del amor divino -y ésta es la gran
fuerza de la lírica lopesca.
Los temas
morales fueron especialmente tratados por los poetas de inspiración
horaciana, como los poetas sevillanos. Escriben con un lenguaje
equilibrado y clásico, lo que les aproxima al Renacimiento, los
ideales del aurea mediocritas. Así, el mensaje moral de
poetas como Rioja o Rodrigo Caro propone el desprecio de la
apariencia barroca, así como de sus extremos, en favor de los
pequeños placeres y la sencillez de vida.
De muy distinto
tono es la poesía metafísica dominada por el cotidie morimur
senequista. Tanto es así, que este tópico tan barroco será el único
que no encontrará el contrapunto paródico que sufren el resto de
géneros. En poetas como Quevedo parece no haber consuelo posible y
la sucesión de un tiempo voraz va devorando una vida caracterizada
por su propia fugacidad -y casi inexistencia- y el padecer del
hombre como ser consciente de ello. En este sentido, ni siquiera la
religión, tan predominante en la época, sirven de consuelo para el
poeta.
Poesía épica y narrativa
Se suele afirmar que frente al esplendor de la lírica del siglo XVII,
la poesía épica entra en una fase de supervivencia sin gran lustre
hasta su paulatina descomposición. Lo cierto es que el relativo
fracaso de la épica se debe más que a la ausencia de grandes poetas
épicos -Lope puso todo su empeño en serlo- a la poca acogida que
podía tener en una sociedad tan descreída y satírica como la
barroca.
La épica
barroca española presenta una gran variedad de registros, variedad
quizás motivada por la búsqueda de una fórmula acorde con su
público. Sólo en Lope de Vega encontramos poemas épicos históricos
como La Dragontea (1598), hagiográficos como el Isidro
(1599), de ciclo ariostesco como La hermosura de Angélica
(1602), epopeyas cristianas al estilo de Tasso como la Jerusalén
conquistada (1609), hasta probar suerte con la épica burlesca
como en La gatomaquia (1634).
Poetas épicos
destacables son Diego de Hojeda, autor de La Cristaida (1611)
y Bernardo de Balbuena con El Bernardo (1624). Generalmente
se detecta la influencia de Tasso y la exaltación nacional y
religiosa como principales ejes temáticos.
Es innegable que la
épica se relaciona con un periodo de vitalismo y optimismo
identificando al público con un héroe, sea individual, sea
colectivo. Es por ello que en un tiempo de crisis como el barroco la
épica resultaba hasta cierto punto inviable.
Pero el poema
largo basado en la narración, lejos ya de los patrones épicos, tuvo
en el Barroco un cultivo intensivo. El principal género en este
sentido es la fábula mitológica, pero con un argumento supeditado a
la imaginería cultista, la sonoridad y el colorido. Marcan el camino
la Fábula del Genil de Pedro de Espinosa y la Fábula de
Acis y Galatea de Luis Carrillo y Sotomayor. El punto máximo lo
alcanza Góngora en su determinante Fábula de Polifemo y Galatea.
Con claro influjo gongorino se escriben la Fábula de Faetón
del Conde de Villamediana e incluso el Orfeo de Jáuregui y
La Circe de Lope de Vega.
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Lírica amorosa de carácter
petrarquista
Uno de los rasgos determinantes de lo barroco, como hemos
dicho, es la admiración y agotamiento a un tiempo del legado
renacentista. Petrarca y el petrarquismo es el gran legado de
la poesía amorosa anterior. Poetas como Lope y Góngora
iniciarán su carrera con poemas muy apegados a la tópica
petrarquista pero pronto, bajo el signo de la renovación, los
poetas harán uso de esta tópica, ya perfectamente conocida y
dominada, para llevar al amor y al poema en sus posibilidades
al límite formal y conceptual.
Por otro
lado, la poesía amorosa también estará enriquecida por el
especial punto de vista de algunos de sus autores. Así, en
Lope de Vega su apasionado autobiografismo, en Quevedo su
ansia ante un amor inalcanzable, en Villamediana el
sentimiento atormentado, etc.
Pero la
lírica amorosa barroca, cuyas cimas se encuentran en los
sonetos amorosos, se debe poner también en relación con el
resto de géneros, impregnados de la tópica petrarquista en
descripciones y recursos. |

Luis de Góngora |
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También en relación con la poesía
amorosa hay que citar las parodias del propio petrarquismo, con
poemas dirigidos a mujeres poco agraciadas, prostitutas, etc. No tan
en broma eran muchos sonetos petrarquistas motivados por los más
banales detalles o anécdotas. En este último caso, parece que la
única misión del poeta es la de lucirse y mostrar su dominio de
metáforas e imágenes petrarquistas más que la expresión de su
sentimiento amoroso.
La lírica burlesca,
metaliteraria, política y de circunstancias
Ya hemos apuntado en casi todos los géneros antedichos sus
variantes satíricas y burlescas. La religión, el amor, la
épica o la mitología clásica pasan sin piedad alguna bajo la
demoledora visión de la parodia, muchas veces cayendo en lo
soez y escatológico. En esta línea mordaz e irónica también
encontramos a la propia poesía como tema de ridiculización.
Son célebres
los sonetos cruzados entre diversos autores, especialmente entre
Quevedo, Góngora y Lope. Igualmente, los poetas llegan a reírse de
sí mismos -como ya hiciera Cervantes-. El más conseguido y moderno
de estos planteamientos lo encontramos en Lope de Vega con sus
Rimas de Tomé de Burguillos (1634), en las que de mano de su
heterónimo reúne una serie de poemas, entre ellos un verdadero
cancionero petrarquista burlón a "Juana, lavandera del Manzanares".
Otro grupo que no
se debe olvidar es el de los poemas políticos, que adoptan muchas
veces la forma de epístolas dirigidas al valido. En ellas la sátira
es uno de los recursos más eficaces para retratar los grandes males
del reino.
La poesía de
circunstancias no constituye un verdadero grupo temático, sino que
se sirve de todas las temáticas y tópicas. Se trata de una poesía de
consumo, destinada a un fin inmediato o motivadas por celebraciones
puntuales, concursos o "justas poéticas", etc. En este sentido
también cabe apuntar las creaciones por encargo de las Academias, la
poesía mural, e incluso la poesía laudatoria.
3. Los poetas:
escuelas y grupos
Descrito este complejo panorama de la poesía de nuestro siglo XVII,
resulta evidente la complejidad de la tarea de establecer grupos,
escuelas o generaciones en las que agrupar a los diversos poetas,
más allá de la separación entre gongorinos y antigongorinos, entre
culteranos y conceptistas -división que como se ha demostrado
tampoco es plenamente rigurosa-. Se han atendido a diversos
criterios de discriminación, todos válidos e insuficientes. Así
pues, estas divisiones de han de entender como lo que son: meras
referencias didácticas.
División generacional
Se distinguen aquí, como ya hemos dicho más arriba, tres fases
generacionales. La primera generación se encuentra formada por
poetas nacidos hacia 1560 y que comienzan a publicar desde
1580. Arrancan pues desde el Renacimiento para introducir las
primeras formas poéticas barrocas a lo largo de su
trayectoria. Así, figuras tan determinantes como Luis de
Góngora (1560-1627), Lope de Vega (1562-1635) o los
hermanos Argensola. Aunque considerados poetas menores, entre
los innovadores en distintas líneas poéticas tenemos en esta
primera generación a Liñán de Riaza para el
romance, José de Valdivielso (1560?-1638) para la
lírica religiosa o Juan de Salinas (1559-1643) para la
poesía festiva.
La
segunda generación la formarían poetas nacidos hacia 1580, con la
presencia de Francisco de Quevedo (1580-1645) como figura
innovadora. Entre los continuadores del gongorismo sobresalen
Juan de Tassis, Conde de Villamediana (1582-1622) y Pedro Soto
de Rojas (1584-1658). Entre los seguidores de Lope cabe citar a
Pedro Medina Medinilla (+1621).
La
tercera generación en cuanto a lírica propiamente barroca, según las
consideraciones actuales de lo barroco, tenemos los poetas nacidos
en torno a 1600. Destacan entre los últimos poetas Gabriel
Bocángel (1603-1658) y Pedro Calderón de la Barca
(1600-1681).
División geográfica
Aunque hoy está considerada acertadamente la división más
arbitraria, no es menos cierta la existencia de focos
específicos de creación poética, además de la existencia de
diversas Academias en toda España.
Uno de estos
focos es la ciudad de Sevilla, con un predominio de poetas
clasicistas que rechazan los excesos de la sintaxis gongorina. A
veces su lírica está muy próxima a la renacentista, y sus ejes
principales son los temas clásicos y la tradición lírica popular. Su
mejor ejemplo es el poeta Rodrigo Caro (1573-1647).
En Aragón es
apreciable un predominio del conceptismo y una inclinación hacia los
temas históricos. No obstante, como es inevitable en poesía barroca,
están presentes otras tendencias. Destacan Bartolomé Leonardo de
Argensola (1561-1634) y su hermano Lupercio Leonardo de
Argensola (1559-1613) junto al introductor de las
"anacreónticas" Esteban Manuel de Villegas (1589-1669).
Otro grupo señalado es el llamado "Grupo de Antequera",
caracterizado por su culteranismo en descripciones esteticistas y
temática, con poetas como Pedro de Espinosa (1578-1650) o
Luis Carrillo Sotomayor (1585-1610), autor además de un tratado
teórico de estética culterana, su Libro de la erudicción poética.
División por tendencias
Este criterio, que más que distinguir poetas distingue poemas,
nos parece sin embargo el más cercano a lo riguroso, completándose con los
dos criterios ya planteados. El criterio temático es el que
hemos seguido de hecho en nuestra exposición. La consabida división entre conceptistas y
culteranos es, por otra parte, la más empleada por la crítica,
hechas las salvedades oportunas.
4.
Los grandes poetas
Lope de Vega
Si de muchos autores barrocos se ha comentado la a veces abismal
distancia entre literatura y vida, de la expresión lírica en el
Barroco como puro ejercicio intelectual, en Lope de Vega resulta
innegable el fortísimo componente autobiográfico de sus
composiciones. Junto a la clave de su autobiografismo y su necesidad
vital de escribir -lo que explica lo ingente de su inabarcable obra
escrita-, la otra clave que ayuda a entender a Lope es su doble
naturaleza de autor autodidacta pero extremadamente culto, de
conocedor de las reglas clásicas pero entregado a los gustos del
público barroco. Precisamente esta doble combinación es la
responsable de su maestría y de su éxito entonces y hoy.
En Lope no se echa
de menos casi ningún género literario. Ya hemos mencionado su
recorrido por la épica y su presencia en la lírica. Nos queda
mencionar, ciñéndonos a la lírica, una serie de géneros y de
"ciclos" que la crítica ha distinguido en su obra. Para empezar, Lope
de Vega aparece ya sobre el 1580 como uno de los mayores
representantes del romancero nuevo. El joven poeta de estos años
pertenecería según Rozas a su "Etapa de primavera o Filis",
pseudónimo con el que se refería Elena Ossorio. En la lírica amorosa
de Lope más pura destacan así las Rimas amorosas de 1602.
El temperamental e
impulsivo Lope se ordenó sacerdote en 1612, en una crisis personal
donde encontró en la religión un refugio de redención. Fruto de ello
son sus Rimas sacras de 1614. No obstante, en 1615 una nueva
pasión amorosa por una actriz le llevaría a seguirla a Valencia, de
donde volvió arrepentido.
En 1616 una actitud
cultista fruto de la influencia, quizás a su pesar, de Góngora lleva
a Lope a componer obras como La Filomena (1621) o La Circe
(1624). Para Juan Manuel Rozas el último ciclo en la obra de Lope de
Vega sería el que se abre a partir de 1627, conocido como "ciclo de
senectute". Quizás el Lope más conmovedor sea el de estos últimos
años. Destacaremos El laurel de Apolo (1629) y las geniales
Rimas humanas y divinas del Licenciado Tomé de Burguillos
(1634).
Luis de Góngora
Su obra fue rica en matices y polémica. Marcó en muchos sentidos la
literatura barroca de toda Europa y se nos muestra como una figura
compleja en su "catalogación", por más que al decir "Góngora"
pensemos automáticamente en el culteranismo exacerbado del
Polifemo. Pero hay muchos Góngoras de los que hablar, sin
olvidar que todos son el mismo.
También Góngora es
junto a Lope el gran maestro del romancero nuevo, romances a veces
también con notas autobiográficas. En letrillas y poemas burlescos
también se adelanta como uno de los mejores del siglo. En cuanto al
soneto, es uno de los poetas que más lejos llevan las posibilidades
de un molde tan estrecho como el soneto.
La cuestión capital
en el estudio de Góngora es la relación entre los poemas de lenguaje
más cercano al cotidiano con la gran aportación estética de los
gongorinos: el culteranismo. Desde Menéndez Pelayo se solía afirmar
que una frontera cronológica, 1610, mediaba entre el "Príncipe de la
Luz" y el "Príncipe de las Tinieblas". Hoy esta idea se considera
superada. Es cierto que la obra de Góngora se complica con el
transcurso del tiempo, pero ni abandona en la vejez el ejercicio de
una lírica más cercana, ni deja de apreciarse desde el principio de
su obra el gusto del cordobés por la complicación formal como
desafío estético. Quizás lo correcto pase por decir que Góngora
busca ya desde los primeros años un vehículo formal que aleje del
simple y de lo mundano su lírica y lo aproxime a la expresión
sublime y la metáfora pura. Y tras varios tanteos, será sobre todo
con su Fábula de Polifemo y Galatea (1612) y las Soledades
(1613) cuando alcance este fin, principalmente mediante una
expresión elevadamente metafórica y la latinización del lenguaje
mediante el hipérbaton.
Francisco de Quevedo
A pesar de que muchos autores como Borges señalan que la lírica de
Quevedo más que la sincera expresión de su interior es un puro -y
genial- ejercicio intelectual, este poeta resulta una de las figuras
más atrayentes de nuestra literatura y muchos de sus poemas,
especialmente sus sonetos, son de los más conmovedoramente escritos.
El corpus de
Francisco de Quevedo es verdaderamente extenso y en ellos destaca
ante todo la variedad temática. No obstante, podemos señalar los
principales ejes temáticos. Entre éstos, tenemos poemas que
prolongan la tradición petrarquista renacentista y recrean la tópica
amorosa, poemas morales de sentida reflexión filosófica y por último
mordaces poemas destinados a la representación burlesca de su
alrededor.
En estas tres
coordenadas Quevedo se revela como un verdadero maestro, capaz de
conseguir con los rudimentos trillados de la lírica áurea presentar
como novedosos los viejos mensajes, y trasladarnos con una fuerza
contundente la pasión y anhelo amoroso, un oscuro pesimismo vital o
de arrancarnos más de una sonrisa, amarga empero.
Notas:
[1] José Antonio Maravall, "La cultura
del barroco: una estructura histórica", en F. RICO (coord.),
Historia y Crítica de la literatura española, Vol.3, Barcelona,
Crítica, 1983, p.50.
[2] Juan Manuel Rozas, "Siglo de Oro:
historia y mito", en F. RICO (coord.) Historia y Crítica de la
literatura española, Vol.3, Barcelona, Crítica, 1983, p.64.
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