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Poetas
suicidas Cronistas
de su autodestrucción
Antonio Rivero Machina
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Autodestrucción,
marginalidad, locura, alcoholismo... muchos escritores hicieron de
su vida una angustiosa metáfora existencial. Cercados por una vida
efímera y por sí mismos, sólo su voz lírica les permitió
respirar. Son muchos los poetas suicidas, y no hay que remitirse al
romanticismo para ello.
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La tercera causa de mortandad es el suicidio. Son muchas las
personas que, por motivos a veces difíciles de explicar, deciden
acabar con su propia vida. En el universo de muchos escritores, esta
angustia del mortal, condenado desde el día de su nacimiento, está
tan presente que acaba, literal y literariamente, con sus vidas. Se
dice que el suicida no es más que un mortal impaciente. Nosotros,
las personas "felices", hemos dado la espalda a ese día,
cínica o heroicamente, ese es otro debate. Los
poetas de los que hablamos osaron mirar al sol, y sus alas se
derritieron en plena huida del laberinto. |

Sylvia
Plath |
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Victimas
de sus pensamientos
Ciñéndonos a la historia reciente, tan
desprovista de mitos y leyendas, la lista de los líricos que
acabaron con sus vidas, generalmente jóvenes, es larga. Todos
tenemos aún cercano el recuerdo de aquel día de 1999 en que
José Agustín Goytisolo se arrojó por una ventana, o el disparo que Javier Egea
desencadenó contra sí mismo.
Son
muchos, demasiados. Gabriel Ferrater se ató una bolsa al cuello
hasta ahogarse, Alejandra Pizarnik ingirió somníferos hasta morir
-sólo contaba 36 años-, Paul Celan se arrojó al Sena en 1970... La
lista prosigue con Marina Tsvietáieva, Georg Trakl, Kostas
Karyotakis, Marina Poliduri, Jonh Berryman, Luis Hernández...
Uno
de los casos más conocidos es el de Alfonsina Storni. Cuando le
diagnosticaron un cáncer incurable la poeta decidió no esperar a
la muerte y se adentró en el Mar del Plata. Encontraron su cadáver
en la playa de La Perla. Uno de los suicidios de poeta más célebres es quizás
el de Cesar Pavese, quien acabó su vida tomándose 16 frascos de somníferos.
Otra
poetisa suicida fue Sylvia Plath. Esta excepcional poeta, en
precaria situación económica, acostó a sus hijos y se introdujo en
un horno de gas. Tenía 30 años y sólo tendrá gran fama como autora
póstumamente. Su caso fue llevado a la gran pantalla y parece que el
tema, tan morboso, "vende". Tras el éxito
de Las Horas, en la que se nos introduce en el universo Virgina Woolf,
autora que también acaba suicidándose en un río, los productores se
han interesado en la atormentada vida de Sylvia Plath.
Anne
Sexton también acabó con su vida con el motor de su coche. Lejos
del mito Romántico, todos estos suicidios tienen un sabor amargo y
desolador, precedidos de un bagaje psicológico turbador y
depresivo. |
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Cronistas
de su autodestrucción
Este
proceso depresivo y autodestructor, motivo muchas veces de su
genialidad artística, también hizo de sus vidas un infierno.
Muchos poeta probaron los límites de la vida hasta cotas
peligrosas. Les quedaba el consuelo de la literatura, y dejaron
aquella desesperación impresa en un papel, legando poemas magníficos.
Poesía alimentándose de su autodestrucción y autodestrucción
alimentándose de poesía. Uno de los mejores poetas del siglo XX,
"el mayor poeta ingles tras Lord Byron" para muchos, acabó
con su vida a causa de un coma etílico. Su alcoholismo corrió
paralelo con su éxito editorial. Mientras todos lo aclamaban y
componía una gran obra, se labraba su lamentable final. Hablo de Dylan Thomas.
Antonin
Artaud pasó años recluido en un sanatorio mental. Su locura le dio
a veces una clarividencia demoledora.
La
maldición del poeta
Los
poetas malditos son los mejores. Este es un criterio, retornando al
mito romántico, muy presente. Murieron
jóvenes, en la plenitud de su obra. El morbo, el "lo que le
quedaba por escribir podría ser una obra maestra", el
sentimiento de solidaridad... Los poetas malditos sólo alcanzan la
bendición una vez muertos, eso sí. Pero la maldición del poeta va
más allá del rechazo de su amada o amado. Es
una maldición menos hermosa, merece menos la pena. El poeta maldito
es el fusilado, el pobre, el exiliado, el torturado, el encarcelado,
el suicida, el loco, el alcohólico... Siempre
nos queda exhumar sus cuerpos metamorfoseados en poemas y escuchar
su voz, siempre viva, regalarles nuestra presencia, que nunca llega
tarde. Perecieron en el intento, se cortaron con el canto del papel,
con el filo de la poesía, pero son inmortales. |
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