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Quevedo
versus Góngora Historia
de la batalla más hermosa de la literatura
Redacción
VersOados
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Para
ponernos en situación recurramos a la descripción de la Filóloga
Carmen Javaloyes Jiménez publicada en realidadliteral.com : "El
amor, la pasión, el odio... son temas recurrentes de la
literatura. Pero pocas veces el enfrentamiento puramente
formal se ha llevado a lo personal. Este es el caso de
Cultistas y Conceptistas, de Góngora y Quevedo. Son
conocidas las diferencias de forma y estilo de las principales
corrientes literarias del siglo de oro español. Cultistas y
conceptistas llevaron hasta el insulto personal las
diferencias de estilo: Góngora desarrolló el culto
clasicista de línea “garcilasiana” llevándolo hacia tal
extremo que las sutilezas latinistas tan apreciadas de Garcilaso
y Fray Luis de León llegan a convertirse en latinajos de difícil
lectura.
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Hipérbaton
exagerado, metáforas desbordadas de significado, latinismos
gramaticales... llevaron a una poesía excesivamente enrevesada para
un público elitista.
Y
sin embargo, esta poesía pronto será aplaudida por este sector de
la intelectualidad que ve en Góngora el artificio clásico iniciado
por Garcilaso llevado a extremos que buscan el desafío cultista.
Quevedo se opone violentamente a esta nueva forma de entender la
poesía “clásica” de Garcilaso. Quevedo llega a alabar la poesía
clásica cultista de Garcilaso y Fray Luis de León, y sin embargo
nada hay más opuesto que la obra de Quevedo y la poesía
renacentista.
Ambos,
Quevedo y Góngora, enfrentados por la forma de entender la
literatura -cultistas vs. Conceptistas, etiquetas que se colocaron
por la crítica literaria del siglo XVIII para definir ya esta
oposición- llevarán el enfrentamiento a lo personal, en un diálogo
poético nunca visto hasta entonces.
Sin
embargo, bien mirado, la poesía de Góngora bebe del conceptismo al
igual que Quevedo se siente influido por el cultismo gongorino:
Quevedo da muestras de un latinismo erudito en muchos de sus versos,
no sólo en el léxico, la sintaxis de los versos.
También
en la temática mitológica, en metáforas y sobreentendidos... al
lado de un léxico deliberadamente vulgar. Por otra parte, Góngora
es tan conceptista, ingenioso y agudo como Quevedo (-Ande yo
caliente, ríase la gente...) empleando metáforas violentas e irónicas
de influencia más barroca que quevedesca. El enfrentamiento entre
Quevedo y Góngora se muestra en realidad más personal que
literario: Góngora es más laico, materialista y liberal en sus
“usos y costumbres”, se deja llevar por la artificiosidad
de los amores mitológicos de corte clásico, mientras que con
Quevedo nos encontramos con la crisis existencialista puramente
barroca, la pasión cristiana, el terror a la muerte, a la
justicia divina, y algo de lo que se le ha acusado -quizás
injustamente- bajo el prisma de la mentalidad contemporánea: el
desprecio de clase; elementos clave de la poesía quevedesca que no
se aprecia en la artificiosidad de Góngora. En Quevedo encontramos
la angustia por el paso del tiempo, la ira por el desamor... en Góngora
el gusto por el goce físico, la exageración de una descripción...
Al fin, Góngora y Quevedo compartirán el tono burlesco y la sátira
personal."
Batallas
No
fue solo algo llevado al terreno de las letras. En aquel siglo de
validos, intereses cortesanos e intrigas Quevedo y Góngora no solo
emplearon recursos literarios... Quevedo
mantuvo una agitada vida política. Sus padres desempeñaban
altos cargos en la corte, por lo que desde su infancia estuvo
en contacto con el ambiente político y cortesano. Estudió en
el colegio imperial de los jesuitas, y, posteriormente, en las
Universidades de Alcalá de Henares y de Valladolid, ciudad ésta
donde adquirió su fama de gran poeta y se hizo famosa su
rivalidad con Góngora. Siguiendo a la corte, en 1606 se
instaló en Madrid, donde continuó los estudios de teología
e inició su relación con el duque de Osuna, a quien dedicó
sus traducciones de Anacreonte, autor hasta entonces nunca
vertido al español.
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En
1613 acompañó al duque a Sicilia como secretario de Estado, y
participó como agente secreto en peligrosas intrigas diplomáticas
entre las repúblicas italianas. De regreso en España, en 1616
recibió el hábito de caballero de la Orden de Santiago. Acusado,
parece que falsamente, de haber participado en la conjuración de
Venecia, sufrió una circunstancial caída en desgracia, a la par, y
como consecuencia, de la caída del duque de Osuna (1620); detenido
fue condenado a la pena de destierro en su posesión de Torre de
Juan Abad (Ciudad Real). Sin embargo, pronto recobró la confianza
real, con la ascensión al poder del conde-duque de Olivares, quien
se convirtió en su protector y le distinguió con el título honorífico
de secretario real. Pese a ello, Quevedo volvió a poner en peligro
su estatus político al mantener su oposición a la elección de
santa Teresa como patrona de España en favor de Santiago Apóstol,
a pesar de las recomendaciones del conde-duque de Olivares de que no
se manifestara, lo cual le valió, en 1628, un nuevo destierro, esta
vez en el convento de San Marcos de León. Pero no tardó en volver
a la corte y continuar con su actividad política, con vistas a la
cual se casó, en 1634, con Esperanza de Mendoza, una viuda que era
del agrado de la esposa de Olivares y de quien se separó poco
tiempo después. Problemas de corrupción en el entorno del
conde-duque provocaron que éste empezara a desconfiar de Quevedo, y
en 1639, bajo oscuras acusaciones, fue encarcelado en el convento de
San Marcos, donde permaneció, en una minúscula celda, hasta 1643.
Cuando salió en libertad, ya con la salud muy quebrantada, se retiró
definitivamente a Torre de Juan Abad.
Góngora
también mantuvo una vida cortesana, mucho menos ajetreada,
por otra parte. Nacido en el seno de una familia acomodada,
estudió en la Universidad de Salamanca. Nombrado racionero en
la catedral de Córdoba, desempeñó varias funciones que le
brindaron la posibilidad de viajar por España. Su vida
disipada y sus composiciones profanas le valieron pronto una
amonestación del obispo (1588). En 1603 se hallaba en la
corte, que había sido trasladada a Valladolid, buscando con
afán alguna mejora de su situación económica. En esa época
escribió algunas de sus más ingeniosas letrillas, trabó una
fecunda amistad con Pedro Espinosa y se enfrentó en terrible
y célebre enemistad con su gran rival, Francisco de Quevedo.
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Instalado
definitivamente en la corte a partir de 1617, fue nombrado
capellán de Felipe III, lo cual, como revela su
correspondencia, no alivió sus dificultades económicas, que
lo acosarían hasta la muerte.
La
enemistad de los dos poetas llevo a situaciones como la de un
Quevedo que compra la casa, en el Madrid de la época, donde
vivía un arruinado Góngora. Los poetas tuvieron también
aliados en su particular lucha. Quevedo era protegido por el
Conde-Duque, valido de Felipe IV. El rival del Conde-Duque en
los favores del rey, el también poeta y cortesano Juan de
Tassis, Conde de Villamediana, mantuvo una relación hostil
con Quevedo y guardó gran admiración por Góngora. Parece
que el poder y las intrigas se cuelan en estas disputas
"formales". Lo que se percive en estos dos
"bandos" son unas filosofías de vida contrapuestas.
Góngora y el donjuanesco Conde de Villamediana eran
personajes que gustaban de la buena vida, llena de sabores y
sensaciones; por contra el Conde-Duque fue un estadista mucho
más astuto y despiadado y quevedo un hombre religioso, recto,
rígido y profundamente voraz en sus afirmaciones.
Sin
duda se puede decir la frase de "corrieron ríos de
tinta..." ¡Bebamos en ellos! |
¡Al
ataque!
Esto
fue lo que se dedicaron para la posteridad. Extensas y refinadas
composiciones que se pueden tildar de "pavoneo poético"
en el que despliegan sus mejores plumas, nunca mejor dicho.
Primer
asalto. Ataca Quevedo.
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CONTRA
DON LUIS DE GONGORA Y SU POESIA
Este
cíclope, no siciliano,
del microcosmo sí, orbe postrero;
esta antípoda faz, cuyo hemisferio
zona divide en término italiano;
este círculo vivo en todo plano;
este que, siendo solamente cero,
le multiplica y parte por entero
todo buen abaquista veneciano;
el minoculo sí, mas ciego vulto;
el resquicio barbado de melenas;
esta cima del vicio y del insulto;
éste, en quien hoy los pedos son sirenas,
éste es el culo, en Góngora y en culto,
que un bujarrón le conociera apenas.
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Segundo
asalto. Ataca Góngora.
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Anacreonte español,
no hay quien os tope.
Que no diga con mucha cortesía,
Que ya que vuestros pies son de elegía,
Que vuestras suavidades son de arrope
¿No imitaréis al terenciano Lope,
Que al de Belerofonte cada día.
Sobre zuecos de cómica poesía
Se calza espuelas, y le da un galope?
Con cuidado especial vuestros antojos
Dicen que quieren traducir al griego,
No habiéndolo mirado vuestros ojos.
Prestádselos un rato a mi ojo ciego,
Porque a luz saque ciertos versos flojos,
Y entenderéis cualquier gregüesco luego |
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Tercer
asalto. Ataca Quevedo.
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Yo te untaré
mis obras con tocino
Porque no me las muerdas, Gongorilla,
Perro de los ingenios de Castilla,
Docto en pullas, cual mozo de camino.
Apenas hombre, sacerdote indino,
Que aprendiste sin christus la cartilla;
Chocarrero de Córdoba y Sevilla,
Y en la Corte, bufón a lo divino.
¿Por qué censuras tú la lengua griega
siendo sólo rabí de la judía,
cosa que tu nariz aun no lo niega?
No escribas versos más, por vida mía;
Aunque aquesto de escribas se te pega,
Por tener de sayón la rebeldía. |
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Cuarto
asalto. Ataca Góngora.
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A don Francisco de Quevedo
Cierto
poeta, en forma peregrina
cuanto devota, se metió a romero,
con quien pudiera bien todo barbero
lavar la más llagada disciplina.
Era su benditísima esclavina,
en cuanto suya, de un hermoso cuero,
su báculo timón del más zorrero
bajel, que desde el Faro de Cecina
a Brindis, sin hacer agua, navega.
Este sin landre claudicante Roque,
de una venera justamente vano,
que en oro engasta, santa insignia, aloque,
a San Trago camina, donde llega:
que tanto anda el cojo como el sano.
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Dicho
esto solo queda decir la palabra fin.
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