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IIª Prueba presencial

Tema 7: El Estado y el Poder.

Autor:Carlos Andrés

Bibliografía:
GARCIA SANTESMASES, A.: "Estado, mercado y sociedad civil" en Filosofía política (1) pp. 217-235.

Exámenes: El estado y el poder: Sep. 2003, Sep. 2002, Feb. 2002

Tema 7. El Estado y el Poder.

¿Ante el fin de la historia?

La derrota del sistema comunista es el hecho decisivo de estos últimos años. Tres ese hecho, Francis Fukuyama lanzó el debate sobre el fin de la historia al pronosticar que el triunfo de la democracia liberal capitalista llevará a un futuro de expansión del liberalismo económico y político al que sólo se opondrán determinadas formas de nacionalismo y religión: ha concluido el debate sobre los principios que deben regir el orden social.

No se trata del fin de la historia en cuanto sucesión de acontecimientos, sino el fin del debate sobre la forma política definitiva. Además Fukuyama se refiere a dos asuntos importantes:

  1. Sigue habiendo retos políticos (pobreza, marginación, daños ecosistema...) pero son manejables dentro del marco de la democracia de mercado.
  2. El fin de la historia no implica el fin del debate sobre las metas de la vida humana (del "sentido"), sin embargo ese debate pasa a ser algo individual a solucionar en el ámbito privado, no el político.

Una pregunta a hacerse, especialmente para las izquierdas es: ¿Cabe hoy pensar en una alternativa al liberalismo en el terreno económico-político? La pregunta es engañosa, porque hay muchos tipos del liberalismo, que se pueden agrupar en dos: el liberalismo conservador y el liberalismo igualitario, la socialdemocracia.

Por tanto, partiendo de la aceptación de la democracia como sistema político, el debate se ha de centrar en la combinación óptima de mercado, Estado y sociedad civil.

I. Origen y crisis del estado del bienestar

A principios de siglo la tesis que prevalecía en el campo liberal y en el mundo socialista era la de la incompatibilidad entre democracia y capitalismo. El liberalismo temía que la extensión del sufragio universal introdujera una demandas sociales que acabaran con las garantías liberales. El socialismo pensaba que gracias a la extensión del voto podría conseguir el tránsito hacia un modelo socialista, que heredaría al capitalismo. Ese fue precisamente el debate entre Bernstein, Luxemburgo y Kautsky.

Rechazadas las propuestas que llevaban al fin del estado (anarquismo y comunismo) y rebajadas por tanto las aspiraciones utópicas de la izquierda, hay que afirmar que el estado y la política no desaparecerán. La cuestión es si el horizonte del liberalismo agota el debate teórico-político. El socialismo democrático tiene ante sí la gran responsabilidad de mostrar si es capaz de superar democráticamente al capitalismo. La socialdemocracia ha acertado en la necesidad de legitimar todo poder político mediante procedimientos democráticos, aunque eso no oculta el fracaso a la hora de intentar una alternativa que vaya más allá del capitalismo.

Para ello hay que analizar la relación entre Estado y mercado.

El acuerdo entre liberalismo y socialismo no llega hasta concluida la Segunda Guerra Mundial. "El acuerdo entre las fuerzas del capital y las organizaciones representativas del movimiento obrero pasaba por un respeto de la acumulación privada y por la posibilidad de producir una legitimación pública a través de las instituciones del Estado del bienestar". Es decir, los socialistas renuncian a la abolición de la propiedad privada, pero se implementan unas medidas sociales que incluyen la redistribución de la renta y pleno empleo.

La democracia pasa a ser "la sociedad justa en acción". La derecha acepta la redistribución, la izquierda renuncia a la revolución. Esto implicaba reducir el debata político a reivindicaciones económicas, al porcentaje del gasto público y su distribución. "Habermas ha hablado por ello del Estado del bienestar como un Estado donde se agotan las energías utópicas".

Sin embargo, "mucho de lo que se daba por sentado en términos económicos empezó a ser cuestionado". En los años 60 y los 70, muchos movimientos sociales postulaban ir más allá del Estado del bienestar y la democracia capitalista (estudiantes, pacifistas, feministas...) En el otro extremo se sitúa el neoconservadurismo, que "establecerá su ofensiva contra la expansión de los poderes del Estado, el excesivo gasto público y la desmesurada presión fiscal". "Tras toda la retórica acerca de la competitividad y el individualismo, lo que se ha pretendido es desmantelar derechos sociales y romper el poder contractual del sindicalismo".

"Para la relación entre Estado, mercado y sociedad civil es importante percibir que el liberalismo económico ha ido unido al autoritarismo político, la distribución a favor de los ricos ha ido acompañada por una re-invasión de la sociedad civil, la defensa de un gobierno limitado en lo social no ha impedido una persistente ofensiva en el campo de lo moral".

"La cuestión decisiva es saber cómo se fue produciendo ese apoyo a principios que contradecían el consenso social de posguerra". Lo ocurrido en la Inglaterra de Thatcher "es probablemente la revolución más fecunda que haya tenido lugar en la Europa de este siglo", afirmaba Mario Vargas Llosa. Sin embargo, "la emoción de V. Ll. no ayuda demasiado a conocer las razones profundas por las que se fue abominando la intervención del Estado en la economía".

Una explicación alternativa a la del escritor consiste en analizar con rigor la nueva división de la sociedad en tres tercios. Existe un tercio dominante (grandes propietarios de los medios de producción, de comunicación y élites administrativas), un segundo tercio compuesto por los funcionarios, profesionales, técnicos y la clase obrera organizada con un empleo estable, y un tercero que estaría abocado a la marginalización, los trabajos precarios, la flexibilidad y la inseguridad.

"La estrategia del capitalismo popular estriba en incorporar a sectores de la clase obrera al segundo tercio". "Se ha abierto una brecha entre quienes poseen un empleo y los menos afortunados económica y socialmente". Galbraith describe esto con el término "cultura de la satisfacción", se trata de la formación de una mayoría satisfecha, que cree que "está recibiendo lo que se merecen en justicia", muestran una fuerte preferencia por los beneficios del corto plazo y "ven al Estado como una carga".

"Frente a esto, la cultura socialdemócrata hace hincapié en el declive económico, el creciente desempleo, la nueva pobreza y apela a la benevolencia, pero es difícil movilizar al electorado detrás de estas consignas" (¿Desempleo creciente en Inglaterra? Al contrario). Véase si no como Dahrendorf explicó por qué los conservadores británicos no se desplomaron tras la caída de Thatcher: "de camino a los colegios electorales, mucha gente miró cuánto dinero tenía en su monedero y decidió que por mucho que le preocuparan los servicios sanitarios, el transporte y la educación, no querían que menguara su fortuna".

"La división dentro de la sociedad se seguirá profundizando". Para unos "se recauda excesivamente y se derrocha", para otros "las necesidades que les afectan son prioritarias y, en medio, los gobernantes tratan de obtener recursos de empresas que, en muchos casos, han dejado de ser competitivas en el plano internacional". La pregunta es "¿cómo preservar las conquistas del Estado del bienestar en un contexto de mundialización económica? ¿Se trata de una crisis del estado del bienestar o del capitalismo? Probablemente ambas cosas: el Estado es demasiado pequeño frente a las grandes estructuras económicas e internacionales, y demasiado grande en la percepción de los ciudadanos. Es a la vez impotente y prepotente".

II. Internacionalizacion económica y crisis de la democracia

C. Offe: "Los sucesos ocurridos desde 1989 han traído consigo en la Europa occidental un marcado desplazamiento hacia la derecha del espectro político... El programa político social, constitucional e internacional de la izquierda está manifiestamente expuesto a un cambio de signo: en lugar de promover un progreso (cuyos objetivos son cada vez menos claros) en el seno de las sociedades avanzadas, tendría más bien que impedir el retroceso en un entorno en el que se consolidara fuertemente el statu quo en la sociedad nacional e internacional".

"La situación en la que estamos se caracteriza por la dificultad de mantener el modelo de Estado de bienestar como un lujo exclusivo de los países desarrollados. La capacidad que tiene hoy el capital para moverse hasta los confines de la tierra, para obtener una fuerza laboral barata, hace muy difícil el compromiso entre sindicatos y empresarios". Resumiendo, "el bienestar está puesto en cuestión por dos fenómenos": los movimientos de capital y las migraciones masivas a los países desarrollados.

En este esfuerzo por superar la "impotencia" del Estado nacional hay que destacar las reflexiones de Willy Brandt, que "insistía una y otra vez en que el movimiento socialista tenía que salir del gueto europeo". Es necesario un nuevo internacionalismo, "el nuevo socialismo debería convertir en una de sus prioridades la erradicación de la desigualdad planetaria".

"Nos encontramos al inicio de una nueva época donde, como a comienzos de siglo, será de nuevo difícil compatibilizar las exigencias del capitalismo y los valores de la democracia y, por ello, la política volverá a estar en crisis. Una crisis que hay que entender no como la aparición de diferencias irreconciliables dentro del sistema, sino como la tensión entre los principios constitucionales y las exigencias del mercado capitalista".

¿Cómo rectificar? Se desconfía del estado, pero "Esa desconfianza en el Estado no viene sólo del discurso neoliberal, hoy hegemónico, sino que remite a un cuestionamiento de la política democrática". No son sólo las promesas electorales incumplidas de los políticos, sino también unas constituciones que prometen una participación que la realidad desmiente. Estamos ante lo que Norberto Bobbio llama "las promesas no cumplidas de la democracia".

Bobbio consideraba que "los sujetos políticamente relevantes son los partidos políticos, los sindicatos, los grandes grupos, mientras los individuos lo son cada vez menos". No es posible la democracia sin partidos, pero es casi imposible dentro de ellos. El problema no es sencillo, como muestran las soluciones que suelen proponerse, desde el presidencialismo al parlamentarismo, pasando por las listas cerradas o abiertas, los sistemas directos o los proporcionales.

"La degeneración de los sistemas representativos hace que algunos vuelvan los ojos hacia la sociedad civil, intentando buscar ahí las energías etico-utópicas agotadas en la dialéctica entre Estado y mercado. Esos movimientos son parciales y discontinuos, si bien los partidos ya no pueden imponer su globalidad como si el viento libertario que sopla desde algunas zonas de la sociedad civil no les afectase."

"La democracia para pervivir y para superar la prepotencia del Estado requiere organismos que permitan controlar el poder y requiere que los partidos -como sujeto esencial de una democracia representativa- afinen su capacidad de transmitir identidades políticas y se conviertan en organizaciones accesibles a la participación de los ciudadanos". "Los que no creemos que el poder político se vaya a disolver y pensamos en la necesidad de contrarrestar los efectos del mercado, vemos que es imprescindible volver a legitimar el papel de los partidos para ver al Estado como una solución y no como el problema.

"Siempre será las dos cosas, pero si logramos resolver algunos de los problemas a los que ha conducido la falta de credibilidad del Estado, será más sencillo abordar con soluciones los problemas que crea el mercado. La democracia necesita salir de su crisis si quiere servir como contrapeso del capitalismo".

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Última actualización: Octubre 2006
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