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Iª Prueba presencial

Tema 4: El socialismo y el marxismo

Autor:Carlos Andrés

Bibliografía:
SOTELO, I.: "Socialismo" pp 253-275 en Ideologías y movimientos políticos contemporáneos.

Tema 4. El socialismo y el marxismo.

EXÁMENES:
- El socialismo hoy: Sep. 2004
- El socialismo y el marxismo: Sep. 2002

La palabra socialismo tiene muchas significaciones, que se pueden agrupar en dos: ideario y fuerza política que quiere poner en práctica ese ideario.

Los diferentes socialismos tienen en común la idea básica de que la consecución de la libertad, entendida sobre el soporte de la igualdad, tiende a desembocar en un régimen colectivista que haya abolido la propiedad privada de los bienes de producción o, por lo menos, sea capaz de controlarla. El tratamiento que se concede a la propiedad resulta el rasgo esencial que diferencia al socialismo del liberalismo, provenientes ambos de la misma tradición racionalista y humanista que se configura en la Ilustración. El socialismo entronca con la vieja idea, que Rousseau actualizó a mitad del siglo XVIII, de que la introducción y ulterior desarrollo de la propiedad es la causa de una desigualdad creciente en las sociedades.

La mejor manera de estudiar el socialismo es sumergirse en su historia y ver las circunstancias que lo han condicionado. El socialismo es un fenómeno europeo, su fuente es el primer cristianismo así como diversas experiencias del mundo medieval.

I. Orígenes

Nace en el fragor revolucionario de los años 1789-1799, implícito en el afán de libertad, fraternidad e igualdad que la revolución exalta. El socialismo se nutre de los valores e ideas de 1789 y nace cuando el afán de edificar una sociedad igualitaria se convierte en un programa de aplicación inmediata.

Tras la restauración que sigue a la revolución francesa, el socialismo toma nuevas fuerzas de las consecuencias sociales de la revolución industrial que surge en Inglaterra en el s. XVIII y se extiende por el continente en el siguiente. Supone una transformación social sin precedentes. Los pequeños propietarios rurales y los artesanos gremiales de las ciudades se ven paulatinamente obligados a proletarizarse, dando así nacimiento a una clase obrera que tiene que aceptar condiciones de vida hasta entonces inimaginables. La eliminación de la propiedad se considera la única forma de emanciparse.

En un primer momento, el socialismo expresa la resistencia de amplios segmentos populares a proletarizarse, ayudados por algunos sectores de las clases medias cultivadas. El recelo contra la industrialización se trasforma pronto: la máquina se revela el instrumento imprescindible de una futura emancipación.

II. Una creación anglo-francesa. Hasta 1830

Hacia 1830 aparece el término de socialismo, que se vincula en Inglaterra al reformismo social de Robert Owen y al de los saint-simonianos en Francia.

Importa subrayar que en su origen el socialismo es una creación anglo-francesa. Es una reacción a la experiencia de la revolución francesa y a la revolución industrial, que originalmente lleva la impronta inglesa.

Surge de forma independiente en los dos países más desarrollados de la Europa de su tiempo. Este doble origen le da características diferenciadas aun hoy en día.

Robert Owen. Hijo de un modesto guarnicionero, fue un empresario exitoso que hizo fortuna en el textil aunque se arruinó con sus experimentos en EE. UU. Reaccionó contra el grado alcanzado de explotación. Sus reformas sociales son pragmáticas (lucha contra el alcoholismo, educación, higiene, sanidad) aunque algo paternalista. Fue un propulsor del movimiento obrero, pero se opuso a la utilización de la violencia.

Henri de Saint-Simon. Fue el primero en plantear la necesidad de una "ciencia de la sociedad" - que su secretario August Comte llamó después sociología- y el primer creador de lo que tras su muerte, se llamó socialismo.

En el origen de esta contribución está una intuición: a las revoluciones científicas siguen de cerca las revoluciones políticas. Se impone por tanto una reorganización sistemática de los saberes científicos que deben servir a un nuevo orden social. El motor de sus desvelos será esclarecer la terrible crisis originada por el paso de un sistema feudal y teológico a un sistema industrial y científico.

La fórmula para salir de la crisis consiste en impulsar una ciencia positiva -constructiva y empírica- que incluya una ciencia social que guíe a la futura "sociedad industrial". Saint-Simon puso de relieve el común origen de socialismo y sociología. A partir de 1817, SS se distancia del liberalismo económico y pone el acento en la dimensión moral que precisa toda sociedad para subsistir.

III. Etapa fundacional: 1830-1864. Marx.

Entre 1830 y la puesta en marcha de la Primera Internacional en 1864. Gira en torno a la fracasada Revolución de 1848. Es la etapa que podríamos llamar de invención teórica del socialismo por intelectuales desclasados, Karl Marx, o artesanos autodidactos, Pierre-Joseph Proudhon.

Marx. Separa la sociología del socialismo, vinculado éste último a un nuevo concepto de "ciencia histórica", el "materialismo histórico" que en sus supuestos básicos se diferencia radicalmente de la concepción positivista de ciencia que maneja la sociología, y además introduce una teoría general de la crisis que no tiene igual.

El único punto de convergencia con Saint-Simon es que ambos consideran que la crisis es un fenómeno propio de la transición de un orden social a otro. Si en SS la causa primera de la crisis está en la disolución crítica de la filosofía que sustentaba el edificio social y hay que elaborar otra para superarla, Marx comienza su labor científica denunciando justamente ese "idealismo histórico".

El "materialismo histórico" que desarrolla Marx a partir de 1844 coloca el modo de producción, con su correspondiente estructura social, en la base sobre la que se levanta el andamiaje cognoscitivo, social y político: el secreto último de la historia se revela en "la base", es decir el modo de producción y relaciones de producción.

Desde el "materialismo histórico", la comprensión de la "crisis política" exige previamente haber estudiado la "crisis social" y esta resulta indescifrable sin un análisis de la "crisis económica". La estructura última de la sociedad, como la de la crisis, sólo podría esclarecerse en la "crítica de la economía política".

Para Saint-Simon, las dos clases en litigio eran la parasitaria y la productora. Marx, en cambio, hace patente la contradicción básica, capital/trabajo, en el meollo mismo de la sociedad capitalista, llamada "industrial" por SS. La clase saintsimoniana de los "productores", lejos de configurar la base de la armonía futura, para Marx lleva en su seno dos clases antagónicas, la de los dueños del capital y la de los que únicamente pueden llevar al mercado su fuerza de trabajo.

En consecuencia, el destino de esta sociedad que Marx llama "capitalista" en vez de "industrial", no ha de ser una época de rápido crecimiento económico y de bienestar generalizado, como intuía SS y en parte ha confirmado la historia, sino en una en la que se agravarían las crisis internas hasta desembocar revolucionariamente en un nuevo orden social que, al haber colectivizado los medios de producción, habría terminado por superar la contradicción principal, capital/trabajo.

Dos son los postulados de que parte la crítica marxiana de las relaciones sociales existentes. El primero identifica, a la manera clásica, valor y trabajo, identificación que muestra el último soporte que todavía vincula la moral a la economía. El segundo implica la reformulación de la teoría del valor-trabajo en base al rechazo moral de que el trabajo humano pueda manejarse como mera mercancía, que se compra y vende a precio de mercado, lo que llevaría consigo la cosificación fetichista de lo humano. Si el trabajo es una facultad constitutiva de lo humano y el hombre se define por la libertad, la distinción entre trabajo libre y trabajo enajenado es esencial para una crítica de la economía política.

De este modo, Marx fundamentó la economía fuera de la economía y puso de manifiesto la esquizofrenia que caracteriza a la moderna sociedad capitalista entre un discurso humanista que parte de la libertad en igualdad de todos los humanos y otro, plenamente cosificado, en que lo humano queda degradado a mera mercancía.

Las crisis periódicas que marcan el proceso de acumulación capitalista, hasta la crisis final que llevaría en su seno, las explica Marx a partir de dos principios: la caída de las tasas de beneficio y los efectos de la superproducción. La inviabilidad del capitalismo quedaría de manifiesto por la tendencia, intrínseca en su propio desarrollo, a que disminuya la tasa de beneficio.

Para mantener la tasa de ganancia no queda otro remedio que aumentar el grado de explotación, lo que, de ser así, necesariamente tendría que desembocar en una situación de crisis revolucionaria, crisis que se acrecienta con las crisis que periódicamente origina la superproducción. Al ser el motor de la producción la maximización de los beneficios, cada uno en su rama continuará produciendo hasta más allá del punto en que la capacidad social de pago pueda absorber las cantidades producidas.

La superproducción es el origen permanente de las crisis, la contradicción fundamental del capital desarrollado, lo mismo que el vómito a los romanos. Hay que dejar constancia de que el movimiento obrero en todas las etapas de su desarrollo se ha visto siempre escindido entre posiciones antagónicas. En esta primera etapa la oposición principal se da entre el socialismo autoritario y el libertario, entre marxismo y anarquismo.

IV. Fabianismo y revisionismo (segunda etapa). Entre 1864 y 1914

La segunda etapa acontece entre la fundación de la Primera Internacional en 1864 y el estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914, fecha en que se desmorona la Segunda Internacional al ponerse de manifiesto la incapacidad de la clase obrera organizada para impedir la guerra y el derrumbe ante la avalancha de nacionalismo. Si la primera es la etapa de las ideas, la segunda es la de su arraigo social.

Hay que destacar dos posiciones, una ajena al marxismo -el fabianismo- y otra surgida en su regazo -el revisionismo.

A. Fabianismo

Su origen está en la gran influencia que ejerció August Comte en Inglaterra entre 1860 y 1880. El positivismo comtiano impregna el pensamiento liberal más de izquierda -John Stuart Mill es su principal transmisor. El estancamiento económico de la década de los ochenta lleva al positivismo democrático más radical a las puertas del socialismo. Su conducto es la Fabian Society (fundada en 1884 por intelectuales de clase media). Los fabianos se mostraron especialmente críticos del sistema capitalista que esperaban sustituir por uno colectivista, pero no por métodos revolucionarios sino por la evolución misma de la sociedad. Los fabianos confiaban en el conocimiento científico y en la persuasión como método. De este modo, los fabianos insertaron el socialismo en el interior de la democracia e influyeron decisivamente en el laborismo inglés.

B. Revisionismo

El alemán Eduard Bernstein (1850-1932) duda que las contradicciones inherentes al capitalismo desemboquen necesariamente en un enfrentamiento violento de la burguesía con el proletariado. Por muy deseable que parezca el socialismo, de ningún modo es necesario que acontezca. El socialismo no es un destino histórico ineludible, sino resultado de la voluntad de una mayoría tras un largo proceso de reformas. "Aquello que se llama en general el objetivo último del socialismo no es nada para mí, el movimiento en cambio lo es todo".

B. confía en que el desarrollo de la democracia traiga el socialismo por la eliminación progresiva de los caracteres de dominación clasista. "La democracia es medio y fin a la vez. Es el medio para luchar por el socialismo y es la forma de realización del socialismo".

El revisionismo añadió una nueva escisión dentro del llamado socialismo autoritario, el socialismo reformista, al que se opuso el socialismo revolucionario. Bernstein es el principal representante del socialismo reformista, Rosa Luxemburgo del revolucionario y Karl Kautsky un intermedio es el protagonista del socialismo como movimiento.

V. El socialismo en el periodo de entreguerras. De 1919 a 1945

La tercera etapa la constituye el periodo comprendido entre el comienzo de la Primera Guerra Mundial y el final de la Segunda (1914-1945). En ella, la primera escisión entre socialismo y anarquismo, y la segunda, entre socialismo reformista y socialismo revolucionario, quedan absorbidas en el antagonismo entre comunismo leninista y socialismo democrático que marcará al socialismo hasta el desplome del bloque soviético.

La polémica central entre ambas corrientes gira en torno a la comprensión de la democracia. El leninismo se mueve entre la exaltación de la nueva democracia de clase creada por el consejo obrero (soviet) y la pertinaz defensa de la dictadura del proletariado que, de hecho, coincide con la del partido, no logrando superar esta ambigüedad contradictoria que inscribe en su bandera, como prioridad absoluta, la lucha contra la democracia parlamentaria, distintivo de la sociedad burguesa.

El socialismo democrático no desarrolla un concepto propio de la democracia y se identifica con la desarrollada por la burguesía occidental: representación parlamentaria surgida de elecciones libres, gobierno de la mayoría y respeto de las minorías, respeto de los derechos fundamentales de la persona y división de poderes.

En este periodo se dan las fallidas experiencias de poder democrático en Italia (1922), Alemania (1933) y España (1936) y las exitosas en los países nórdicos, como en Suecia (1932).

VI. El socialismo a partir de 1945

En 1945 empieza una cuarta etapa que finaliza a comienzos de los 90 con el desmoronamiento del bloque comunista.

En una Europa dividida en las condiciones de la guerra fría, se radicaliza si cabe la polarización que cuajó en la etapa anterior entre el socialismo democrático y el comunismo leninista. A partir de 1945, cabe distinguir dos períodos en la evolución del socialismo: uno de desmarxificación en los 50 y 60, y un segundo, desde los setenta que dura hasta comienzos de los ochenta, en que un marxismo bastante superficial configura el socialismo del sur de Europa -Francia, España y Grecia- que hemos dado en llamar el socialismo mediterráneo.

El proceso de desmarxificación de la socialdemocracia puede seguirse en dos documentos: la Declaración de la Internacional Socialista sobre "Fines y tareas del socialismo democrático", aprobada en Francfort en 1951, y el programa básico que se da el partido socialdemócrata alemán en el Congreso de Bad Godesberg de 1959, culminación del revisionismo de Bernstein. El objetivo del socialismo es la satisfacción de las necesidades básicas de todos los ciudadanos en una sociedad libre, justa y dinámica. El único camino que conduce a ello es la democracia. La ruptura con el marxismo conlleva el que también desaparezca la contraposición capitalismo/socialismo: la realización de los valores de la justicia son compatibles con la propiedad privada y la economía de mercado.

Esta transformación ideológica, que en mayor o menor medida ocurre en todos los partidos socialdemócratas del norte y el centro de Europa, coincide con una experiencia de gobierno en la RFA, Holanda, Austria, GB y los países escandinavos que se reputa altamente exitosa e impulsa el Estado del bienestar. Sin embargo, el crecimiento del paro en los ochenta y noventa, convierte en quimérico el pleno empleo, la primera reivindicación del modelo socialdemócrata.

Todo esto lleva a que, frente a un modelo socialdemócrata del norte de Europa que había acabado por disolverse en un liberalismo socialmente avanzado, emergiera desde comienzos de los setenta un modelo nuevo de socialismo en el sur de Europa, que tanto por la coherencia de sus planteamientos, como por contar Francia entre los países de la región mediterránea con las mejores condiciones económicas, sociales y culturales para llevar adelante un cambio de modelo de sociedad, tiene en París su eje central.

En el congreso de Épinay de 1971 se origina la política que los socialistas franceses aplicarán a partir de 1981. En ese congreso se establece la ruptura con el principio mayoritario en la elección de los órganos directivos del partido, se afirma inequívocamente la autonomía del proyecto socialista y se toma la decisión de llevar a cabo una profunda renovación de la ideología en "base a un programa de gobierno que tenga como misión la transformación socialista de la sociedad". Lo nuevo, no consiste en la síntesis brillante de diversas ideas claves del acercamiento común del socialismo democrático, sino el que se proponga como programa de acción de un partido que está a punto de llegar al poder en un país altamente desarrollado del corazón de Europa.

El programa del socialismo francés fue rupturista. Trataba de construir una sociedad socialista, no reformar la capitalista. El fracaso de la propuesta fue rotundo. El plan Mauroy estuvo a punto de meter a la economía francesa en una crisis sin precedentes.

VII. Crisis y futuro incierto del socialismo

El derrumbamiento del muro sume en crisis al socialismo "porque por grandes que hayan sido las diferencias y han sido inmensas, la socialdemocracia y el comunismo soviético provienen de un tronco común, el marxismo".

"El socialismo, tanto en la teoría como en la práctica, no sale de su desconcierto, pero los problemas reales de opresión, injusticia, desigualdades, que trató de corregir en el pasado, siguen carcomiendo las sociedades europeas".

El socialismo tendría su oportunidad de supervivencia como impulsor de la democracia, olvidando la cuestión de la reforma de la propiedad privada.

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Última actualización: Octubre 2006
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