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Autor:Carlos Andrés
Bibliografía:
GRAU, E.: "Pensar la política desde la diferencia femenina" En Ideologías y movimientos políticos contemporáneos pp 331-349.
TELLO, E.: "Ecopacifismo: una visión política emergente" en Ideologías y movimientos políticos contemporáneos pp 349-383
DEL ÁGUILA, R. y VALLESPIN, F.: "Ideologías políticas y futuro" en Ideologías y movimientos políticos contemporáneos pp 443-461
El movimiento feminista, ni es nuevo en el sentido cronológico, ni surge como respuesta a los retos de una civilización en crisis. Ni, por otra parte, tiene como objetivo proponer una alternativa global a la actual organización social. El movimiento feminista está llevando a cabo una revolución simbólica que le da existencia social como objeto sexuado, y que, puesto que el simbólico femenino ha sido sistemáticamente cancelado a lo largo de la historia, como tal abre posibilidades hasta hoy no previstas.
Librería de Milán: «El patriarcado que ya no pone orden en la mente femenina, caduca principalmente en tanto que dominio dador de identidad». La mujer con su hacer le ha restado aquel crédito y ya no ven el mundo y a sí mismas con los ojos del patriarcado. No obstante, señalan las mujeres de Milán, el final del patriarcado significa desorden en la regulación de las relaciones, en la construcción de las identidades. El final del patriarcado pues, no supone la instauración «necesaria» de otro orden mejor, sólo es un hecho.
Para conocer cómo se produce esta revolución simbólica que es el fin del patriarcado, conviene saber cómo las existencias femeninas han cambiado su sentido, pasando de tener un destino común –el matrimonio y la maternidad- a tener un rumbo en manos de cada mujer.
El cambio decisivo lo realizaron las mujeres en su hacer cotidiano. Transgredieron los roles de género accediendo al mercado de trabajo y formándose profesionalmente, decidieron sobre su maternidad, disfrutaron de la sexualidad sin temor al embarazo y renunciaron a la tutela masculina. En definitiva, todo ello supone una «cultura de la elección» en oposición a una «cultura de la necesidad». Al mismo tiempo, si observamos por ejemplo la esfera de la representación política, vemos que ni siquiera en los países con mayor tradición de emancipación femenina las mujeres ocupan una proporción importante de los puestos de representación y responsabilidad.
Así, a los avances de la segunda mitad del siglo XX se le pueden dar dos significados. Uno, que los avances de la emancipación femenina se encuentran todavía con las limitaciones que todavía imponen el patriarcado, o bien, que las mujeres dedican su tiempo y esfuerzo profesional a aquello que consideran importante, el cuidado de la vida. En el primer caso se ha dicho que el proceso de liberación está incompleto, y en el otro que las mujeres buscan otro camino para la libertad.
El proceso de emancipación femenina ha dado lugar a situaciones paradójicas, como lo que se denomina «el malestar de la emancipación». Las mujeres que han querido ampliar los ámbitos de su presencia y experiencia, sin renunciar por ello a la tarea doméstica y de cuidado, han tenido que hacerlo como si fueran hombres, es decir entrando en las regulaciones masculinas del tiempo, aún sabiéndose mujeres.
El feminismo contemporáneo se ha identificado como una teoría o movimiento interesado en mejorar la posición de las mujeres por medios tales como la consecución de derechos políticos, legales o económicos iguales a los que disfrutan los hombres.
Inicios a finales del s. XVIII. Su exclusión del sufragio ha sido explicada por el «contrato sexual», pacto entre varones que forman parte del contrato originario por el cual ellos se aseguran el acceso a los cuerpos de las mujeres, las cuales no forman parte del cuerpo social más que a través de su vinculación al varón por medio del matrimonio. Derechos que exigían entonces: políticos (votar y ser elegidas), jurídicos (control legal sobre la propiedad y la persona), a la educación, al ejercicio de profesiones y a las jerarquías institucionales.
El feminismo de los derechos fue defendido por mujeres tanto en los ambientes políticos liberales como en los socialistas a lo largo del siglo XIX y la primera mitad del XX. La lucha dio sus frutos en la segunda mitad del siglo XX y pueden apreciarse hoy en las cuotas de participación, las políticas de discriminación positiva, las leyes contra la violencia, la regulación del aborto...
No obstante en la década de los 70 empieza a tener lugar un cambio profundo en la práctica y en el pensamiento político feminista. El feminismo empezó a hablar de la relación entre los sexos, de la sexualidad femenina y masculina, como núcleo de la dominación patriarcal y dejó de centrarse en la política de los derechos para trabajar en la construcción de un sujeto femenino que estableciera su propia medida del mundo y de la política. Fue entonces cuando se concibió el término patriarcado para denominar la relación de conflicto entre los sexos.
Eso significa que las mujeres salgan del confinamiento en que hoy se encuentra en las instituciones públicas que crean organismos de mujeres, en los partidos y sindicatos con sus comisiones o áreas de la mujer, en las universidades con los estudios de las mujeres y hagan suyos todos los espacios de la política y del conocimiento. La contribución del feminismo al pensamiento político contemporáneo es sobre todo un desafío al orden patriarcal.
La principal contribución del feminismo al pensamiento político contemporáneo es sobre todo un desafío al orden simbólico patriarcal. Un orden simbólico que ha cancelado la diferencia sexual, reduciendo la identidad humana a un solo sujeto, el masculino. El desafío de las mujeres es la revolución simbólica que están llevando a cabo al darse existencia social significando su ser de mujeres, construyendo el simbólico femenino. Este hecho modifica la realidad porque es el final del patriarcado. Final que no es la implantación de otro modelo social sino un momento nuevo.
La cultura humana ha tardado mucho en reconocer, nombrar y entender la existencia de la biosfera como sistema. A finales del siglo XX la maquinaria industrial en su conjunto mueve cada año más materiales que la fuerza erosiva natural de todos los ríos, vientos y lluvias torrenciales de la tierra.
Con el adelgazamiento de la capa de ozono, los efectos ambientales destructores alcanzan ya la última "frontera" planetaria.
Entre 1950 y 1973 se produjo la mayor etapa de crecimiento económico de la que tenemos constancia. En 1960, Walt Witman Rostow publicó el celebre ensayo sobre los estadios del crecimiento económico en que auguraba una nueva era de "crecimiento autosostenido" en la que no habría más crisis ni revoluciones.
El ensayo duerme olvidado, pero su eco permanece en el inconsciente colectivo de tantos políticos y empresariales que aún confunden el desarrollo sostenible de los 90 con aquel de los sesenta.
El primer informe del Club de Roma sobre "los límites del crecimiento" se publicó en 1972, el mismo año que la ONU convocó la primera conferencia mundial de Medio Ambiente en Estocolmo. Su mensaje central era certero: el crecimiento ilimitado en un mundo de recursos finitos es intrínsecamente imposible.
La discusión abierta llevó al debate de la solución. Si el problema era que un crecimiento exponencial nos estaba aproximando al agotamiento de recursos fundamentales, para Meadows y Randers la solución debía buscarse en el crecimiento cero.
Entre la segunda crisis del petróleo y el fin de la guerra fría (1979-1989) la atención mundial hacia los problemas del medio ambiente se redujo, como consecuencia de dos factores que marcaron aquella década: el inicio de una nueva crisis económica y el peligro de una guerra nuclear provocado por la nueva doctrina militar de la OTAN de ataque preventivo.
Los ecologistas se vuelven hacia este problema y los movimientos surgidos en los años de la cumbre de Estocolmo adoptaron con naturalidad la filosofía y las prácticas de acción directa no violenta. Su propuesta de desarme unilateral ganó de forma inesperada: se derrumbó la URRS.
Los desastres continuaron: Exxon Valdez (1989), Seveso, 1977, y Bhopal, 1984, etc. Capa de ozono, Chernobil.
En aquel contexto, la Cumbre de la Tierra de 1992 de Río de Janeiro, marcó un cambio de época. Clausurada la segunda guerra fría con el desmoronamiento de la URSS y su bloque militar, la cumbre de Río volvió a poner la crisis ecológica en el centro de la política mundial.
Tras la publicación de los Limites al crecimiento, el problema ha dejado de plantearse simplemente como un mero agotamiento de recursos clave a plazo fijo. Cada vez más ha pasado a definirse como la superación de la capacidad de carga de los ecosistemas, o de toda la biosfera terrestre, por obra de la tríada de factores formada por la población, su nivel de consumo y el impacto de la tecnología empleada para ello. La cuestión principal no es ahora cuanto petróleo o gas natural nos queda (las reservas son muy abundantes). Las consecuencias ambientales del cambio climático acelerado que se deriva de la quema de combustibles fósiles son un límite mucho más cercano y perentorio que su puro agotamiento físico.
La solución también ha dejado de girar alrededor del crecimiento cero, una noción demasiado unida a la idea de congelar la situación existente. La divisa clave de los años 90 ha pasado a ser la sustentabilidad. El desarrollo sostenible es el desarrollo que satisface las necesidades de la generación presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer las suyas.
Básicamente:
Como principio axiológico, la sustentabilidad establece una restricción superior al consumo de recursos. No se refiere sólo a una dimensión puramente ambiental, la noción de equidad en la satisfacción de "necesidades" humanas está en el corazón de la sustentabilidad y le confiere una clara dimensión social y política. Es un gran reto social, con profundas implicaciones para el ejercicio de la democracia.
La sustentabilidad apela a una conciencia de especie y al mundo común que tenemos como tal. Establece un criterio de justicia en la relación entre el metabolismo de cada individuo -o cada sujeto colectivo: país, nación, ciudad o comunidad- y el de la especie humana entera.
El ecopacifismo constituye una cosmovisión contrapuesta a las existentes porque alberga in nuce otra concepción distinta del basamento de cualquier filosofía política: la condición humana. Incluye las redes materiales del metabolismo con la biosfera en la concepción de nuestra propia construcción cultural como especie. Recupera el sentido de permanencia (las siete generaciones de los iroqueses) con la dimensión intergeneracional atribuida al sentido de la justicia.
El ecopacifismo cambia la noción de libertad al resituar en la vida en comunidad la formulación autónoma de las propias necesidades
Alan Durning afirma, con razón, que el consumo suele ser "la variable olvidada de la ecuación medioambiental". A estos efectos resulta oportuna la distinción entre necesidades genuinas y meras satisfacciones. Entre las primeras, el acceso a los bienes materiales básicos (agua, alimento, cobijo, etc.), pero también el afecto, la autoestima, el sentido de la identidad o el ejercicio de la libertad.
Los satisfactores son los diferentes artefactos económicos y reglas del juego social construidos por las distintas sociedades humanas para satisfacer necesidades. El automóvil constituye un ejemplo palmario de satisfactor. Sin embargo, ni el transporte en automóvil ni el transporte como tal constituyen una necesidad. Sólo son un medio para alcanzar la necesidad genuina, el acceso.
El examen crítico que pone en tela de juicio los actuales satisfactores, frente al elenco real de necesidades autodeterminadas, supone otro reto cultural para todas las personas educadas en el prejuicio liberal según el cual las necesidades son sólo un asunto individual, indescifrable e intransferible. Para el ecopacifismo, supone simple y llanamente la recuperación del sentido de la comunidad.
La ecología política se propone nombrar de nuevo al mundo común de la especie humana y redescubrir comunitariamente los satisfacciones más adecuados para satisfacer las necesidades definidas autónomamente. También busca hacer visible el carácter comunal de los sistemas naturales y servicios ambientales que proporcionan el sostén más básico para la vida individual y social.
Las discusiones internacionales a propósito de la reducción de las emisiones causantes del efecto invernadero están llevando a "descubrir" algunos de esos bienes "comunales globales". Los bosques serían un ejemplo de ello. Independientemente de donde están localizados, los bosques están produciendo oxígeno que se distribuye por todo el planeta. Los pulmones forestales que precisa Barcelona, como cualquier otra ciudad o país, son bosques mundiales, no los locales. Igual sucede con los océanos y sus recursos.
Aunque desde el punto de vista material la crisis ecológica es una crisis en las relaciones de la especie humana (o su tecnosfera) con los sistemas naturales de la biosfera, se expresa culturalmente como una crisis de legitimación que comporta profundos conflictos de lealtades entre los propios seres humanos.
La crisis de legitimación se debe a que a pesar de ser conscientes de la crisis, no se hace nada por resolverla. Afecta a gobiernos, empresas y consumidores. Estos tienen la crisis ecológica entre sus grandes preocupaciones, pero hay barreras que impiden que esa preocupación se traduzca en un ámbito económico y político. Se les echa la culpa a estos últimos, por sus decisiones de compra. Pero la atomización de los ciudadanos hace esta situación no se pueda superar.
¿Cómo puede abordarse esta crisis de legitimación? En toda interacción humana, y el mercado es una de ellas, hay dos alternativas cuando se produce una insatisfacción que conduce a una suspensión de la "lealtad": o tomar la puerta de salida o alzar la voz. La salida es difícil porque no hay alternativas, la tecnología de producción es común a casi toda la industria. La elección por tanto debe ser "protestar".
La insatisfacción generada por las formas institucionales de hacer política provocan cada vez mayor rechazo, aversión y cinismo colectivo en los países desarrollados. Se comprende que entre los millones de personas que en todo el mundo participan de las redes no gubernamentales predomine la convicción de que es preciso edificar de nuevo el mundo político.
La cuestión está abierta y de momento sólo es posible constatar tres cosas. La primera que las redes no gubernamentales siguen creciendo, la segunda que el voto a opciones verdes que rompen los consensos tradicionales entre las fuerzas políticas tradicionales aún ha aumentado menos y sólo permite arrancar pequeñas reformas ecológicas y la tercera, que ni el movimiento verde no gubernamental más amplio, ni los partidos políticos verdes, consiguen por sí solos acumular la fuerza suficiente para romper los bloqueos y empezar a transformar a fondo la sociedad.
En cualquier caso, las cosas irían peor sin los millones de personas que colaboran con organizaciones no gubernamentales de todo tipo.
Contra lo que se tiende a pensar desde la visión eurocéntrica del mundo, muchas experiencias emergentes de democracia local ambiental provienen del llamado Tercer Mundo: Curitiba (Brasil, 1,6 millones de habitantes, no coches), Porto Alegre (presupuesto participativo), Chico Mendes, Ken Saro-Wiwa (ogoni de Níger, lucha contra la Shell, ahorcado en 1995 por asesinato)
Las ideologías son mapas que permiten orientarnos en la política. La peculiaridad de las ideologías a estos efectos reside en su tozuda resistencia para adaptarse a las diferentes transformaciones que tienen lugar en la realidad social. Si se trata de prever su evolución hay que investigar los desafíos políticos y sociales del futuro próximo.
Otro de los grandes problemas con el que nos topamos cuando tratamos de afrontar nuestro tema es el de la radical discrepancia que existe entre los diferentes observadores de la realidad social. Hoy combaten en el ámbito de la teoría dos posiciones radicalmente enfrentadas: de un lado quienes como Francis Fukuyama nos hablan del "fin de las ideologías" e incluso del "fin de la historia" y, de otro, los que predican precisamente lo contrario: el resurgimiento del conflicto auténticamente político tras su congelación por la guerra fría y el enfrentamiento entre bloques, como Ulrich Beck.
Los mismos fenómenos que para Fukuyama denotaban el fin de las ideologías se convierten en la lectura de Beck, en su contrario. Para éste, el fin de la guerra fría, lejos de significar el triunfo de uno de los dos modelos políticos en conflicto, lo que hace en realidad es "resucitar" el problema del modelo. Esto recuerda a Montesquieu: "las instituciones se hunden tras su triunfo".
La propuesta de este autor es más radical y sugiere reinventar discursos e instituciones, para lo cual sería preciso acabar con todas las que siguen permaneciendo por inercia sin cumplir ya una función claramente establecida -"las instituciones zombis"-, el objetivo ahora es "!asesinar instituciones!".
Ninguna de estas dos previsiones parecen ajustarse plenamente a la realidad, aunque sirven para acercarnos a dos posicionamientos radicales, uno complaciente con el statu quo y otro más crítico e inquieto. El punto medio sería subrayar la necesidad de no hacer afirmaciones tajantes. Nada en la presente evolución de las sociedades actuales permite pronunciarnos sobre el desarrollo futuro de una manera dogmática. El sociólogo británico Anthony Giddens ofrece una de las observaciones más agudas del presente. Y ello por una doble razón: porque es capaz de dar cuenta de una forma sintética y comprehensiva de los drásticos cambios habidos en las sociedades desarrolladas en la última década y porque es capaz de trasladar estos cambios sociales de fondo a una innovadora reflexión sobre la política.
El análisis básico de Giddens se recoge ya en su libro "Consecuencias de la Modernidad" (1990). La tesis ahí defendida era relativamente simple: vivimos en una fase de transición en la que comienzan a disolverse los presupuestos convencionales de la modernidad y de la sociedad industrial. Aun así, no estamos todavía en una situación de total fraccionamiento como la que auguraba la postmodernidad con su énfasis en la imposibilidad de alcanzar algún conocimiento sistemático sobre la verdad. Ello se plasma en dos signos de lo que Giddens llama la "modernización reflexiva": la globalización y la "destradicionalización" o debilitamiento de la mayoría de los contextos tradicionales de acción.
Los efectos de estos dos procesos saltan a la vista: desanclaje (disembbeding) de las instituciones sociales por la acción del conocimiento experto y los sistemas abstractos -el dinero, por ejemplo- y, en general, la aplicación de la reflexividad (autoreferencial) al conjunto de las acciones humanas. Nuestra modernidad es reflexiva porque lo que solía ser "natural" o tradicional tiene que ser ahora objeto de elección o decisión.
De lo que se trata en suma es de demostrar cómo ni la tradición ni la ciencia y la tecnología son capaces de producirnos ya ninguna seguridad ontológica. Así, no solo las instituciones sino el propio yo es objeto de una reconstrucción (No se dice de qué trata Giddens, pero me imagino que se refiere a las posibilidades de la cirugía para modelar el cuerpo, y de Internet para construir una personalidad diferente, o varias).
Ante esta situación, ¿cómo podemos orientarnos en la política? Porque se da la paradoja de que son los conservadores de antaño quienes apuestan ahora más por las transformaciones al pronunciarse por la libertad de los mercados competitivos, mientras la izquierda mantiene una actitud defensiva del statu quo representado por el Estado social. ¿Sigue teniendo algún sentido la fractura izquierda-derecha o la de conservador-progresista? La respuesta a esta pregunta la aborda nuestro autor desde la única perspectiva posible, a saber, tratando de redefinir y reelaborar todo el discurso político para ajustarlo a los dictados de una sociedad postradicional. Debemos, dice, interiorizar la idea de que se ha producido un cambio de paradigma en la comprensión de la política que se manifestaría en el agotamiento del modelo ilustrado.
La estrategia básica del discurso filosófico de la Ilustración estaba dirigida a realizar un empeño emancipatorio. La política resultante se centraría en tres principios básicos: justicia, igualdad y participación, que se deriban de la autonomía moral del sujeto. Estos rasgos generales formarían parte de lo que Giddens califica como el paradigma de la "política emancipatoria", el modelo que rige la política de la modernidad. Esta política no ha perdido vigencia pero cada vez cede más espacio. Ahora no se trata de aspirar a una liberación de las condiciones que nos impiden adoptar decisiones libres, ya estamos ante una política de elecciones. Si la política emancipatoria es una política de oportunidades de vida, la actual política es una política de "estilo de vida". Su rasgo básico es la visión del poder como energía generativa, como capacidad transformadora que tiene su sede en la libertad de elección, más que como instancia jerárquica.
El aspecto más relevante para nuestro tema radica en la presentación de este proceso reflexivo del yo dirigido a la adopción de estilos de vida libremente elegidos, pero sobre todo, la tensión que este empeño genera con eso que llama "las instituciones de la modernidad". Los problemas de la distribución que eran el eje central de la mayoría de los programas políticos de la modernidad, dan paso a una mayor preocupación por los "estilos de vida"
La conclusión más relevante de este análisis es, a nuestro entender, que contribuye a explicar las interdependencias mutuas que se crean entre factores tales como la mundialización económica y la globalización de las comunicaciones, "las políticas de la identidad" (multiculturalismo, nacionalismo) y un largo etcétera de dimensiones que no siempre se dejan integrar en una elegante relación o relaciones causa-efecto. Se estudiarán dos de los grandes desafíos actuales, lo que probablemente tengan más influencia en la reorganización ideológica y política: el multiculturalismo y la globalización económica.
Las políticas de identidad tienen uno de sus orígenes filosóficos más claros en las críticas de la postmodernidad a los "metarrelatos" o ideologías. La postmodernidad denunció los metarrelatos como formas de exclusión de lo heterogéneo, como mecanismos de aplastamiento de lo distinto, de lo local, lo peculiar, lo diferente. Los metarrelatos, a los que se considera monstruos genocidas son el comunismo, el fascismo y el imperialismo liberal.
El final de los metarrelatos acabó generando la sustitución de las políticas ideológicas por políticas de identidad. Como consecuencia, la política ha dejado de fundamentarse en discursos generales para hacerlo en reivindicaciones dispersas y particulares. Quizá sea el fin de las ideologías o el de la historia, o la crítica a los metarrelatos o el triunfo de la democracia liberal o la globalización del capitalismo o una combinación de todos lo que nos ha llevado a una nueva situación que se define por estas apelaciones a la pertenencia que han dominado el horizonte político en los últimos 20 años.
Ahora, bien, ¿qué es la identidad? La idea de que una identidad es natural o dada o prepolítica o inevitable o cerrada y políticamente excluyente, es difícilmente sostenible. Pese a que las políticas de identidad parecen a veces suponer que lo que uno es constituye un rasgo evidente y único, que las identidades están dadas y son nuestro destino, es de temer que éste no sea el caso. Uno no elige nacer donde nació, hablar la lengua que habla o tener ciertas inclinaciones sexuales, lo que sí elige es convertir esos aspectos de la identidad en un problema político o no.
Características primordiales del culturalismo y el nacionalismo ha sido el proceso selectivo de invención de tradiciones al servicio de objetivos políticos muy concretos. Al mismo tiempo, hay que considerar seriamente hasta que punto la formación de identidades viene precedida de una sensación subjetiva de inseguridad, si se da una tendencia política a definir una identidad que la agresión ha convertido en relevante. Si además, el rasgo definidor permite la creación de una comunidad que aspire al autogobierno (más fácil en el caso de un catalán o un gitano que en el de un homosexual o un guitarrista) y se dan ciertas condiciones que permitan "luchar por el reconocimiento", habremos llegado al nudo gordiano de la proliferación contemporánea de políticas de identidad. Otro ejemplo de política de identidad es el de Huntington (civilizaciones irreductibles, cerradas y adversarias > choque de civilizaciones).
En definitiva, las políticas de identidad tienen problemas espinosos y preguntas de muy difícil contestación, problemas derivados de su incompatibilidad en muchos casos con valores como democracia, libertad, pluralismo, paz o justicia.
Uno de los factores que más ha contribuido a abundar sobre el discurso del fin de las ideologías es la aparente impotencia de la política frente a un sistema económico -y no sólo económico- crecientemente mundializado Parece que hemos de despedirnos ya del Estado soberano con su capacidad de imponer sus políticas con autonomía plena (corporaciones multinacionales y gobiernos transnacionales, Bruselas).
Hay dos dimensiones diferentes de la actual crisis del estado. Una es consecuencia de la mundialización, la otra es su "crisis de dirección". Se trata de las dificultades de la política para controlar los procesos sociales que se encargaba tradicionalmente de "disciplinar". El estado no puede imponerse a los sistemas sociales como antes. Esto lleva a la desjerarquización de las relaciones del estado con la sociedad. La dirección política ha de interactuar con la autorregulación social.
El estado está cada vez más inmerso en una "estructura reticular", tanto en el ámbito internacional (mercados, organizaciones supranacionales) como en el interno (grupos de presión o de interés). Fenómenos como Internet ponen cada vez más difícil la aplicación del derecho nacional.
La consecuencias de esto para las ideologías del futuro son dos. Primero, la quiebra de las políticas ideológicas y el reverdecimiento de las identitarias, que han generado una gran crisis en la izquierda. Esta se ha visto obligada a prescindir de sus señas de identidad (Estado intervencionista y universalismo abstracto). La izquierda será plural o no será.
En segundo lugar, es previsible la aparición de nuevas polarizaciones articuladas en torno a nuevos problemas sociales, como la inmigración.
Lo que parece cierto es que, del mismo modo que nunca podremos prescindir de la lógica adversarial en la política, también habremos de despedirnos de las ideologías globalizadoras. Sólo a través de un adecuado y sistemático análisis y conocimiento del presente de la política conservaremos la esperanza de una mejor orientación en el futuro.
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Última actualización: Enero 2007
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