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Bibliografía: MARTÍN RODRÍGUEZ, J. L.: Manual de Historia de España. 2. La España Medieval, Madrid, Historia 16, 1993.
Autor:Anónimo
A la muerte de Fernando de Antequera, la nobleza castellana se agrupó en torno a la reina Catalina de Lancaster, y dirigida por el arzobispo de Toledo y por los nobles designados por Enrique III para custodiar al rey, se hizo con el poder y alejando a los infantes Juan y Enrique, quienes recuperando su poder sobre el monarca con el apoyo de Alfonso el Magnánimo de Aragón, al quedarse sin dirigentes la nobleza castellana (Juan Fernández de Velasco y Diego López de Stúñiga), en 1417. Durante dos años, los infantes gobernaron Castilla sin más oposición que la existente entre ellos, que se pone de manifiesto cuando Juan se aleja de Castilla para llevar a cabo el matrimonio con Blanca de Navarra. Enrique aprovecha su ausencia para apoderarse del monarca en Tordesillas, hacerse conceder el marquesado de Villena y unirse en matrimonio con Catalina, hermana del monarca castellano.
Los nobles castellanos, descontentos, dirigidos por Álvaro de Luna derrotan a Enrique III en 1422 y repartieron sus bienes y los de sus partidarios entre los vencedores, serán estos bienes la garantía de fidelidad nobiliaria.
La unión de Juan de Navarra y Álvaro de Luna responde a las necesidades del momento y aunque ambos no tardaron en enfrentarse por el control del reino, la alianza sirve para anular totalmente a las ciudades y a las Cortes.
Los procuradores pasan a cobrar de la Corona y se convierten en funcionarios carentes de autoridad, y las ciudades serán gobernadas por regidores nombrados por el monarca y no elegidos según los fueros locales.
El Concejo amplio, integrado por todos los vecinos, desaparece para dejar paso al Concejo restringido del que sólo forman parte los caballeros urbanos equiparables a la nobleza de sangre con la que mantienen estrecho contacto y a la que se subordinan en ocasiones.
La fuerza adquirida por Álvaro de Luna reconcilia a Juan de Navarra y Enrique por la mediación de Alfonso el Magnánimo y aleja de la corte al privado en el año 1427. Si los infantes disponían de grandes riquezas que las utilizaban para controlar el reino, Álvaro de Luna había logrado reunir a los nobles, a los que ofrecía a cambio de su ayuda una participación en el poder y el reparto de los bienes de los infantes que serán expulsados de Castilla en el año 1429.
El triunfo de Álvaro de Luna fue la concesión de las tierras, cargas y títulos a los aliados, pero pronto se formó un grupo de descontentos que solicitó una vez más la intervención de Juan de Navarra y de Enrique, contra los que apoyaran de nuevo a Álvaro de Luna.
Entre 1435 y 1440 el sistema de alianzas cambia continuamente, los nobles aliados a los infantes utilizan las Cortes para buscar una salida a los enfrentamientos nobiliarios y para pedir al monarca que autorice el matrimonio del heredero de Castilla, Enrique IV, con Blanca de Navarra, hija de Juan de Aragón. Años más tarde son los partidarios de Álvaro de Luna los que logran que las Cortes anulen las donaciones hechas en los últimos años y se frenen las enajenaciones de bienes reales.
Ante esta nueva situación los infantes hicieron prisionero al rey en 1443 y Álvaro de Luna les derrotó en Olmedo en 1445.
El poder nobiliario había crecido extraordinariamente y los nobles castellanos no aceptaron durante mucho tiempo ni la autoridad del monarca ni la de su favorito, el nuevo jefe de los nobles rebeldes será Juan de Pacheco.
La proclamación como rey de Castilla del príncipe Alfonso, que tenía once años y dependía totalmente de la nobleza.
Sólo después es cuando se decidió el monarca a combatir militarmente a los nobles a los que venció (no es seguro) en Olmedo en 1467, su victoria debilitó más el poder real, al morir Alfonso un año más tarde ofrecieron el trono a su hermana Isabel.
Apoyada por la nobleza rebelde, Isabel evitó el enfrentamiento con los partidarios del monarca y se proclama heredera de Enrique IV, que aceptó en la entrevista, celebrada en Guisando (Ávila), la solución ofrecida por Isabel que era desheredar a la hija de Enrique IV, Juana, que no era posible. Para asegurar su triunfo, los nobles partidarios de Isabel necesitaban buscar un marido conveniente. Entre los candidatos se encontraban Alfonso V de Portugal que estaba dispuesto a aceptar las condiciones del marqués de Villena y dejar el gobierno de Castilla en manos de los nobles que siguen a Pacheco. Otros nobles se mantienen fieles al infante Juan, rey de Navarra y Aragón.
Para hacer frente a los catalanes rebeldes apoyados por Luis XI de Francia, Juan II precisa el apoyo o la neutralidad de Castilla y para lograr sus objetivos propuso el matrimonio de Isabel con su hijo Fernando. También Luis XI, por las mismas razones que Juan II, buscaba la alianza con Castilla y ofrece como marido de Isabel a su hermano el duque de Guyena.
La habilidad de Juan II de Aragón y sus partidarios castellanos convirtieron en realidad el matrimonio de Isabel y Fernando en el año 1469, y en contra los nobles descontentos dirigidos por el marqués de Villena proclamaron heredera legítima a la hija de Enrique IV.
La guerra civil fue inevitable y se prolongó hasta después de la muerte de Enrique IV. Durante estos años la posición de Isabel y Fernando fue consolidándose, sobre todo cuando Juan II logró poner fin a las guerras catalanas en 1472, a la muerte de Enrique IV, Isabel y Fernando fueron reconocidos por la mayoría de los nobles castellanos mientras los seguidores de Juana, apoyados por Alfonso V de Portugal seguían la lucha hasta 1479.
La época de esplendor de unas y otras se sitúa en los años finales del XIII y principios del XIV, durante los años de debilitamiento del poder monárquico y división nobiliaria (sublevación de Sancho IV contra Alfonso X y minorías de Fernando IV y Alfonso XI), pero ni siquiera en estos momentos tuvieron importancia por sí mismas. Las promesas hechas mientras necesitaron su apoyo se olvidaron al llegar a un acuerdo entre los nobles o entre el monarca y los grupos rebeldes.
Tampoco reyes autoritarios (Alfonso XI o Pedro I, a los que se atribuye una alianza con las ciudades o con la burguesía contra los nobles) concedieron importancia a los centros urbanos (Pedro I prescindió totalmente de las Cortes).
Los primeros años de los Trastámara parecen iniciar un resurgimiento de la fuerza política de las ciudades a las que Enrique III o Juan I halagan en los momentos de dificultad pero de las que prescinden en cuanto la situación interna o externa lo permiten.
Enrique III incrementa el número de corregidores y reduce a las Cortes a su función más conocida: proporcionar dinero a la corona mediante la concesión de subsidios.
A lo largo del XV la misión de las Cortes no varía; no benefician a las ciudades sino a la monarquía, que en muchas ocasiones prescinde incluso de las reuniones de Cortes.
Durante el turbulento reinado de Enrique IV las ciudades recuperan importancia y parecen dispuestas a resucitar las Hermandades para imponer sus puntos de vista y administrar la justicia abandonada por el rey. En numerosas ocasiones Enrique IV facilitó la formación de hermandades dirigidas contra los nobles (caso gallego).
En estos años y coincidiendo con épocas de predominio nobiliario se dan tres momentos asociativos importantes: en 1456-1460, 1464-1468 y 1473-1474.
El monarca no fue ajeno a este levantamiento y autorizó la constitución de la hermandad, seguramente después de la « Farsa de Ávila» y el nombramiento del príncipe Alfonso como rey de Castilla.
La hermandad tuvo un gran número de seguidores y se radicalizó más a causa de la señorialización: control de puertos por los nobles, extensión de behetrías, la ocupación de tierras de abadengos, aumento de impuestos, prestaciones personales.
Las causas de los enfrentamientos hay que encontrarlas en las contradicciones creadas en una sociedad en expansión económica, a pesar de la inflación y en una nobleza que se resiste a aceptar los cambios.
El conflicto no puede reducirse a un simple enfrentamiento de los campesinos contra los señores feudales, ya que intervienen concejos, pequeña nobleza independiente, clérigos, etc.
En Fuensalida (Toledo) fueron aprobadas por el rey las Ordenanzas de la Hermandad gallega y los agentes del monarca recorrieron Galicia buscando la adhesión de todos los pobladores (paralelismos con la actuación de los oficiales del rey aragonés en el problema remensa).
Organizadas las Juntas de Hermandad y elegidos los diputados, que representarían a las juntas locales en las asambleas generales, los hermandiños exigieron la entrega de fortalezas nobiliarias. En 1469 firmaron un pacto el monarca y los nobles y organizando sus fuerzas lograron derrotar a los hermandiños, desapareciendo la hermandad.
En época de los RR.CC. se creará la Santa Hermandad, enteramente controlada por los monarcas y cuya financiación llevó a la ruina a diversas ciudades (1476).
Es preciso recordar que no todas las ciudades son convocadas a Cortes, sólo las de realengo pueden asistir y su número se reduce a 17.
En teoría, la ciudad está dirigida por una asamblea, por un concejo, en el que se hallan representados hidalgos, caballeros menestrales, pero su control a mediados del XV está en manos de una cerrada oligarquía.
En los siglos XIV y XV Sevilla fue la ciudad más importante del reino.
Para comprender la situación de Castilla durante el reinado de Enrique IV (1454-74), es preciso repasar la historia política del reino en época de los Trastámara. La victoria de Enrique fue obra de la nobleza, en sus manos quedó la economía castellana, aunque el monarca se reservó el gobierno y opuso a la alta nobleza una segunda nobleza que le había sido fiel. Con este apoyo Juan I, Enrique III y Juan II pudieron vencer a sus familiares, sustituyéndoles por esta segunda nobleza, cuando estos últimos consolidaron su poder, aspiraron a tener los mismos privilegios, atribuciones y derechos de los grandes nobles.
La victoria obtenida por Juan II en Olmedo (1445) sobre los infantes de Aragón, no le sirvió para fortalecer el poder monárquico: Álvaro de Luna logra el triunfo militar con el apoyo de parte de la nobleza y no estaba en condiciones de enajenarse su apoyo, por lo que Olmedo sólo significó la derrota, no definitiva, de la nobleza de sangre y no de la nobleza general, que buscará frente al favorito el apoyo del heredero de la Corona, negocia con el monarca en 1446 una serie de garantías mutuas en su nombre y en el de los grandes que siguen a uno y otro: Enrique se compromete a no tomar, ocupar ni consentir o ayudar a la ocupación de tierras, villas, lugares y a no embargar rentas, pechos y derechos reales y Juan II acepta lo mismo en lugares de Príncipe.
Con estos precedentes, cuando Enrique IV sube al trono no tiene autoridad para enfrentarse a los nobles, ni siquiera podía recurrir a las ciudades, ya que habían perdido su poder dominadas por la nobleza triunfadora que se opone al nuevo favorito Juan Pacheco. Un perdón general y una política de paz en el exterior permiten al reino estar tranquilo unos años, las alianzas con Portugal y Francia fueron renovadas. Se llega a un acuerdo con Aragón y Navarra mediante el pago de cantidades a Juan de Navarra y la devolución de los bienes confiscados a los servidores de los infantes de Aragón. La guerra con Granada no entretiene a los nobles y nuevas revueltas merman la autoridad real. Los intentos de algunos nobles para devolver el poder monárquico le lleva a reconocer como heredero de Castilla al infante Alfonso. Golpe de Estado palaciego, destierro de Beltrán de la Cueva que había sustituido a Pacheco en el favor del monarca. La concesión del Maestrazgo de la Orden de Santiago a Pacheco, la reducción del ejército real y el reconocimiento del derecho a los nobles a ser juzgados por un tribunal especial integrado por tres nobles, tres eclesiásticos y tres juristas (1464). Enrique VI acepta todo, perdiendo autoridad, por lo que fue posible su deposición en la « Farsa de Ávila» de 1465.
Proclamado el príncipe Alfonso rey de Castilla a los once años, esto hace que el monarca reaccione y se decida a combatir a los nobles, a los que vence en Olmedo (1467). Al morir el rey Alfonso en 1468, se ofrece el trono a su hermana Isabel.
Isabel no quiso enfrentamiento con Enrique, aceptó una entrevista en Guisando en la que se ofrecía como solución desheredar a Juana, hija de Enrique y ofrecer un marido conveniente a Isabel. Los candidatos fueron Alfonso V de Portugal, lo que convenía a la nobleza, a Juan Pacheco, ya que se llegó a un acuerdo con él y se dejaba el poder en manos de una oligarquía nobiliaria. Frente a éste era: el infante Juan, rey de Navarra; Aragón y Cataluña ofrecieron a Fernando hijo de Juan II y Francia, al duque de Guyena.
La habilidad de Juan II de Aragón y sus partidarios castellanos convirtieron en realidad el matrimonio de Isabel y Fernando en el año 1469, y en contra los nobles descontentos dirigidos por el marqués de Villena proclamaron heredera legítima a la hija de Enrique IV.
La guerra civil fue inevitable y se prolongó hasta después de la muerte de Enrique IV. Durante estos años la posición de Isabel y Fernando fue consolidándose, sobre todo cuando Juan II logró poner fin a las guerras catalanas en 1472, a la muerte de Enrique IV, Isabel y Fernando fueron reconocidos por la mayoría de los nobles castellanos mientras los seguidores de Juana, apoyados por Alfonso V de Portugal seguían la lucha hasta 1479.
Los grupos nobiliarios de agramonteses y beamonteses están enfrentados desde el reinado de Carlos II el Noble (1387-1425). Las causas profundas del enfrentamiento son además del control político, dos formas de vida muy diferenciadas dentro del reino. Estas rivalidades superan el marco político representado por el rey Juan II y su hijo Carlos, príncipe de Viana, que desembocan en la guerra civil, que beamonteses, montañeses de economía pastoril, que se sienten postergados por el monarca, llevan a cabo contra Juan de Navarra, partidario de los agramonteses, ribereños, con fuerte economía agraria y mayor desarrollo urbano.
El desencadenante de esta guerra fue el testamento de Blanca de Navarra, esposa de Juan II, rey consorte.
La paz de Briones (1373) entre Navarra y Castilla lleva al matrimonio de Carlos III el Noble con Leonor de Trastámara. Carlos apoya a Castilla y Francia en sus problemas europeos y firma tratados de paz con Aragón. También ayudó a Fernando de Antequera en la sumisión de la revuelta de Jaime de Urgell. Fruto de esta política de acuerdos y alianzas es el matrimonio de su hija Blanca con Martín el Joven en 1402. A la muerte de su marido, Blanca regresa a Navarra y en 1419 se casa con el futuro Juan II, hijo del nuevo soberano aragonés Fernando de Antequera. Blanca hereda el reino de Navarra por el fallecimiento de sus hermanos. Las consecuencias políticas de esta unión van a ser: mayor dependencia de Castilla pero los navarros, celosos de sus fueros hicieron hincapié en las capitulaciones matrimoniales en que el reino pertenece a Blanca y a sus hijos.
A su fallecimiento Blanca deja como heredero a su hijo Carlos y sus descendientes, a su hija Blanca y a sus descendientes y en último lugar a su hija Leonor, pero ruega a Carlos que no utilice el título de rey sin el consentimiento de su padre Juan II, lo que significaba el gobierno de hecho de Juan. La imprecisión de esta cláusula coadyuvó a la explosión de la guerra civil. El rey optó por dejar el gobierno de Navarra a Carlos y él se ocuparía de los asuntos castellanos. Esta fórmula no fue aceptada por el príncipe ni por parte de la población. Las dificultades de Juan en Castilla aumentan y quiere recuperar el patrimonio real. Con este fin el rey sustituye a los consejeros navarros por castellanos y crea una Diputación permanente en las Cortes con la intención de prescindir de las convocatorias generales y así agilizar los trámites, presionando a los diputados para lograr los subsidios necesarios. Esta política fue aprobada por los nobles agramonteses pero no por el príncipe de Viana ni los beamonteses.
La guerra se declara abiertamente cuando Juan II se casa con Juana Enríquez, entonces quedan anulados sus derechos al trono de Navarra. Carlos, dirigiendo a beamonteses y apoyados por Álvaro de Luna, se sublevan contra el monarca. La guerra continuará hasta 1455 con suerte alterna, pero favorable a Juan II que deshereda a su hijo y nombra heredero a Gastón de Foix, casado con su hija Leonor.
Las Cortes también se dividen, tomando partido por el príncipe (Pamplona) y por Juan (Estella). Carlos va a Nápoles para pedir la intervención de Alfonso el Magnánimo (su tío), quien fallece al poco tiempo, dejando como sucesor de los estados peninsulares, en Mallorca, Sicilia y Cerdeña a su hermano Juan. Carlos tiene el apoyo de los sicilianos que intentan mantener su propio rey y ante este peligro, Juan II perdona a su hijo, por el que habían intercedido los reinos de la Corona. La reconciliación entre padre e hijo duró poco, Juan II encarcela a su hijo cuando el monarca conoce la noticia de las negociaciones de Carlos con Castilla para su matrimonio con la infanta Isabel, entonces los catalanes se alzan e imponen al monarca la capitulación de Villafranca del Penedés y le declaran la guerra por incumplimiento de los acuerdos.
En 1461 fallece Carlos y son reconocidos herederos Gastón de Foix y su mujer Leonor a pesar de los derechos preferentes de Blanca, quien fue reducida a prisión por haber apoyado a Carlos y ser cabeza de los beamonteses. Esta decisión de Juan II tiene un interés político: necesita la colaboración del conde de Foix para alcanzar un acuerdo con Luis XI de Francia contra los catalanes rebeldes que eligieron como señor a Enrique IV. Este había repudiado a su esposa Blanca cuando se rompió el acuerdo con el rey castellano.
Blanca decide ceder sus derechos a su antiguo marido, el cual se convierte en rey de Castilla, de Navarra y jefe de los beamonteses. En 1463 Enrique renuncia y los beamonteses vuelven a la obediencia de Juan II por poco tiempo, ya que la ruptura de la alianza con Luis XI de Francia les enfrenta de nuevo al monarca castellano.
En 1469 Gastón y Leonor son depuestos como herederos y Juan II nombra nuevo heredero a Gastón, hijo de ambos, en lugar de su hijo Fernando, heredero de Aragón y rey consorte de Castilla. Juan teme que los beamonteses arrastren a cuantos en Navarra deseaban tener un rey propio. Leonor y su padre llegan a un acuerdo, pero la guerra continua hasta 1476, en que Navarra muy debilitada no puede hacer frente a las tropas castellanas dirigidas por Fernando el Católico y pasa a ser protectorado de Castilla.
Juan II fallece en 1470 y Leonor reina brevemente, pues muere 15 días después. Su nieto, Francisco Febo es el heredero al que apoyan agramonteses, mientras que beamonteses se inclinan hacia la alianza con Fernando el Católico. El rey muere prematuramente en 1483 y le sucede su hermana Catalina. Castilla y Francia están interesadas en mantener su influencia en Navarra. Los continuos enfrentamientos de los nobles permiten a Castilla incrementar su influencia y en 1512, Fernando el Católico decide ocupar el reino ante la alianza de Navarra con Francia, en guerra con Castilla. En las Cortes de Burgos, tres años después, Navarra será incorporada a Castilla.
El rey tiene que jurar los fueros navarros para reinar y aunque tiene la máxima libertad, en la práctica está sometido al control de las Cortes, que están constituidas por 12 ricoshombres, 50 miembros del estamento militar (caballeros e infanzones), eclesiásticos, con nutrida representación: el obispo de Pamplona, el deán de Tudela, el prior de la Orden de San Juan y los abades de los monasterios más importantes, en los que ocasionalmente también están incluidos los obispos de Bayona y de Calahorra. Por último, por el estamento real, los representantes de las Buenas Villas. El número de representantes de cada estamento puede variar según las épocas, pero se mantiene una proporción según la importancia económica. El rey es la autoridad máxima y en su ausencia lo será el gobernador o lugarteniente del rey. Otros funcionarios con amplios poderes son los inquisidores y reformadores del estado del reino de Navarra, nombrados por los monarcas con carácter eventual.
La administración central la lleva el Hostal, el Consejo Real, la Cancillería, el Tribunal de la Corte y la Cámara del Comptos. Los ingresos proceden de las posesiones reales y de los impuestos ordinarios: pecha o impuesto sobre la tierra cultivada, derechos del rey sobre hornos, molinos, aguas, mercados, venta de sal, monopolio del rey, minas y ferrerías, también de propiedad real, así como los tesoros sin dueño conocido. Mercados y baños públicos son monopolio real.
Los ingresos extraordinarios proceden de las ayudas otorgadas por las Cortes, las ciudades o los estamentos, y de los préstamos concedidos al monarca por particulares o corporaciones. A partir de 1350 tienen periodicidad anual por lo que se convierten en impuestos ordinarios.
Una ayuda especial es el monedaje, equivalente a 8 sueldos por fuego y pagadero en principio al comienzo de cada reinado por los pecheros para mantener la estabilidad y calidad de la moneda, aunque las devaluaciones fueron numerosas en los siglos XIV y XV.
Los nobles, clérigos y francos están exentos del pago de impuestos ordinarios y del monedaje. Los pecheros son exclusivamente labradores, tanto de realengo, como de solariego (dependientes de un laico) o collazos (cuando residen en señoríos eclesiásticos).
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Última actualización: Agosto 2005
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