| ← Tema XXXII• | •Hª Medieval España • | • Tema XXXIV→ |
Bibliografía: MARTÍN RODRÍGUEZ, J. L.: Manual de Historia de España. 2. La España Medieval, Madrid, Historia 16, 1993.
Autor:Anónimo
Desde la unión en 1137 del reino aragonés y del condado de Barcelona, la corona de Aragón y el reino Castellano-Leonés aparecen como las dos fuerzas políticas más importantes de la Península, pero este equilibrio de potencias se romperá a mediados del XIV coincidiendo con la guerra que enfrentó a castellanos y aragoneses y el cambio dinástico producido en Castilla. Esta nueva hegemonía castellana en lo político-militar irá acompañada de un auge en lo económico y una crisis en Cataluña.
Los hechos históricos que provocaron el decisivo cambio dinástico en el reino de Castilla-León tuvieron su origen en las Cortes de 1351 (poco después del inicio del reinado de Pedro I), en las cuales, aparte de aprobar algunas medidas contra la mendicidad, bandolerismo y la regulación de precios, salarios y comercio, el hecho político más importante fue la concesión de behetría y otras disposiciones favorables a la nobleza, pero esto no puso fin a las diferencias entre nobles y es posible que éstas aumentaran al tratar de repartir las behetrías, o cualquier otro de los ingresos que dependían del monarca. Los lugares de behetría son en los que los campesinos pueden elegir señor. Los nobles piden su conversión en señoríos inmunes. Pedro I manda hacer un inventario para conocer la organización de estos lugares, llegando a tener un índice fiscal, además de conocer la pertenencia de las behetrías. Así, el rey, entre otras cosas de importancia, se enteró de la autenticidad o falsedad de los derechos nobiliarios. En este sentido hay que explicar que, en la secular lucha por el poder entre nobleza y realeza, la 1ª se había dividido en bandos nobiliarios que luchaban por el control del rey; estas facciones estaban dirigidas durante el reinado de Pedro I por los hijos de Alfonso XI y Leonor de Guzmán (Enrique de Trastámara, Fabrique y Tello) de un lado, y frente a ellos, por el infante Fernando y su hermano Juan (hijos de Leonor de Castilla y Alfonso el Benigno de Aragón).
Contra el rey se alzará Tello (Señor de Vizcaya) pero con el apoyo del grupo del infante Fernando será derrotado y obligado a refugiarse en Aragón.
Sin embargo, a pesar de este éxito ante el primer brote de rebeldía, Pedro I provocará que los diversos grupos nobiliarios, apoyados por la Iglesia, se unieran contra él al abandonar a su esposa Blanca de Borbón y poner fin a la tradicional amistad castellana con Francia. Por tanto, el rey tuvo que someterse a la nobleza, siendo total el control de los hijos de Alfonso XI y del infante Fernando, pero pronto surgirán nuevas desavenencias entre los nobles y con ayuda de Fernando y su hermano, a los que el monarca ofreció numerosas posesiones, Pedro I vencerá a Enrique de Trastámara quien buscará refugio en Francia. El rey gobernará con la ayuda de la burguesía, de los recaudadores judíos y otros, y los nobles, descontentos, buscarán apoyo en Pedro IV de Aragón (1356).
La guerra con Aragón fue, en sus comienzos, una complicación más de la guerra entre Aragón y Génova que era aliada de Castilla. Invocando esa alianza y aprovechando que dos naves genovesas habían sido destruidas en aguas castellanas, Pedro I declara la guerra al monarca aragonés. El rey castellano aspira a recuperar los lugares que en tiempo de María de Molina pasaron a Aragón. También hay disputas por los pastos que afectan a castellanos y valencianos, y cuestiones comerciales: Cataluña y Mallorca quieren acabar con la flota genovesa y castellana, etc. La guerra entre ambas potencias, que oficialmente durará desde 1356 hasta 1365, aunque las operaciones bélicas se prolongaron hasta la victoria de Enrique de Trastámara sobre Pedro I en 1369 y aún más tarde hasta la paz de Almazán que consagra el triunfo y la hegemonía castellana.
El desarrollo de los hechos fue el siguiente:
La tregua que siguió a esta 1ª fase fue aprovechada por Pedro I de Castilla para poner fin a las ambiciones de la alta nobleza y reunir en sus manos todos los poderes mediante muertes y persecuciones (Fabrique y el infante Juan de Aragón, entre otros, serán asesinados).
Esta política ha valido a Pedro I el apelativo de El Cruel.
En 1366 Enrique logró penetrar en Castilla y hacerse coronar en el monasterio de Las Huelgas. Este triunfo supuso la unión de la flota castellana a la francesa e Inglaterra intervino en el conflicto, la guerra continuará hasta la muerte de Pedro el Cruel a manos de su propio hermanastro en Montiel en 1369, consumándose el cambio dinástico.
Con la victoria de Enrique de Trastámara triunfaba la nobleza en Castilla frente al único rey que se había atrevido a enfrentarse directamente a ella, el nuevo rey castellano se impondrá a su antiguo aliado Pedro el Ceremonioso y a los antiguos partidarios de Pedro el Cruel, a todos los cuales impondrá la paz en términos ventajosos para Castilla.
Desde 1365 Enrique de Trastámara (hijo bastardo de Alfonso XI) se convierte en aspirante al trono castellano. La guerra entre los nobles y el monarca conlleva una fuerte propaganda para desacreditar a Pedro I, provocar revueltas en el interior, participar a Enrique y conseguir para él el apoyo internacional. El clero y la nobleza en principio tienen recelos para aceptar un rey bastardo, pero desaparecen tras la campaña de rumores sobre el origen judío de Pedro I. Así se desata el odio hacia los judíos, a su predominio económico (recaudadores, prestamistas) e incluso político.
Los terratenientes se presentan como libertadores de la tiranía personal del monarca, defensores del pueblo frente a los judíos y musulmanes. Esta propaganda propició la entrada de Enrique en Castilla: Pedro fue abandonado por parte de sus partidarios y los nobles ocuparon el eje Burgos-Toledo-Sevilla. Pronto aparecen las primeras dificultades para Enrique ya que se presentó decido a prescindir de los judíos y a reducir la presión fiscal, cosa que no cumplió, pues necesitaba dinero para pagar los servicios que había recibido.
Para mantenerse en el poder, Enrique acudió a los servicios del ejército nobiliario. Los nobles por ello recibieron títulos, cargos y donaciones (las llamadas « Mercedes Enriqueñas» ) y los judíos fueron protegidos de nuevo y volvieron al servicio del rey, y los impuestos aumentaron. Su prestigio cayó en picado y fue derrotado en 1367 en Nájera (en las Cortes de 1367 Enrique todavía no era rey).
Enrique también se dedicará al control y reorganización del reino. Mientras su autoridad no está asentada, transigirá a las peticiones hechas en Cortes siempre que no pongan en peligro el entendimiento entre el monarca y los nobles. En Burgos (1367) permitió reconstruir las hermandades y concedió a los concejos un papel político. Los nobles recibieron cargos y donaciones y confirmó los fueros y privilegios de cada ciudad, pero a pesar de su política antijudía, confesó su dependencia económica respecto a los judíos, los únicos que se hicieron cargo de las rentas del reino y adelantaron al rey el dinero que necesitaba nada más empezar el reinado, ya que necesitó su dinero para pagar a los auxiliares.
Pedro I reinaba de nuevo en Castilla gracias a la colaboración de navarros e ingleses (a cambio de la entrega de Vizcaya, Guipúzcoa y Álava). Al no cumplir lo prometido, Pedro I, la situación quedó en manos de los mercenarios franceses que reestablecieron definitivamente en el trono a Enrique de Trastámara en 1369.
Los primeros años de su reinado fueron difíciles: en el interior abandonan los partidarios de Pedro y en el exterior se forma una coalición contra Castilla en la que están todos los reinos peninsulares e Inglaterra. El problema interno fue resuelto con una nueva concesión de « mercedes» a la nobleza (parientes del rey, capitanes extranjeros, pequeña nobleza y expartidarios de Pedro I). Esta política supuso un aumento de impuestos a los concejos, a los que se atrajo permitiéndoles crear hermandades, fijando precios de artículos básicos, concediendoles un mayor papel político, etc.
La falta de coordinación entre los distintos reinos peninsulares (Granada, Aragón, Portugal y Navarra) posibilitó que Castilla negociara o combatiera por separado con cada uno e impusiera su paz, acompañada siempre de acuerdos matrimoniales que garantizaran el reconocimiento de la nueva dinastía haciendo olvidar sus orígenes bastardos.
Enrique se enfrentó con éxito a Inglaterra y para ello necesitó la colaboración de los marinos del Cantábrico que se unieron a la flota francesa para derrotar a la inglesa en La Rochela en 1372. Así quedó el convenio del Cantábrico y del Canal de la Mancha en manos de marinos y mercaderes castellanos.
Tras el triunfo definitivo en 1369, las Cortes de Toro buscaron soluciones a los graves problemas del reino: aumento del bandolerismo, escasez de mano de obra, alza de salarios, etc. A pesar de anular las disposiciones de su hermanastro Pedro I, se repiten casi literalmente los acuerdos y disposiciones tomados por Pedro I en 1351 (aquí se favorece a los propietarios) y en 1369 se fijan los precios de los artículos de primera necesidad.
Pero las medidas de contención de precios y salarios fueron inútiles y perjudiciales, y las ciudades pidieron que anulara el ordenamiento general del reino y fuera sustituido por ordenanzas válidas para cada localidad. En las Cortes de Toro de 1371, Enrique ha consolidado su poder y puede llevar a cabo su propia política sin tener en cuenta las peticiones de las ciudades contra las « mercedes» hechas a los nobles y contra los judíos. Pero como no es posible sustituir a los judíos, las ciudades piden que se les humille socialmente obligándoles a llevar un distintivo que les diferencie de los cristianos.
A pesar de las donaciones hechas a los nobles y de la aprobación de leyes suntuarias en las que se diferencia a nobles de otros grupos sociales, Enrique no estuvo totalmente sometido a la nobleza: los grandes nobles fueron alejados de la política, los cargos de gobierno se confiaron a la segunda nobleza y a juristas que no representaron peligro para la monarquía (Cortes de Burgos de 1379). Con Enrique se puso fin al enfrentamiento entre la monarquía y la nobleza, pero ésta mantendría intacta su potencia económica y militar, por lo que sigue aspirando a poder controlar al rey.
Unida de hecho a Francia tras el matrimonio de Juana y Felipe IV, Navarra mantuvo una independencia teórica reconocida por los monarcas franceses que evitaron la existencia de un mismo rey en Navarra y Francia, renunciando a su poder y cediendo sus derechos a los herederos, que sería reyes privativos de Navarra.
En la práctica, Felipe III gobernó el reino hasta su muerte (1285) y Felipe IV nombró para los cargos a franceses adictos, a pesar de que el título correspondía a Juana y luego a su hijo Luis el Hutín (X de Francia), cuya presencia en el reino fue exigida por asambleas de prelados y nobles.
Sólo a la muerte de Felipe IV (1314) tendrán navarros y franceses el mismo rey (Luis), cuya sucesión fue problemática, al morir sin hijos varones, correspondiendo a Juana II el reino navarro que fue entregado a Felipe V (hermano de Luis). Según el derecho francés, los varones son preferidos y a Felipe IV sucederán en el trono sus hijos Luis X, Felipe V (1316-22) y Carlos IV (1322-28). El derecho navarro reconocía la capacidad de las mujeres de transmitir los derechos a sus hijos, así pues, los navarros reconocieron como soberanos a Juana II y a su marido Felipe de Évreux, aceptados como reyes tras la muerte de Carlos IV sin hijos y la sustitución en Francia de los Capeto por los Valois.
El nuevo rey supo atraerse a los súbditos al jurar ante los tres estados que conservaría los fueros, franquezas y libertades de cada estamento, repararía los agravios, compartiría los bienes con los súbditos, dejaría el reino a su hijo con la mayoría de edad y en caso de morir antes, abandonaría el reino. En el exterior, mantuvo una política de amistad con los reinos vecinos, alterada con Castilla por las disputas sobre el monasterio de Fitero y el castillo de Tudején.
La independencia se confirma con Carlos II (1349-87) con acciones tendentes a sanear la administración y asegurarse el apoyo de los nobles. En Navarra los señores reciben la pecha taxada, algo que afecta a los campesinos que tienen que pagar la misma cantidad a pesar de ser menores en nº, lo que provocará desacuerdos. La mediación entre campesinos y señores para disminuir la pecha desemboca en aplazamientos temporales (soffriencas) e incluso en su anulación (restancas), aunque legalmente nunca se renuncia. Ante esto, los nobles buscan una salida en la guerra exterior, tanto en Francia como en Castilla, ofreciéndose como soldados a quien los necesite y presionan al monarca para que confirme las mesnadas que perciben por sus servicios nobiliarios.
Pacificado el reino, Carlos II intervino activamente en la política francesa tras la muerte de Felipe VI, el navarro era uno de los nobles de categoría en la corte y no dudó en asesinar al favorito de Carlos de España (o de la Cerda) cuando éste recibió tierras que el navarro consideraba propiedad de los Évreux, ni tuvo reparos en alternar la obediencia al rey con la revuelta. Hecho prisionero en 1356 por el monarca francés, su encarcelamiento precedió a la derrota de Juan II en Poitiers, hecho que inicia el intento de los burgueses (E. Marcel) de controlar el reino. Carlos apoya a la burguesía parisina contra el Delfín y sólo abandona a sus aliados cuando se unen a los campesinos. El navarro será uno de los miembros de la represión contra la Jacquerie y mantiene alianzas con ingleses hasta la paz de Bretigny (1360) entre ingleses y franceses.
Vencido en Cocherel (1364), Carlos se olvida de los asuntos franceses y se concentra en la Península, donde participa en el conflicto castellano-aragonés, tan pronto al lado de Pedro el Ceremonioso como de Pedro el Cruel, del que obtuvo por su ayuda militar, tras la 1ª entrada en Enrique de Trastámara en Castilla, las zonas de Guipúzcoa y Álava. Muerto Pedro el Cruel (Castilla), Carlos se unió a los monarcas de Portugal, Granada y Aragón contra Enrique de Trastámara, pero los aliados no fueron capaces de coordinar sus acciones bélicas y Carlos firmó el tratado de Briones (1373 y 1379) donde se estipulaba el matrimonio del heredero navarro, Carlos III, con Leonor, hija de Enrique II de Castilla.
Frente a la capacidad política de Pedro el Ceremonioso (IV de Aragón) y de Carlos II de Navarra para engrandecer sus dominios y evitar la integración en la órbita castellana, los herederos de ambos reinos desarrollaron una política de pacifismo y amistad con Castilla. Ni Pedro ni Carlos supieron sacar partido de la crisis castellana de 1385.
Ámbos mantuvieron cierta independencia respecto a Castilla y se negaron a secundar a Juan I respecto al cisma de la Iglesia, sólo a la muerte de Carlos y Pedro (1387) Navarra y Aragón prestaron obediencia al Papa aviñonés y tomaron partido en la Guerra de los Cien Años a favor de Francia.
El cambio de actitud simbolizado por la aceptación de Benedicto XIII parece ser atribuido a la situación en el interior de ambos reinos: repetidos fracasos militares agravan la crisis económica y se produce una aristocratización de la sociedad. El cambio fue mental al tiempo que material: el ideal de vida burgués cedió ante el caballeresco (algo que ya había sucedido en Castilla y Francia). La conjunción de cambios económicos, mentales y sociales explicarán la nueva actitud de Navarra y Aragón, cuyos intérpretes serán Carlos III y Juan I.
Al morir Carlos II, el heredero al trono navarro (Carlos III) se hallaba en Castilla, con cuyos monarcas mantuvo las mejores relaciones de su reinado a pesar de la intromisión de su mujer, Leonor, en asuntos castellanos durante la minoría de Enrique III. Contingentes navarros colaboraron en las campañas de Fernando de Antequera contra los musulmanes, de la misma forma que antes habían intervenido al lado de Juan I de Castilla en la guerra de Portugal.
Las relaciones de Navarra con Aragón fueron amistosas, esto se refleja en el matrimonio de Blanca de Navarra y Martín el Joven. Al morir Martín I, Carlos III apoyó la candidatura de Fernando de Antequera y autorizó el matrimonio de Juan, hijo del anterior, con Blanca de Navarra. El progresivo alejamiento de Francia se nota en el arreglo de los problemas pendientes, así en 1404, Carlos renuncia a los condados de Champagne y de Brie a cambio de 12.000 francos anuales.
En el interior, Carlos III continuó la política de navarrización mediante el nombramiento de navarros para los cargos administrativos, y uno de sus primeros actos fue hacerse coronar de acuerdo con el viejo ritual del reino (jura respetar el fuero, recibe el juramento de los súbditos, los eclesiásticos le dan la unción que simboliza el origen divino de su poder y sube a un escudo donde están pintadas las armas de Navarra). Partidario del ideal caballeresco, creó las órdenes del Lebrel Blanco y de la Bonne Foi para premiar a los caballeros más distinguidos. Su política no sirvió para poner fin a las guerras nobiliarias de dos sociedades antagónicas, el Llano y la Montaña dirigidos por los Agramunt y los Beamont, que darán nombre a los agramonteses y beamonteses, cuyos enfrentamientos llenan el XV navarro.
También en las ciudades tuvo que intervenir para poner fin a las banderías, como en Estella, donde los Ponce y Learza se disputan el control de la villa, así el nombramiento del alcalde será perpetuo en vez de anual para evitar los enfrentamientos y sería designado por el monarca entre tres candidatos elegidos por el sistema de insaculación. En Pamplona continúan los enfrentamientos entre el Burgo, la población y la Navarrería hasta la firma de un acuerdo en 1423 por el que se forma un solo municipio.
Subir al principio del documento
Última actualización: Agosto 2005
Página alojada en Filosofía.tk