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Bibliografía: MARTÍN RODRÍGUEZ, J. L.: Manual de Historia de España. 2. La España Medieval, Madrid, Historia 16, 1993.
Autor:Anónimo
Los reinos de Aragón, Valencia, Cataluña y Mallorca forman la corona de Aragón, que es una confederación a cuyos miembros une la dependencia de un mismo monarca pero con un derecho distinto.
En su testamento de 1262, Jaime I mantiene unidos los reinos de Aragón, Valencia y el Principado y separa el reino de Mallorca (Baleares, Rosellón, Cerdaña y Perpiñán). La presión de Pedro III el Grande de Aragón y de los mercaderes catalanes desembocó en el Tratado de Perpiñán (1279) por el que Mallorca y su rey se convierten en vasallos del aragonés.
Los aragoneses se niegan a colaborar en la guerra provocada por la ocupación de Sicilia (1282) y culpan al rey de haber embarcado al reino aragonés en una guerra que en nada beneficia a Aragón. El precio por colaborar con Pedro III es el reconocimiento del Fuero de Aragón y el control del de Valencia por los nobles aragoneses agrupados en la Unión.
También los catalanes negocian su ayuda al monarca en la guerra que le enfrenta con el rey de Sicilia, el Papa, el monarca francés y con Jaime II de Mallorca. Enfrentado a Carlos de Anjou, al Papa, al monarca francés y al rey de Mallorca, Pedro III (1276-85) necesita que aragoneses, valencianos y catalanes le faciliten hombres de guerra y dinero y para conseguirlo aceptará todas las exigencias de los súbditos. Los catalanes ponen otro precio: que el rey use el título de conde de Barcelona y más consejeros catalanes.
Desde 1283 las limitaciones impuestas al poder monárquico serán un factor esencial en la historia política de Cataluña. Los acuerdos impuestos al monarca sirven para reforzar la autoridad de miembros destacados de la nobleza, eclesiásticos de alto rango y los dirigentes de las ciudades importantes. Pedro III, que había pretendido limitar la autoridad señorial, confirmó en 1283 las libertades y privilegios catalanes.
Se restablece una Constitución de 1202 por la que se prohibía a los señores acoger en sus dominios a vasallos ajenos sin licencia del dueño. Por lo que se refiere a los patricios, se reafirma la independencia de las ciudades respecto al monarca. A los ciudadanos se les concedió el privilegio de proceder personalmente al embargo de los bienes de quienes no pagaran las rentas de las casas en las que viven. La presión de los acreedores combinada con un año de malas cosechas, con el alza de los impuestos y la subida de los precios, fue determinante en el levantamiento de los menestrales barceloneses que llegaron a instalar un auténtico gobierno popular (Berenguer Oller representa el primer intento de acceder al poder municipal para desde él anular las disposiciones que les imposibilitan la vida). Pedro III se negó a escuchar las razones del dirigente de la revuelta e hizo ahorcar a Oller y a siete de sus partidarios después de hacerles arrastrar por las calles de la ciudad. Ejecutados los dirigentes, el movimiento fue sofocado y Barcelona entra en un período de calma sólo alterada hacia la 2ª ½ del XIV por algunos motines populares provocados por la carestía de productos alimenticios y por abusos de los dirigentes urbanos.
Los efectos de la ocupación de Sicilia fueron considerables: el Papa excomulgó a Pedro III el Grande y dictó el entredicho contra los dominios aragoneses. Jaime II de Mallorca aprovechó las dificultades del monarca aragonés para recuperar la independencia y se alió a los enemigos de Pedro III, que tuvo que hacer frente a los ataques angevinos en Sicilia, a los franceses y a los mallorquines. La división de Castilla entre los partidarios de Alfonso X (1252-1284) y de su hijo Sancho IV (1284-95) permitirá negociar el apoyo de uno de los bandos, el que, al seguir a Sancho tiene como enemigo al monarca francés y está obligado a mantener relaciones amistosas con Aragón mientras Pedro tenga en su poder a los infantes de la Cerda, candidatos al trono castellano.
Pedro III murió mientras organizaba la expedición contra los dominios de Jaime II de Mallorca y su hijo Alfonso III el Franco dirigirá con éxito la campaña contra el reino de Mallorca que vuelve de este modo a formar parte de la corona de Aragón. Al morir Alfonso III dejó sus reinos a Jaime II de Sicilia, que a su vez, debería renunciar a Sicilia a favor del tercer hermano, Federico.
Por el Tratado de Anagni (1295) Jaime II, rey de Aragón, abandona Sicilia, donde se proclama rey a Federico, devuelve Mallorca a Jaime II y en la negociación obtiene de Roma los derechos de ocupación de Córcega y Cerdeña y la paz con los angevinos y con Francia. Por el Tratado de Caltabellota (1302) se condecía a Federico la posesión del reino mientras viviera. Este acuerdo no fue respetado y, en definitiva, Sicilia continuará en manos de la dinastía catalana, pero la paz de 1302 dejó libres a los mercenarios de uno y otro, cuyos servicios fueron reclamados por diversas ciudades italianas y por el emperador bizantino para defender sus tierras contra los turcos. Recuperada la Corona de los gastos ocasionados por la actividad política de Jaime II, pudo el rey llevar a efecto la ocupación militar de Cerdeña (1323-1324).
La independencia de cada uno de los reinos de la Corona no impide que Cataluña sea el centro político de los territorios. Los unionistas aragoneses, ante las disensiones entre Alfonso IV el Benigno (1327-37) y su hijo Pedro, jugaron la carta del heredero, confiando en recuperar el predominio: durante los primeros años de su reinado, Pedro IV el Ceremonioso (1336-87) tomó como principal consejero al arzobispo de Zaragoza, pero pronto el monarca confía el gobierno al catalán Pedro de Ribagorza, lo cual avivó el malestar aragonés, que halla ocasión de manifestarse en el momento en que Pedro IV hizo proclamar heredera a su hija Constanza. Los aragoneses se aliaron a los hermanos de Pedro IV y resucitaron la unión. El monarca aceptó las exigencias unionistas, pero mientras el rey negociaba con los nobles, sus partidarios organizaban el ejército que vencería a los unionistas y aseguraba el predominio catalán dentro de la corona.
Pedro IV intenta en el XIV sustituir la unión personal de sus reinos por una vinculación más firme que vendría dada por la creación de cargos generales, con autoridad sobre todos los territorios. Su hijo Juan I creará vicecancillerías en cada uno de los reinos y en 1419 Alfonso V el Magnánimo nombrará para el reino de Valencia un Mestre nacional.
La guerra civil que enfrenta a los catalanes entre 1462 y 1472 es el final de un proceso en el que se mezclan la pugna por el poder político entre el monarca y los grupos dirigentes de Cataluña, los enfrentamientos entre patricios y los maestros de los gremios de Barcelona por el control del municipio y la lucha de los campesinos por su libertad personal.
Rompe el equilibrio en el reino con un cambio de intereses en los grupos sociales que nos llevan directamente a un enfrentamiento entre todos: campesinos, ciudadanos, artesanos, rentistas, etc., y un acentuado pactismo en el reino.
La colaboración entre el monarca y los ciudadanos mercaderes se rompe porque estos últimos preferían (s. XIV) comprar propiedades y vivir como nobles sin dejar de controlar los municipios. Se produce, al tiempo, una desvinculación con los artesanos que al ver que aquellos se habían alineado con los propietarios ven la solución en la modificación del régimen municipal de Barcelona para dar peso a los gremios. Al enfrentamiento ciudadanos-gremios se une el de campesinos-señores.
Todos estos enfrentamientos tienen su reflejo en el pactismo político. El monarca es controlado por las Cortes y éste se apoya en campesinos y artesanos.
La Remensa (obligación de pagar para poder abandonar las tierras señoriales) no es el único mal uso impuesto por los señores para incrementar sus beneficios gracias a otros usos conocidos con los nombres de intestia (morir sin testar), eixorquia (sin descendencia), cugucia (adulterio), arcia (incendios) y firma de spoli.
El más importante es el de la remensa: en muchos contratos se incluye la renuncia específica de los payeses a fijar su residencia en los lugares de realengo y, para quienes olvidan su dependencia, las Cortes recuerdan en 1289, 1291, 1300 y 1321 la obligación de redimirse. Insisten en 1350 cuando a causa de la peste negra se acelera la emigración a la ciudad que declara ciudadanos a quienes tienen alquilada habitación y van a Barcelona en determinadas fiestas.
El interés señorial radica en mantener la tierra en cultivo y en las zonas de montaña se restablecen estos malos usos para mantener en ellas a los campesinos. En comarcas como el Maresme y el Vallés se ofrece reducción de censos y se permite la ocupación de mansos abandonados. Así, mientras unos campesinos se enriquecen, otros se ven abocados a la miseria. Unos aspiran a obtener la libertad y otros, los campesinos ricos, a mantener su posición. En 1370-80 se originarán manifestaciones de descontento de los payeses de remensa por la reimplantación de los malos usos.
Las amenazas de los campesinos se acompañan de una organización interna que permite, a fines de siglo, ofrecer a los reyes cantidades importantes para conseguir la redención en masa. A esta oferta se une el interés real por limitar el poder señorial y el convencimiento de la injusticia de la servidumbre. Pese a la buena disposición de la monarquía, los intentos de recuperar el patrimonio real no despertaron entusiasmo entre los campesinos cuyo interés está en la supresión de los malos usos y no en el pago al realengo donde subsiste la remensa, a pesar de las gestiones para que la supriman los eclesiásticos en sus dominios.
Las manifestaciones del conflicto campesino coinciden con los intentos de modificar el régimen municipal para hacer frente a la situación del mundo urbano. Las primeras dificultades surgen en 1333 en que los cereales escasean, su precio aumenta y el descontento popular se ve atizado por frailes que acusan a los dirigentes de acaparar el trigo y provocar su encarecimiento. Las medidas tomadas no impidieron la revuelta, 1334, ni el saqueo de las casas y bienes de los consellers y la condena de los dirigentes de la revuelta. La escasez de cereales se debe a la dedicación de tierras de cultivo al azafrán, cáñamo y lino, de fácil salida comercial, que ocupan el lugar de los cereales y hay que traer éstos del exterior.
Nuevas hambrunas y motines preparan la gran peste de 1348 que diezmó a la población urbana, subalimentada a pesar de los intentos de avituallamiento. Fueron asaltadas las casas de los patricios y judíos. El hambre y la peste fueron seguidas de un alza de precios y salarios y de una escasez de mano de obra que paralizó la ciudad, de la ruina de numerosos cambistas-banqueros y de la renuncia al comercio por algunos mercaderes que prefirieron invertir en tierras.
Pedro el Ceremonioso aprobó el proyecto de búsqueda de una mayor democratización del gobierno municipal propuesto por algunos artesanos y mercaderes, quienes piden permiso para formar un sindicato.
Sin embargo, el saneamiento de la hacienda municipal no prosperó ya que muere el rey y Juan I puso fin a la reforma. Las manifestaciones violentas se suceden y el odio popular se desvía hacia los judíos ricos y prestamistas que serán saqueados y atacados. El pueblo consiguió se autorizara la participación en las deliberaciones del Consejo de Ciento a personas que antes no formaban parte del mismo; se piden las cuentas del trigo, impuestos municipales, rebaja de los sueldos de los consellers. Durante algunos meses los menestrales controlaron las ciudades y los procesos contra los atacantes de los judíos como contra los que intervinieron en las reuniones del Consejo se prolongaron durante 2 años. En este tiempo se fue consolidando el poder de la oligarquía urbana aunque ésta asumió algunas de las peticiones de los populares como disminución de impuestos sobre alimentos, reforma de la moneda y medidas favorables al comercio.
Los impuestos y las contribuciones de ciudades como Barcelona no bastan para hacer frente a las necesidades de éstas. Se recurre al crédito facilitado por los judíos o por los cambistas-banqueros; en la práctica cubrirán los gastos del municipio cuando se halle al descubierto; a cambio Barcelona deposita la mayor parte de sus ingresos en las taulas de los cambistas a los que se confiará el pago de los gastos previo el cobro de salario.
Esto resuelve los momentos de apuro, pero al necesitar mayores ingresos se emite deuda pública (de censals y violaris), pero este tipo de préstamo se gasta en necesidades urgentes y provoca que se renuncie a la producción por parte de mercaderes y a colocar su dinero en deuda. Es un círculo vicioso: quiebra de cambistas-banqueros, creación de la Taula de Barcelona que inmovilizó capitales. Medidas para el relanzamiento económico (comercio, moneda) no ponen fin al problema.
La falta de estabilidad de la moneda catalana trae consigo la tendencia a sustituirla por las francesas de oro y planta cuyo valor oficial es superior al que da el metal contenido. Esta sobrevaloración hace que se deje de llevar oro y plata a las cecas reales y el metal es ofrecido a las cecas francesas. Se dan varios intentos de revalorización de la moneda con fuerte oposición de los rentistas catalanes que no se fían.
Contención indirecta de precios, rebajando los impuestos municipales, control de revueltas urbanas, disminución de deuda pública y solución a los problemas monetarios no bastan para devolver a las ciudades catalanas su esplendor: éste depende del comercio y para reactivarlo se creará el Consejo de los Mercaderes y se dictarán o reactivarán ordenanzas proteccionistas como la de 1227 que daba prioridad a los barcos catalanes para cargar en Barcelona los artículos destinados a Ultramar.
La rivalidad entre Pedro el Ceremonioso y su hijo Juan es un reflejo de la división existente en el reino de Aragón: Pedro sigue fiel a los ideales mediterráneos de la dinastía y Juan se inclina hacia la colaboración con Francia y Castilla, países a los que los que seguirá en la obediencia al Papa de Aviñón, oponiéndose a la política tradicional de la monarquía aragonesa al negarse a unirse en matrimonio con María de Sicilia, mediante el cual se pretendía unir de nuevo la isla a la corona de Aragón.
Anuló la reforma del Consell barcelonés y se enfrentó a unas Cortes que exigieron la expulsión de algunos de sus consejeros más influyentes porque consideraban que llevaban al rey hacia un gobierno personalista al margen de los fueros y derechos tradicionales, que reclamaban el derecho a intervenir en la elección del canciller y los consejeros reales, y que se negaban a enviar tropas tanto a Cerdeña como a Sicilia. A los problemas planteados por las Cortes, se unieron en 1391 manifestaciones de descontento popular que acabaron en el ataque y la destrucción de los barrios judíos y un intento de invasión dirigida por el heredero de Mallorca, conde de Armañac.
En 1392 Juan I, ante la situación de Cerdeña, preparó una expedición que no llegó a producirse por las acusaciones de corrupción de los consejeros.
El final del reinado acaba con malestar: tema de Benedicto XIII, problema de los consejeros denunciado por Valencia. Cuando muere el monarca sus fieles son juzgados.
Designado rey a la muerte de su hermano, centró su política en poner fin al cisma de la Iglesia con una solución favorable a Benedicto XIII, en afianzar la posición aragonesa en Cerdeña y Sicilia y, en el interior, proteger a los judíos, poner fin a las banderías, ambas sin éxito, y en recuperar el patrimonio enajenado por sus antecesores. Promueven esta política de recuperación las ciudades, que exigen al rey que incluya en su juramento de coronación el no vender ni empeñar los bienes patrimoniales ni siquiera en caso de extrema necesidad. El monarca, aunque no cumplió esto, ya que enajenó propiedades para financiar las campañas sardas, buscó la integración a la corona de los derechos jurisdiccionales y de los bienes cedidos por sus antecesores, de acuerdo con un inventario de los bienes del patrimonio real realizado por los consejeros de Juan I. La recuperación de tierras y castillos apenas se llevó a cabo debido a la falta de disponibilidad de dinero del monarca. Recuperar la jurisdicción se conseguiría si los habitantes de las villas y lugares enajenados corrían con los gastos de la recompra. Las Cortes de Valencia y Aragón prestaron al monarca cantidades para la redención del patrimonio y nombraron comisiones para llevarla a cabo. Esto exigía el nombramiento de representantes del monarca que controlasen las operaciones, autorizasen la celebración de asambleas generales que actuasen en nombre de la comunidad y negociasen con los hombres del rey las condiciones de la redención.
Los campesinos de remensa fueron los más resistentes ante estas redenciones, aunque adquirieron conciencia de su fuerza, llegando al convencimiento de que el sistema empleado para la recuperación del patrimonio podría liberarles de los malos usos y de la autoridad señorial. Entre cataluña y aragón
La ocupación de Valencia fue obra de aragoneses y catalanes, unidos bajo la misma Corona y diferentes, por su lengua, estructura social, sistema monetario, legislación, economía. El doble origen de los conquistadores-repobladores se manifestará posteriormente en sus formas de vida.
En las comarcas montañosas próximas a Aragón se asentaría la población aragonesa bajo la dirección de su clase nobiliaria, el obispo de Tortosa y las órdenes Militares entre las que destaca la de Montesa y como consecuencia, con una organización socio-económica feudal basada según las normas de las Cartas Pueblas aragonesas.
En las zonas bajas, pero sobre todo en el litoral, el origen de los asentados sería de procedencia catalana y con una organización administrativa preferentemente en concejos. En estos lugares de realengo los ciudadanos se rigen por el derecho valenciano (los furs), que se extenderán a las tierras alicantinas (Elche, Orihuela, etc.) tras su incorporación al Reino en el XIV.
La importancia económica de la ciudad, centro artesanal y comercial, y con una agricultura intensiva y de regadío y su identificación con el Reino, lleva a la confusión ciudad-reino que viene propiciada por los furs, que dicen estar vigentes en la ciudad de Valencia y en todo el reino, villas, castillos, etc.; a pesar de lo cual al menos 50 ciudades se rigen por el fuero aragonés, unas 12 por las costums de Lérida y unos 100 lugares en los que está vigente el derecho valenciano que se extenderá hacia Alicante.
Según el franciscano Francesc Eximierais que escribe a fines del XIV, los mercaderes son la base de la riqueza valenciana. Sus palabras son reflejo de una sociedad próspera donde caben todos los estamentos sociales porque en la sociedad valenciana todos son necesarios y útiles. Con una economía relativamente saneada gracias a la fertilidad de sus tierras, al trabajo de sus artesanos y sobre todo a la actividad de sus mercaderes, a los cuales hay que favorecer quitándoles impuestos de tránsito, concediéndoles privilegios y honores especiales.
Martín I el Humano fue rey de Aragón de 1396 a 1410. Al morir sin descendencia su hermano, su hijo Martín el Joven tendrá el trono aragonés. En 1409 muere Martín el Joven sin hijos legítimos, planteándose el problema de la sucesión al no tener Martín el Humano, viudo, otros hijos. Podía contraer matrimonio buscando un hijo, o designar alguien capaz de sucederle. Casó nuevamente pero no tuvo descendencia y los juristas no aceptaron que Fadrique, hijo ilegítimo de Martín el Joven pudiera reinar. Sólo quedaba la posibilidad de pensar en algún pariente y así, se nombra a Jaime de Urgell como lugarteniente del reino, que no supo poner fin a las banderías internas y su candidatura no es aceptada por ninguno de los reinos de la corona. La elección tendrá que hacerse por acuerdo de las Cortes de Cataluña, Aragón y Valencia. Pero aragoneses y valencianos tienes parlamentos irreconciliables, al final, en 1412, una comisión de nueve personas procedió en Caspe a la elección como rey de Aragón del regente castellano Fernando de Antequera con el que se inicia la presencia de los Trastámara castellanos en la corona de Aragón. Los historiadores castellanos y catalanes consideran que con Fernando de Antequera comienza la unidad española y a favor de Castilla. Por otro lado, los nacionalistas catalanes culpan del declive nacional a las decisiones de Caspe. Los castellanistas apoyaban a Fernando de Antequera, sobrino de Martín y nieto de Pedro el Ceremonioso, contra él están Luis de Anjou, nieto de Juan I, Fadrique de Luja, Jaime de Urgell y Alfonso de Gandía, nieto de Jaime II.
Ante tantos candidatos era lógico que Martín I preguntase a los juristas si el parentesco de los candidatos debía referirse a él o a sus antecesores. En Aragón, las mujeres no pueden reinar pero sí transmitir los derechos, mientras en Cataluña la herencia se transmite por línea masculina. La situación es muy complicada.
Los candidatos con posibilidades eran Jaime de Urgell y Luis de Anjou, a los que apoyan uno de los bandos en que está dividida la nobleza: a Jaime le apoyan los Luna de Aragón, los Vilagut de Valencia y parte de la nobleza catalana. Apoyan a Luis los Urrea y los Centelles, algunos nobles catalanes enemigos de Jaime y parte de la burguesía catalana.
El 1-6-1411 el arzobispo de Zaragoza, cabeza de los partidarios de Luis de Anjou, es asesinado, esto llevó a los aragoneses a buscar a Fernando de Antequera para que se enfrentase a los Luna. El nuevo aspirante, que en realidad tiene escasos derechos, tardará más de 4 meses en presentar su candidatura, pero tiene riquezas personales y es regente de Castilla (hijo de Juan I de Castilla y Leonor de Aragón y regente desde 1406), contando además con el respaldo de Benedicto XIII (el Papa Luna).
El parlamento aragonés se reúne en Alcañiz, mientras las tropas castellanas dominan la mayor parte de Aragón. Por recomendación de Benedicto XIII se acuerda que la elección del rey fuese hecha por 9 personas, divididas en grupos de 3, se debería obtener 6 votos, siendo al menos 1 de cada grupo. En Alcañiz se confía la elección de los 9 al gobernador y al Justicia del Reino, pero en Tortosa los catalanes eligen 24 personas, de diversas tendencias, para que nombren a los 9. Los aragoneses designaron rápidamente a los 9, pero los catalanes no llegan a un acuerdo y al final tuvieron que aceptar íntegramente la propuesta de Alcañiz.
Fernando será el único candidato posible, un parlamento reunido bajo las armas castellanas sólo podía elegir compromisarios adeptos al pretendiente castellano al que además apoyan los valencianos. Mientras catalanes y aragoneses discuten, las tropas castellanas penetran en Valencia, derrotan a los urgelistas y consiguen que el parlamento acepte a los 9 ofrecidos por Aragón.
Fernando obtuvo los votos necesarios. El triunfo de Fernando se debió a la división existente entre los reinos y en el interior de cada uno, al poder que tenía como regente de Castilla y al apoyo de Benedicto XIII (que hasta 1411 apoyó a Fadrique de Luna, pero luego cambió su apoyo al castellano). Amenazado por el concilio, el Papa Luna necesitaba afianzar su posición, contar al menos con la obediencia de los reinos peninsulares y ni Luis de Anjou ni Jaime de Urgell garantizaban la obediencia de Aragón. La situación interior de Castilla favoreció también al infante, asimismo la nobleza y la reina Catalina de Lancaster confían en que Fernando renunciará a la regencia de salir elegido y dan toda clase de facilidades a pesar de que, legalmente, tuviera mayores derechos al trono aragonés el rey Juan II.
Sólo Cataluña tuvo en sus manos la posibilidad de rechazar a Fernando, nombrando como rey a Jaime de Urgell inmediatamente después de la muerte de Martín I, e imponer después su candidatura en Aragón y Valencia con la ayuda de los urgelistas de estos reinos. Creyéndolo así, los historiadores hablan de claudicación de Cataluña, quienes piensan que debería haber sido elegido un catalán, otros hablan de madurez política catalana al permitir la elección de Fernando.
Pero Cataluña no estaba unida como en las épocas de esplendor, después de la crisis del XIV si no se eligió a Jaime de Urgell en 1410 fue porque una parte importante de los catalanes no quiso aceptarlo debido a que sus intereses personales o de grupo eran opuestos a los defendidos por los partidarios del conde y para ellos sus intereses eran más importantes que el hecho de que el nuevo rey fuera o no catalán y Cataluña desunida nada podía hacer contra el parlamento aragonés unificado por Fernando de Antequera. La división era tal que se presentaron 6 opciones distintas e irreconciliables: sus intereses estarían mejor defendidos por el castllano que por cualquier candidato y otros porque la elección de Jaime podía provocar una guerra civil en la que no estaban interesados o porque podía dar lugar a la ruptura de la unidad de la corona de Aragón.
Fernando I (1412-1416) sabe que el apoyo no ha sido unánime y al tiempo que premia a sus fieles intenta atraerse a los antiguos adversarios haciendo concesiones a nobles, eclesiásticos y ciudadanos: las barreras comerciales entre Castilla y Aragón desaparecen y se perdonan diversos impuestos debidos por los mercaderes mientras nobles y eclesiásticos logran que el rey les apoye en sus reivindicaciones. La sublevación de Jaime de Urgell no tuvo partidarios ni siquiera en Cataluña, fue fácilmente sofocada ese mismo año y Jaime permaneció en prisión hasta su muerte. En los breves años del reinado, Fernando impulsó considerablemente los asuntos mediterráneos y firmó la paz con Génova.
El problema del cisma de la Iglesia halló una solución definitiva durante su reinado. La alianza y amistad con Benedicto XIII fueron mantenidas, pero las posibilidades del Papa Luna se terminaron al iniciarse el concilio de Constanza. El concilio exigió que Benedicto fuese depuesto, sin que de nada sirviera la defensa hecha por Fernando. En 1416 Aragón negaba obediencia al que en adelante sería el Papa de Peñíscola, su lugar de residencia y un año después Castilla se adhería a los acuerdos de Constanza.
Los compromisos reunidos en Caspe, le eligieron en efecto rey de Aragón (1412). En el momento de su elección estaba en Cuenca y marchó a Zaragoza, convocó Cortes, juró los fueros y libertades aragonesas, recibió el homenaje de sus súbditos y nombró heredero a su hijo primogénito Alfonso. Fernando I impulsó asuntos mediterráneos, pacificó Sicilia y Cerdeña y tuvo relación con el N de África. En estos años se transforma la Diputación General de Cataluña en un organismo político con atribuciones muy grandes.
Fernando I no renunció a la regencia de Castilla y la utilizó para preparar el futuro de sus hijos, los Infantes de Aragón, de forma que controlaban todos los reinos peninsulares: el mayor, Alfonso, le sucedería en Aragón; el segundo, Juan, sería rey de Navarra por su matrimonio con Blanca; ambos apoyarían a Enrique, maestre de Santiago, para que gobernara Castilla como jefe de la nobleza; Sancho sería maestre de Alcántara, y la posición familiar se reforzaría mediante el matrimonio del primogénito Alfonso con María, hermana de Juan II de Castilla. Las dos hijas de Fernando, María, se casó con el monarca castellano y la segunda, Leonor, con el heredero portugués.
El cabeza de familia, Alfonso V el Magnánimo (1416-58) intenta en los primeros años compaginar la defensa de los intereses de los infantes en Castilla con la política mediterránea de la corona, en la que encuentra dificultades semejantes a la de los reyes anteriores. Aunque no hubo acuerdo sobre el papel de las Cortes en el gobierno del Principado, Alfonso recibió la ayuda económica solicitada y puso fin a la revuelta de Cerdeña, además decide atacar una de las bases genovesas, la isla de Córcega, concedida a Aragón después del tratado de Anagni (1295).
En 1420 un ataque realizado por Génova proporcionó pequeños éxitos militares que prepararon la incorporación de Nápoles a la Corona. En 1421 las naves de Aragón entraban en el puerto de Nápoles y poco después la reina Juana proclamaba heredero, virrey y lugarteniente general a Alfonso.
En 1423 Alfonso regresa a la Península tras su fracaso en Nápoles y la situación de Castilla. Sin la colaboración de las Cortes de Cataluña no era viable la política del monarca y éste tuvo que aceptar cuanto fue exigido a su esposa María por las Cortes de 1421-3.
Poco más tarde, Alfonso interviene activamente en la política castellana y forma una alianza con sus hermanos para anular al favorito Álvaro de Luna, mientras tanto, las Cortes no sólo actúan en el interior, sino que dirigen la política exterior y obligan a Alfonso a aceptar la tregua de Majano (1420) que puso fin a la intervención de Alfonso en los problemas de Castilla.
Por lo tanto, la renuncia a intervenir en Castilla se debe al desinterés tanto de aragoneses como catalanes y valencianos. Eclesiásticos, nobles y ciudadanos formaron un frente común y actuaron divididos en otros por los que Alfonso tuvo el dinero solicitado y además intervino en Nápoles donde la presencia de la flota dio lugar a una coalición formada por el Papa, Venecia, Florencia, Milán – Génova, bajo la dirección de Felipe María Visconti, duque de Milán y señor de Génova. Esta coalición teme la ruptura del equilibrio italiano si Nápoles se une a la corona de Castilla.
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Última actualización: Agosto 2005
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