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Bibliografía: MARTÍN RODRÍGUEZ, J. L.: Manual de Historia de España. 2. La España Medieval, Madrid, Historia 16, 1993.
Autor:Anónimo
Alrededor del año mil en Europa se produce un progreso por: mejores cosechas agrícolas, cese de las guerras, mejores útiles técnicos en la agricultura. Al haber mejores cosechas se produce una mejor alimentación de la población y con ello expansión demográfica, excedentes agrícolas y su comercialización.
La fiebre de las construcciones en Cataluña: iglesias, centros urbanos y barrios extramuros o burgos; el bienestar de los ricos trae el gusto por lo superfluo y por el lujo y el interés por los libros y creación de escuelas catedralicias o monasterios que derivan en el siglo XIII en universidades.
El progreso material no es sólo cuantitativo sino cualitativo: la roturación de nuevas tierras previa desecación de pantanos, talas de bosques y construcción de caminos; con los nuevos caminos y con la existencia de excedentes se produce el intercambio de productos de unas zonas a otras y de unos productos por otros. En principio este intercambio lo realiza directamente cada propietario, pero a medida que aumenta el número de productos y las distancias donde había que transportarlos, aparecen los mercaderes, personas que viven del comercio. Estos se instalan cerca de los posibles clientes a la entrada de los castillos y ciudades, la ciudad recupera su función económica sin perder la administrativa, eclesiástica o militar. Surgen los barrios o burgos donde se instalan los artesanos. El mercado pasa de ser sólo agrícola a la fabricación de objetos manufacturados que atienden las necesidades de la comarca. Productos: origen animal, vegetal, mineral y manufacturados.
Los nuevos burgos surgen en todo el territorio hispánico y con ellos sus habitantes, artesanos y mercaderes; en las zonas costeras tuvieron contactos con el mundo europeo. En el interior estos mercados tuvieron menos importancia, pues las ciudades eran dominadas por guerreros-pastores, villanos, nobles y clérigos y el interés fundamental estaba en la producción de lana y su exportación para obtener dinero. Esto produjo una gran explotación de la ganadería y el poco desarrollo de la artesanía.
La artesanía tuvo gran desarrollo en el Camino de Santiago en el siglo XI y sigue las mismas pautas que en Europa: los mercados locales y regionales de carácter agrícola ganadero semanal; sigue pronto la instalación de tiendas en ciudades y concejos y la posibilidad de comprar productos de otras zonas hace que surjan los mercados anuales o ferias, estas se mantienen hasta la actualidad. Los mercados diarios están copiados del zoco.
Las ferias, aunque autorizadas y creadas por los reyes, sólo prosperan cuando están en zonas aptas por su riqueza y por su situación estratégica.
El mercado periódico no puede realizarse sin garantizar el orden, para ellos se prohíbe el uso de armas en los mercados. El funcionario que dirige y controla el mercado es el zabazoque, para controlar pesos y calidades, mantener el orden, aunque en algunos concejos esto lo realicen los jueces y alcaldes, el sayón es el encargado de percibir las caloñas o multas; los impuestos que recargan la entrada de mercancías las cobran los teloneros, portazguero o portero.
La reactivación agraria de los siglos X y XI en los condados catalanes se manifiesta en la creación de industrias, que si en un principio sirvieron para atender necesidades locales, a partir del siglo XIII también suministraron productos para un activo comercio internacional. A través de acuerdos (Paz y Tregua) se garantiza a los mercaderes la paz del mercado.
A partir del siglo XIII aparecen los primeros gremios que apoyan y organizan a los artesanos. La industria textil fue la más importante, siendo exportada a Castilla y norte de África. También destacan la elaboración de joyas y la construcción naval. Junto a estas actividades industriales o artesanales se desarrollan las comerciales, facilitadas por la proximidad al Mediterráneo y por la pacificación de los condados. Los mercaderes sufragan mediante préstamos las conquistas y financian la ocupación de Mallorca. Los mercaderes con sus residencias y tiendas en las ciudades también realizan viajes fuera de los condados para desarrollar su actividad en ferias y mercados.
Debido a esta expansión comercial surgen peajes como el de Barcelona de 1222 para los productos locales e importados. En el arancel de 1271 se fijan por los conseller de Barcelona las cantidades que deben cobrar los corredores o intermediarios y evitar los fraudes. Los aranceles de Valencia (1243 y 1271) se hallan exentos de peaje, debido tal vez a la falta de una artesanía capaz de atender a las necesidades locales y que estaban obligados a la importación de artículos para abastecer el mercado.
La proyección externa de los mercados catalanes no habría sido posible sin una organización, siendo la primera la de la Ordenanza de la Ribera de Barcelona de 1258, en la que se definen los derechos y obligaciones de marinos y mercaderes, con disposiciones como:
Entre 1260 y 1270 los barceloneses procederán a una nueva redacción de las Ordenanzas en el « Libro del Consulado» . En la segunda mitad del siglo XIV será aceptado en todo el Mediterráneo como código marítimo el « Llibre del Consolat del Mar» donde están reguladas la construcción y reparación de naves, derechos y obligaciones de los accionistas, obligación del patrón y marineros, condición de los fletes, normas de carga y descarga y forma de compensar los daños causados y las relaciones entre el patrón, los mercaderes y los pasajeros embarcados.
La expansión del comercio exterior está estrechamente relacionada con la expansión política, la unión de Aragón y Cataluña (1137), la conquista de Baleares y Valencia y el protectorado sobre Túnez (Jaime I), la incorporación de Sicilia (Pedro el Grande), Cerdeña (Jaime II) y los ducados de Atenas y Neopatria (Pedro el Ceremonioso) y Nápoles y el protectorado de Epira (Alfonso el Magnánimo). Los mercaderes necesitan un apoyo político militar.
Entre las causas de la expansión tiene lugar preferente la económica, apoyada por los burgueses. Cataluña en general y Barcelona en particular (desarrollo agrícola, comercio de esclavos, oro, marina).
Las rutas del comercio fueron:
A los puertos de Siria y Egipto llegan mercaderes catalanes y sus cónsules, también existen relaciones piadosas y humanitarias, como la petición del cuerpo de Santa Bárbara al sultán egipcio Abu Al-Fatah, el cual exige a cambio el envío a Egipto de artículos prohibidos por Roma como armas, hierro, naves y material para su construcción y alimentos.
El comercio de estas rutas proporciona numerosos artículos a los mercaderes catalanes que negocian en el mundo europeo, haciendo intercambios de productos orientales en la feria de Champagne por paños flamencos que serán distribuidos por Roma, Gaeta, Nápoles, Palermo y norte de África.
Otro centro importante del comercio catalán es Sevilla, donde los catalanes obtienen numerosos privilegios durante los reinados de Alfonso X y Sancho IV; desde mediados del siglo XIV misioneros y comerciantes catalanes y mallorquines se establecen en las Islas Canarias, convertidas en el gran centro de exportación de esclavos.
En los libros de mercaderías se detallan los productos, clases y procedencias, forma de descubrir los fraudes, las monedas, pesos y medidas utilizadas en cada zona, los jornales, el coste de los fletes, las tasas mercantiles y aduaneras. Las ciudades con las que se traficaba estaban reflejadas en el Primer manual hispánico de mercaduría: Damasco, Trìpoli, Alejandría, El Cairo, Constantinopla, Chipre, norte de África, Génova, Montpellier, Pisa, Sicilia, Narbona, Carcasona, Limoges, Ipres, Brujas, París y Saint-Homer, entre otras ciudades.
Entre los pobladores de los reinos hispánicos de los siglos XIII y XIV se encontraban tres grupos diferenciados, atendiendo a su etnia, religión o cultura: los mozárabes, judíos y mudéjares que convivían con la población cristiana.
Los mozárabes eran los cristianos que habían vivido en territorio musulmán, conservaban su idioma árabe y la cultura visigoda. Eran muy numerosos en territorio musulmán hasta el siglo XIII pero al aumentar la inseguridad se trasladan a las zonas cristianas y a Toledo, conquistada en 1085, manteniendo su código: el Fuero Juzgo.
Conocían bien ambas culturas por lo que se adaptaron e integraron entre los cristianos, e incluso fueron traductores cualificados por su dominio del romance y del árabe y sus clérigos hablaban latín, lo que les permite actuar de intermediarios entre cristianos y musulmanes.
Los judíos mantenían sus diferencias religiosas y vivían en juderías, apartados físicamente de los cristianos, aunque en todos los reinos hispánicos. Su situación estaba condicionada por las normas de la Iglesia, que a partir del siglo XIII les exigía identificarse. Estaban en condiciones de inferioridad con respecto a los cristianos, tanto en el ámbito social (cargos laborales inferiores) como religiosos (se les prohibía salir los Viernes Santos por considerárseles autores de la muerte de Jesucristo). A este estado de cosas se llegó a través de diversos concilios y sínodos ya desde principios del siglo XIV como el celebrado en Zamora en 1313. Sin embargo, ciertos comerciantes judíos se fueron enriqueciendo y poco a poco ocupando cargos de responsabilidad bajo la protección del monarca, a quien favorecían económicamente (se dedicaban a recaudar impuestos, eran administradores de Hacienda), convirtiéndose en funcionarios del monarca y adquiriendo una autoridad que por su condición les estaba negada. Esto hizo que entre la población cristiana surgiera una gran animadversión hacia los judíos, especialmente a finales del siglo XIV. Muchos hubieron de emigrar o convertirse al cristianismo. Sin embargo, con Jaime I de Aragón o Alfonso XI, se autorizó su vuelta y se les protegió.
Los mudéjares eran musulmanes que habían permanecido en los territorios ocupados por los cristianos, eran muy modestos social y económicamente, pues se dedicaban generalmente a la agricultura o artesanía. Eran respetados en su religión y tolerados socialmente (tenían sus propios jueces, como la aljama sarracena de Lérida). No obstante, esta tolerancia no era aceptación plena al igual que los judíos, eran obligados a llevar distintivos para no ser confundidos con los cristianos.
Las minorías mudéjares y las judías no pueden equipararse entre ellas, pues a pesar del desdén que los cristianos sentían por ellos, los judíos podían llegar a ocupar altos cargos en la sociedad mientras que los mudéjares debían conformarse con puestos más modestos.
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Última actualización: Agosto 2005
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