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Bibliografía: MARTÍN RODRÍGUEZ, J. L.: Manual de Historia de España. 2. La España Medieval, Madrid, Historia 16, 1993.
Autor:Anónimo
Durante el siglo XI las fronteras entre cristianos y musulmanes no experimentan las variaciones que cabría esperar de la superioridad de los cristianos (salvo algunas poblaciones aragonesas y Toledo, importante por su valor simbólico de la unidad peninsular de época visigoda), pocas son las conquistas realizadas por los reinos cristianos que dedican sus esfuerzos a la consolidación de sus fronteras y a la repoblación de zonas ocupadas anteriormente y no repobladas hasta que el peligro almorávide obliga a establecer una línea defensiva.
Las conquistas se detienen debido a la escasez de población –de nada sirve la ocupación militar si no se dispone de personas capaces de asegurar el control- y a la falta de interés de reyes y nobles que prefieren el dinero de las parias a la ocupación y llegan a proteger a los musulmanes y a enfrentarse entre sí para conseguir ese dinero (apoyo de El Cid a los reyes de Zaragoza y Valencia, enfrentamientos entre catalanes, aragoneses, navarros y castellanos por las parias de Zaragoza, Lérida, Tortosa o Valencia, etc.).
El dinero de las parias sirvió a Ramón Berenguer I de Barcelona para comprar los derechos de su madre al condado, llegar a soluciones de compromiso con la nobleza feudal y asegurar la hegemonía del condado barcelonés. Las parias también están en el origen de la política ultrapirenaica de los condes de Barcelona, compradores de algunos derechos sobre el condado de Razés y la ciudad de Carcasona (para legarlos en herencia a los segundones).
Sin el dinero de las parias no se explicaría la proliferación de monumentos románicos en el N de los reinos cristianos ni la fortificación de las fronteras, así como la llegada de importantes grupos de francos a la Península (en León, Raimundo de Borgoña, repoblador del valle del Duero, Enrique de Lorena, primer rey de hecho de Portugal, casados ambos con hijas de Alfonso VI, etc.). También el dinero de las parias es importante en la activación del Camino de Santiago, cuya ruta principal se fija en los tiempos de Alfonso VI de Castilla-León y Sancho Ramírez de Aragón, concediendo una serie de privilegios y exenciones de peajes y portazgos a los peregrinos y a repobladores o fundadores de nuevos asentamientos (muchos de ellos francos).
Las parias siguen cobrándose en los siglos XII y XIII al desintegrarse los imperios almorávide y almohade respectivamente, pero los ingresos de la guerra proceden fundamentalmente del botín que pertenece a los combatientes, una vez entregado el quinto al rey o conde, y de la explotación de las nuevas tierras incorporadas así como de las soldadas percibidas por los mercenarios, cuyos máximos representantes pero no únicos son los almogávares.
Las grandes conquistas del XIII fueron seguidas de la entrega de tierras a quienes habían intervenido en la campaña y en casos como el mallorquín, el inicio de la guerra fue precedido del reparto en función de la contribución militar o económica ofrecida por cada uno. Jaime I se reservó la mitad de la isla y distribuyó el resto entre los nobles; de la parte real saldrían las concesiones hechas a los oficiales del rey, a las ciudades que habían intervenido en la campaña y a quienes quisieron repoblar la isla.
El territorio andaluz, aunque los sistemas de repoblación variaron de unos a otros lugares en función de la modalidad de conquista, puede aceptarse que fue dividido en donadíos y heredamientos, los primeros constituyen la recompensa a quienes han intervenido en la campaña de modo directo (fuerzas militares) o indirecto (persona y organizaciones que han contribuido a financiar las expediciones, avituallar las tropas, gobernar el reino durante las ausencias del rey), y los segundos son entregados a los repobladores que acuden a sustituir a los musulmanes huidos o expulsados. La extensión de los donadíos varía considerablemente según la importancia del beneficiario.
Finalizadas las conquistas peninsulares, los nobles buscan salida en el exterior contratándose como mercenarios entre los que cabe destacar en los años iniciales del XIII a Sancho VII de Navarra, cuyo reino carece de fronteras con los musulmanes, que obtiene de su actividad militar dinero suficiente para convertirse en prestamista de los reyes de Aragón; tropas castellanas intervienen en la defensa del N de África e igual papel realizan las milicias catalano-aragonesas existentes desde mediados del XIII en Túnez, Bona, Bujía y Constantina, cuyo jefe era nombrado por el rey aragonés al que correspondía una parte del salario de estos caballeros, valorada entre cuatro y nueve mil dinares de oro al año.
Tanto en los reinos occidentales como en los orientales, los avances cristianos se efectúan sobre tierras de difícil defensa si no se consigue atraer a pobladores ofreciéndoles privilegios que compensen el evidente riesgo que supone habitar en zonas expuestas a las correrías de los musulmanes o a los ataques de los reinos vecinos. El ofrecimiento de condiciones favorables, entre ellas la libertad para los pobladores de nuevas tierras, tuvo repercusiones sociales, no sólo sobre el territorio fronterizo sino también sobre las zonas alejadas de la frontera, cuyos pobladores intentarán trasladarse a las nuevas tierras o conseguir condiciones similares en sus lugares de origen. Se produce así un doble fenómeno en las regiones del norte de todos los reinos peninsulares:
La conquista de Toledo permitió incorporar definitivamente a los dominios castellano-leoneses la extensa zona situada entre el Duero y el Tajo; para colonizarla fueron llamados campesinos de las zonas norteñas y de los reinos y condados europeos llegados con los peregrinos, clérigos y caballeros francos que se acercan al Apóstol.
La repoblación tiene carácter político-militar y está dirigida por el rey o los personajes allegados a él y encargados de organizar las nuevas poblaciones, los concejos surgidos en la cuenca del Duero, en la Extremadura castellana, leonesa o portuguesa:
En todas estas poblaciones se acepta discriminadamente a cuantos quieren repoblar siempre que se comprometan a fijar en ellas su domicilio al menos durante un año; sus habitantes son eximidos de tributos feudales como la mañería y el nuncio{1}; de peajes, portazgos y montazgos.
Cada concejo tiene sus propias milicias, que actúan con gran independencia y a las que Castilla y León debieron el mantenimiento de sus fronteras durante los ataques almorávides y almohades. La guerra con los musulmanes es una fuente importante de ingresos para estas milicias, además se reconoce una superior categoría social a quienes dispongan de un caballo de guerra y se concede a estos concejos amplias zonas de influencia, de tierra no conquistada por la que pueden y deben extenderse por la acción de estos caballeros concejiles, populares o villanos que alternan la guerra y pastoreo.
La superioridad militar de los pastores-guerreros sobre los campesinos sedentarios provoca una diferencia social que los fueros recogen al establecer un estatuto distinto para los caballeros y encomendarles no sólo la defensa permanente del territorio sino también la protección del ganado comunal.
Toledo, entregada a Alfonso VI en 1085 es un caso especial, éste se comprometió a mantener a la población musulmana, judía y mozárabe, por lo que más que de repoblación hay que hablar de castellanización y de romanización eclesiástica llevada a cabo por los nuevos pobladores castellanos y francos, minoritarios que acabarán imponiéndose sobre los antiguos pobladores. Entre 1100 y 1300, los mozárabes perdieron la propiedad de las tierras que cultivaban, sus diferencias litúrgicas (rito mozárabe) y lingüísticas (hablaban árabe) irán desapareciendo bajo la presión de los arzobispos y de sus auxiliares francos.
Los mudéjares fueron numerosos durante los primeros años, pero la inseguridad de las fronteras animaría a la emigración, al menos a la aristocracia musulmana y en el reino toledano sólo permanecieron los campesinos, sucesores sin duda de los que en el VIII aceptaron resignadamente a los musulmanes.
Los judíos controlaban gran parte de la administración toledana en el momento de la conquista y los reyes les mantuvieron en sus funciones y les utilizaron como prestamistas, administradores y recaudadores de impuestos. Tanto francos como castellanos gozaban de fueros específicos, que fueron suprimidos en 1118 por Alfonso VII al conceder a todos un mismo fuero, el de Toledo visigodo, el Fuero Juzgo, para conseguir la convivencia que los distintos fueros hacían difícil.
Las tierras situadas al sur del Duero e incorporadas a fines del XI se perdieron en su mayor parte durante los contraataques de almorávides y almohades y sólo se mantuvieron en poder de los castellano-aragoneses Toledo, Talavera, Madrid, Maqueda y Guadalajara que fueron organizadas de forma semejante a la empleada en los concejos del Duero. La conquista y repoblación de estas tierras, sobre todo las situadas al sur del Tajo, fue obra de las Órdenes Militares, cuya importancia repobladora se explica no sólo por su actividad militar sino también por su papel de agentes de la centralización eclesiástica a los que Roma favorece con privilegios.
En las tierras dominadas por las Órdenes, La Mancha y la Extremadura actual, no hubo establecimientos monásticos de importancia ni grandes ciudades porque las Órdenes se reservaron diversos privilegios que coartaban la libertad y reducían el estímulo de los nuevos pobladores.
La frontera portuguesa apenas tuvo cambios hasta mediados del XII; el condado y posteriormente el reino tenía una extensión próxima a los 30.000 km2, divididos en tierras o territorios. Las conquistas efectuadas al disgregarse el imperio almorávide situaron la frontera en las orillas del Tajo. La repoblación se hizo de forma semejante a la empleada en León o Castilla, cuyos fueros (forais) se hallan aplicados en numerosos lugares de Portugal, tanto en la frontera con los musulmanes como en tierras próximas a León. La zona del Tajo fue repoblada en gran parte por las Órdenes Miliares.
Entre 1087 y 1170 este reino incorporó a sus dominios unos 48.000 km2, entre la Tierra Nueva de Huesca, el reino de Zaragoza y la comarca de Teruel, cuya conquista se diferenciaba de lo ocurrido en los reinos occidentales por haberse efectuado en tierras, que a excepción de la comarca turolense, tenían abundante población musulmana cuya permanencia garantizaban las capitulaciones firmadas entre vencedores y vencidos, aparte del interés de estos últimos de mantener en cultivo estas tierras. En el campo se mantuvo la mayor parte de la población, aunque sometida ahora a los nuevos señores que se limitaron a sustituir a los dirigentes musulmanes.
En las ciudades se toleró la presencia de los musulmanes durante un año, siendo obligados después a fijar su residencia extramuros de la ciudad, en sitios donde no fueran una amenaza para el control militar de la zona. En todos los casos fueron respetadas las costumbres, religión y organización interna de la comunidad musulmana.
Para sustituir a los ciudadanos expulsados y a los campesinos fugitivos, ni Aragón ni su aliada Navarra disponían de hombres suficientes ni los monarcas se hallaban en condiciones de obligar a la nobleza que permitiera la salida de sus colonos o siervos de las zonas del N, para atraer pobladores era preciso ofrecerles, como en el Tajo, condiciones ventajosas: propiedad de las tierras que cultivaran dentro y fuera de la ciudad y concesión de la libertad. Francos, campesinos libres y siervos fugitivos de Aragón y Navarra acudieron en estas condiciones a repoblar Zaragoza, pero su número sólo fue suficiente para repoblar las tierras más rentables, las de regadío, las de secano serán repartidas de nuevo posteriormente, a pesar de lo cual esta zona estuvo escasamente poblada.
Dificulta la repoblación que aumenta en las zonas de frontera expuestas a la guerra, en las que se hace preciso conceder los fueros de los concejos castellanos, el de Sepúlveda, a las poblaciones de Soria, Almazán, Medinaceli, Calatayud, etc. La ciudad que servía de centro a este tipo de repoblación se confiaba a un noble que, con su comitiva, era el organizador de la defensa y de los ataques a tierras musulmanas en busca de botín, que es una fuente normal de ingresos en poblaciones fronterizas.
El concejo y sus funcionarios están en algunos aspectos a las órdenes del señor de la villa, pero tan sólo en cuanto éste era delegado del rey; la nueva situación era incompatible con las atribuciones señoriales y el concejo no estará sometido a un señor sino que constituirá una entidad de gobierno con autonomía derivada de los fueros. A la diversidad territorial de Aragón corresponde una clara diferenciación social:
Los vecinos de la Tierra Vieja necesitan poseer caballo para ser libres por habitar en esta zona y sus hombres sólo acuden al fonsado, a la guerra, con el rey y bajo su dirección, por lo que se convierten o se intenta convertirles en eficaz contrapeso del poder nobiliario y en valiosos auxiliares del monarca.
El único vínculo que une a todos los aragoneses es la dependencia del rey y estos lazos se refuerzan al unirse Aragón y Cataluña: las diferencias entre aragoneses y catalanes hacen que disminuyan las existentes dentro del reino.
La Cataluña Vieja sólo supera ligeramente los límites alcanzados en vida de Carlomagno. Las diferencias entre esta zona y la situada al sur eran tan evidentes, que ya desde el XII puede darse a las segundas el nombre de Cataluña Nueva para indicar su distinta organización social, directamente relacionada con el sistema de repoblar el territorio.
El sistema concejil y la concesión de fueros especiales a los repobladores de frontera no es una innovación aparecida en el XI ni se limita a Castilla; también en Cataluña los condes ofrecen privilegios cuando se trata de repoblar zonas fronterizas: exención de peajes y tributos, inmunidad a los criminales que acudiera a repoblar y libertad a los seirvos.
La creación de estos concejos se incrementó tras la expedición de los condes de Urgell y de Barcelona a Córdoba el año 1010, para apoyar a los eslavos en la guerra civil musulmana. Este tipo de fuero o carta de población sería otorgado en 1025 a la ciudad de Barcelona por el conde Ramón Berenguer I en un documento en el que se habla de una zona franca, libre, que comprende el territorio asignado a la ciudad. La concesión de franquicias y cartas pueblas no se generalizó hasta la 2ª ½ del XII, es decir, hasta que fueron conquistadas y fortificadas Lérida y Tortosa y pudieron asentarse en ellas nuevos pobladores con garantías de continuidad.
Lérida y Tortosa eran ciudades con una fuerte población musulmana, cuyos derechos fueron mantenidos según los modelos de Tudela y Zaragoza, es decir, permitiendo la permanencia en el campo, y durante un año en el núcleo urbano. A los pobladores cristianos de Tortosa se les concedió la plena propiedad del suelo, la exención de impuestos y la promesa de que la administración de justicia sería regulada por el conde junto con los prohombres de la ciudad. Su territorio fue repartido entre los genoveses que habían colaborado en la conquista (un tercio), el noble Guillermo Ramón de Montcada (un tercio) y el conde de Barcelona, que cedió la quinta parte de sus derechos a los templarios.
La repoblación de Tarragona se inicia oficialmente en 1118 con la entrega al obispo barcelonés Olegario y a la sede tarraconense de la ciudad y de su territorio para cuya repoblación se autorizaba a reunir pobladores de cualquier procedencia y clase social y se les ofrecía la libre posesión de sus bienes de acuerdo con las normas que, en su momento, dictara Olegario.
Barcelona, Lérida, Tortosa o Tarragona son los puntos sobresalientes de una repoblación que se extiende en los siglos XI y XII a otros muchos lugares y lleva a la instalación de nuevas poblaciones en las zonas protegidas por los castillos. Para evitar la huida de campesinos del N hacia estas localidades, los señores feudales se vieron obligados a mejorar las condiciones de sus hombres, con declaraciones de ciertas poblaciones como villa franca o villa libre, aunque este método sólo será utilizado de modo sistemático a fines del XII y durante el XIII por los condes-reyes para crear núcleos fieles al monarca y contrarrestar la influencia de los señores feudales.
La Rioja fue una zona fronteriza disputada desde la muerte de Sancho el Mayor, entre navarros y castellanos hasta la definitiva incorporación a Castilla por Alfonso VIII entre 1173 y comienzos del XIII al tiempo que ocupaba Álava y Guipúzcoa. Las 3 zonas fueron repobladas y en ellas se establecieron concejos de frontera con poblaciones de origen castellano en Vitoria, Treviño, San Sebastián.
Los incidentes fronterizos entre Castilla y León en la 2ª ½ del XII dieron lugar a la fortificación de la Tierra de Campos por Fernando II y Alfonso IX de León y Alfonso XIII de Castilla, estableciéndose fuertes guarniciones en varias poblaciones de ambos reinos. El sistema de repoblación fue en todos los casos el concejil con asentamiento de numerosos caballeros villanos encargados de la defensa del territorio. La frontera castellano-leonesa en el sur fue reforzada por Alfonso VIII con la creación de los concejos de Béjar y Plasencia, castellanas, mientras que Cáceres y Mérida, ocupadas más tarde, serán leonesas.
Las fronteras entre León y Portugal fueron reforzadas en la zona gallega, pero los intentos de implantar concejos fracasaron en parte por la resistencia opuesta por los señores eclesiásticos y por la negativa de los pobladores libres a instalarse en zonas de fácil control por señores con atribuciones feudales. Con la repoblación de este lugar, Fernando II recortaba los límites del poderoso concejo salmantino. Obispo y concejo no dudaron el alzarse contra el monarca y en pedir ayuda al monarca portugués, sin éxito.
La emigración hacia el sur y la insuficiencia demográfica de los reinos cristianos, obligados a dar preferencia a la repoblación fronteriza, dejaron sin poblar numerosos lugares del interior, que serán repoblados por artesanos y mercaderes de origen franco a lo largo del Camino de Santiago (llamado camino francés) bajo la dirección de clérigos cluniacenses en el XI y por los monjes del Císter a partir de mediados del XII.
En todos los lugares que atravesaba el Camino de Santiago, en sus diferentes ramas, se estableció una población relativamente importante de francos que trabajaban como campesinos en algunos casos y en otros como artesanos y mercaderes.
A pesar de la actividad comercial realizada en las ciudades situadas en el Camino, ni en Aragón ni en Navarra y Castilla surgió una burguesía activa durante la E.M. a causa de que, en ningún caso, estas ciudades crearon una artesanía e industria de mediana importancia y se limitaron a recoger los beneficios del comercio efectuado a través del Camino en Al-Ándalus y Europa, entre los cristianos y musulmanes. Al desaparecer en el XIII su privilegiada situación de intermediario entre el Islam y Europa por la destrucción de los reinos islámicos y la apertura del estrecho a la navegación europea, estas ciudades desaparecieron como centros económicos y perdieron importancia del mismo modo que la perdió el Camino de Santiago al quedar reducido a su papel de camino de peregrinación.
Los monjes cistercienses llegados a mediados del XII se instalan en lugares desiertos de las montañas de Galicia, León y en las nuevas tierras de Cataluña y Portugal. Todos los monasterios (Sacramenia, Veruela, Huerta, Alcobaça, Poblet, etc.) se hallan en la mitad norte de la Península y la mayor parte está en la Meseta, a ambas orillas del Duero. El Tajo parece actuar como frontera de las abadías: el sur es zona reservada a las Órdenes Militares.
El establecimiento de los cistercienses –llegaron a tener 70 abadías- se inicia con la deforestación de las cercanías del monasterio, realizado por los propios monjes, auténticos expertos en el trabajo agrícola, ayudados por conversos o por jornaleros cuando el dominio se extiende lejos de la abadía; en estos casos se crean granjas en las que residen estos trabajadores y que, con el tiempo, se transforman en villas, en nuevos centros de población en los que se acepta a cuantos tienen algo que hacerse perdonar. En determinados casos las abadías cistercienses se transforman en verdaderos señoríos feudales como ocurre en Las Huelgas de Burgos, o en Poblet.
La fertilidad de las tierras ocupadas y las facilidades dadas por los soberanos deberían haber atraído a una gran masa de campesinos semilibres del N, si bien el número de gallegos, asturianos y leoneses instalados en Sevilla fue menor al de castellanos y leoneses procedentes de los concejos creados en los siglos XI y XII y de las zonas castellanas de Burgos, Palencia y Valladolid donde la fuerza nobiliaria era menor; no obstante, el control del reino por los nobles no fue total y resultó imposible evitar la huída de los campesinos, según se desprende de la exigencia presentada ante Alfonso X por los nobles en 1271 para que cesara la creación de las nuevas poblaciones reales porque hacían disminuir las rentas y vasallos que la nobleza tenía en León y Galicia:
A la insuficiencia demográfica y a la resistencia nobiliaria se añadieron razones de carácter político-militar, psicológico y económico para explicar la permanencia de musulmanes en los primeros momentos: Fernando III debió la mayor parte de sus conquistas a la alianza con los reyes musulmanes y más que de conquista debe hablarse de capitulaciones cuyos pactos han de respetarse, entre ellos el de permitir la permanencia de los antiguos habitantes.
Por otra parte, los siglos de convivencia en la Península de cristianos y musulmanes, aún cuando frecuentemente estaban enfrentados, no habían producido un odio irreparable entre ambas comunidades, y tanto la experiencia aragonesa y valenciana como la castellana demostraron que era posible la convivencia pacífica entre ambas comunidades si se privaba a los vencidos de sus dirigentes y los vencedores controlaban castillos y plazas fortificadas, por tanto, ni el rey castellano ni los que con él colaboraron en las campañas militares tenían el menor interés en prescindir de una población que era necesaria para mantener la producción agraria y urbana.
Sólo tras la sublevación de 1264 se produjo un cambio de población en Andalucía y Murcia con características distintas:
Los pequeños propietarios de los concejos de la zona del Duero, los únicos que podían moverse libremente, fueron los más atraídos por las nuevas tierras y para acudir a Andalucía malvendieron o abandonaron sus propiedades y con ello facilitaron la concentración de la propiedad y la aparición de las dehesas o latifundios salmantinos y extremeños, que si no alcanzaron la importancia de los andaluces, sirvieron como éstos para romper en favor de la nobleza el equilibrio económico y político entre nobles y concejos, con graves consecuencias económicas.
Aquí, los nobles, antes que permitir la emigración de sus campesinos, apoyaron a los mudéjares sublevados contra Jaime I en 1248 y 1254 o consintieron el relativo despoblamiento de Valencia o Mallorca. Cabe distinguir diferentes repoblaciones en los distintos stados que conforman la corona de Aragón:
Hubo numerosos campesinos procedentes del Ampurdán, zona fuertemente señorializada, por lo que cabe suponer que se establecerían en las tierras concedidas a los nobles. Mallorca absorbería el excedente demográfico de la montaña catalana y una vez restablecido el equilibrio entre la población y los recursos ampurdaneses se impediría la emigración porque la despoblación de la Cataluña Vieja suponía la pérdida de ingresos señoriales.
El sistema de repoblación empelado en Mallorca impidió la creación de grandes propiedades, y el carácter urbano de los repobladores de la ciudad permitió mantener actividades artesanales y comerciales que la isla había tenido bajo dominio musulmán.
Pueden distinguirse dos zonas, todavía diferenciables en la actualidad:
A lo largo del XIII los nobles obtuvieron de la monarquía concesiones judiciales y económicas que dejaron a los colonos de las tierras señoriales totalmente en manos de los dueños de la tierra. Ciertamente, un recrudecimiento de la dependencia campesina habría sido inconcebible mientras hubiera tierras libres si no hubiese ido acompañado de una mejora de la situación económica de los campesinos. Las condiciones de trabajo, arbitrarias hasta el XIII, comenzaron a ser especificadas en los contratos, desaparecieron o disminuyeron las prestaciones personales que fueron sustituidas por el pago de una cantidad en productos o en dinero. Este endurecimiento de las relaciones señoriales parece haber sido mayor en las comarcas del norte, de tierras más pobres, es decir, allí donde los campesinos habrían abandonado las tierras si los señores no hubieran dispuesto de la fuerza material y legal para impedírselo.
La expansión hacia el sur y hacia el Mediterráneo fue acompañada en el interior del doble fenómeno ya descrito: concesión de franquicias y de privilegios a los campesinos y por otro lado, aumento de las presiones señoriales en las zonas montañosas y de escaso rendimiento. De esta forma se produjo una diferenciación en el mundo campesino de la Cataluña Vieja:
Esta diferencia será decisiva a la hora de explicar el distinto carácter de los movimientos campesinos a fines de los siglos XIV y XV: en la comarca próxima a Barcelona y en Vic desaparecieron los malos usos a fines del XIII y los campesinos luchan para que se les permita cultivar la tierra en condiciones ventajosas, mientras que en el N se exige el derecho de abandonar la tierra, los primeros se muestran dispuestos a negociar, para los segundos la única opción es la revuelta para conseguir la libertad, para redimirse.
La remensa, la obligación de pagar un rescate para abandonar la tierra, se fijó en el XIII, sin duda para frenar el movimiento migratorio. En 1283, Pedro el Grande reconoció la vigencia de la remensa y dispuso que los campesinos de los lugares donde acostumbraban a redimirse no podían fijar su residencia en villas de realengo si antes no pagaban la cantidad exigida; en estas mismas Cortes se fijó la dependencia de los vasallos respecto a su señor, aparte de otras medidas regresivas (como la disposición en desuso de 1202). Para evitar la competencia entre señores, la atracción de campesinos de unos por otros, en 1202 se prohibió a todos recibir bajo su protección al hombre de otro señor sin la autorización de éste.
La existencia de un público comprador que dispone de dinero en abundancia y la pacificación relativa del Mediterráneo tras el control del Estrecho que supone la ocupación del Algarve y de Andalucía hicieron posible la llegada masiva de productos italianos y flamencos cuya posesión se convierte en símbolo de riqueza y de importancia social. Los vestidos y los adornos que eran sólo el símbolo y reflejo de una situación económica y de la categoría social correspondiente, pasaron a ser el elemento esencial y se consideró más rico y más importante desde el punto de vista social a quien más lujosos vestidos y objetos de adorno poseía.
Se inició así una desenfrenada competencia que acabó por provocar la ruina de numerosas personas y la confusión externa entre los diversos grupos sociales. La búsqueda de nuevos ingresos para mantener su prestigio social daría lugar a las sublevaciones nobiliarias de la 2ª ½ del siglo y obligaría a los reyes a tomar medidas:
Notas
{1}Mañería: prestación económica que era satisfecha al señor por el colono estéril o mañero para poder trasmitir por herencia el predio cultivado y por extensión sus otros buenos cultivos.
Nuncio: prestación que los vasallos satisfacían a su señor para poder trasmitir a sus hijos las tierras que habían recibido de éste en beneficio. Esta prestación mortuorium tenía origen en el derecho germánico.
Última actualización: Agosto 2005
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