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Historia Medieval de España

Tema XVII: LA GRAN EXPANSIÓN CRISTIANA DEL SIGLO XIII

Bibliografía: MARTÍN RODRÍGUEZ, J. L.: Manual de Historia de España. 2. La España Medieval, Madrid, Historia 16, 1993.

Autor:Anónimo

El siglo XIII se inicia en la Península con dos hechos de distinto signo y de consecuencias similares:

·La victoria sobre los almohades en Las Navas de Tolosa (1212) que aceleró la disgregación del imperio musulmán norteafricano y posibilitó el avance de castellanos, leoneses y portugueses hacia el sur.
·La derrota y muerte de Pedro el Católico de Aragón en Muret (1213) que obligó a catalanes y aragoneses a renunciar a su presencia en Occitania y buscar expansiones por los dominios islámicos.

A través de dicha expansión los reinos peninsulares acentuaron su incorporación económica a Europa. Castellanos y leoneses, unidos en 1230 y portugueses llevan sus fronteras hasta el Estrecho de Gibraltar y con ello facilitan la navegación cristiana entre el Mediterráneo y el Atlántico, los intercambios comerciales entre las ciudades italianas y flamencas. Las costas de Portugal y de Castilla se convirtieron en etapas de la navegación europea. Los mercaderes activaron la importación de productos de lujo y la exportación de materias primas.

Por su parte, los aragoneses y catalanes ocuparon el reino valenciano. Los catalanes llevaron su expansión a las Baleares desde las que pudieron intervenir en el comercio del Mediterráneo occidental, compitiendo con las ciudades italianas. Sólo Navarra, aislada, permaneció al margen de la expansión de los reinos peninsulares y acentuó su relación con Francia, para librarse de la opresión aragonesa y castellana.

Las nuevas tierras conquistadas en Andalucía y Murcia fueron incorporadas a Castilla-León. El Algarve se uniría a Portugal. En la corona de Aragón, el siglo transcurrido desde la unión acentuó las diferencias económicas, sociales y políticas entre aragoneses y catalanes que actuaron por separado tanto en la conquista como en la repoblación. Mallorca, ocupada por los catalanes estará unida a Cataluña, el reino valenciano fue ocupado conjuntamente por catalanes y aragoneses. Ambos intentarán imponer sus leyes y costumbres. Se haría precisa la intervención del monarca que, para evitar enfrentamientos, crearía un nuevo reino independiente. Unido a Aragón y Cataluña por la corona, pero completamente diferente a éstos.

La procedencia y origen de los repobladores y el destino de los antiguos habitantes de las tierras ocupadas serán decisivos en la historia de las nuevas zonas: castellanos y portugueses, agricultores y ganaderos, colonizarán el campo andaluz, murcianos y del Algarve, sólo Sevilla se transformará en ciudad comercial gracias a la llegada de comerciantes genoveses, catalanes y francos, en Murcia la permanencia de musulmanes conservará la agricultura intensiva, de época islámica frente a la agricultura extensiva castellano-andaluza. Artesanos y mercaderes catalanes se sentirán atraídos por los núcleos urbanos de Mallorca y del litoral valenciano, donde permanecen los huertanos musulmanes. El interior de Valencia, conquistado por nobles aragoneses continuará dedicado a la agricultura y hablará aragonés. El valenciano-catalán será la lengua del litoral.

UNIDAD INTERNA Y DE EXPANSIÓN

La expansión de los reinos cristianos es una manifestación de la superioridad del mundo europeo sobre el africano y oriental musulmán, dividido en sectas e imperios. La expansión cristiana obedece, en muchos caso, a la necesidad de buscar en el exterior una salida a los problemas internos: al rechazo de una parte de la nobleza a la unión de castellanos y leoneses bajo Fernando III. A los enfrentamientos de los monarcas portugueses con la Iglesia, a la rivalidad entre aragoneses y catalanes en el interior de la corona. Los beneficios de los ataques a los musulmanes pueden posponer los problemas y la debilidad de los reinos surgidos de la disgregación almohade permite que el cobro de parias dé paso a la ocupación de ciudades y reinos musulmanes con la colaboración de otros musulmanes vasallos de los reyes cristianos.

1.1 CASTILLA Y LEÓN UNIDOS (EXAMEN)

Los problemas fronterizos que enfrentaban a castellanos, leoneses y portugueses acentuaban la cohesión dentro de cada reino y aumentaban los recelos ante los otros. Hubo algunos intentos de colaboración militar frente a los almohades y se concertaron alianzas mediante matrimonios. Estos tenían como objetivo resolver los problemas de frontera mediante la entrega a los contrayentes de las zonas en litigio, pero en ningún caso se buscaba la unión política de los dos reinos. Cuando las alianzas que servían de base a estos matrimonios se rompían, se buscaba la anulación del matrimonio ante Roma, basándose en el parentesco de las familias reales. Uno de estos matrimonios, el celebrado entre Alfonso IX de León y Berenguela de Castilla, hija de Alfonso VIII, permitía 30 años después reunir de nuevos ambos reinos en la persona de Fernando III.

Muerto Alfonso VIII en 1214, Castilla quedó en manos de Enrique I (1214-1217) bajo la tutela del noble Alvar Núñez de Lara, que actuó como verdadero rey apoyándose en la fuerza económica de su familia y de las órdenes militares. Tres años después de su subida al trono moría Enrique I y la corona pasaba a Berenguela, que cedía sus derechos a su hijo Fernando III, habido de su matrimonio con Alfonso IX de León. Alvar Núñez y los concejos de la Extremadura castellana y de la Transierra se opusieron al nuevo monarca con la colaboración del rey leonés, que aspiraba a recuperar las tierras leonesas arrebatadas por Alfonso VIII y a evitar que la expansión leonesa quedara cortada por Castilla y Portugal. Pero la entrega de algunas plazas y una fuerte compensación económica alejaron al rey leonés. Sin su ayuda Alvar Núñez fue vencido.

La desaparición de los conflictos internos y la presión pontificia, tras la celebración del Concilio de Letrán (1215) hizo centrar la atención en la lucha contra los almohades, debilitados tras la derrota de las Navas y amenazados en África por los benimerines y en Al-Ándalus por nuevos reyes de taifas.

El avance portugués hizo que Alfonso IX intentara, sin éxito, la conquista de Cáceres, que sería ocupada en 1227 durante la guerra civil que siguió a la muerte del Sultán Yusuf II, guerra en la que Fernando III ofreció su ayuda a los jefes militares de Murcia, Córdoba, Granada y Sevilla contra el sultán marroquí, al que opusieron la figura del rey Ibn Hud de Murcia. Las parias pagadas por los musulmanes, permitirá a Fernando III unir León a Castilla en 1230 al morir Alfonso IX, en cuyo testamento dejaba León a Sancha y Dulce, hijas de un matrimonio anterior con Teresa de Portugal; Fernando III y su madre Berenguela compraron la renuncia de las infantas al trono leonés. Así se unieron en 1230 los reinos separados por Alfonso VII 60 años antes.

Esta unión y un acuerdo con Portugal permitieron la acción contra los musulmanes cuyos dominios fueron atacados simultáneamente por los aragoneses de Jaime I. Ibn Hud tendrá que hacer frente a estos ataques y a las sublevaciones de Granada, Sevilla y Valencia que le obligan a comprar los servicios de Fernando III, pero no pudo impedir que Castilla apoyara a Muhammad Ibn Nasr (cabeza de los nazaríes) de Granada y que tropas castellanas ocuparan Córdoba en 1236. A la muerte de Ibn Hud (1238), el rey de Granada extendió su autoridad por Málaga y Almería. Sevilla solicitó apoyo de los almohades africanos; Murcia, amenazada en el S y el O por Granada y en el N por los catalano-aragoneses obtuvo la protección castellana y aceptó el establecimiento de guarniciones militares en los centros más importantes. Poco después se firmaría el tratado de Almizra (1244) por el que se fijaban definitivamente las fronteras entre Murcia y Valencia o entre Castilla y Aragón. Se ponía fin a las vacilaciones de los tratados de Tudillén y Cazorla.

Aseguradas las fronteras en la zona oriental, Fernando III se concentró en la ocupación de Jaén, donde los ejércitos portugueses obtenían importantes victorias. Sitiada la ciudad por hambre, no pudo ser socorrida por Muhammad de Granada que se vio obligado a aceptar la rendición de Jaén (1246) y a declararse vasallo de Castilla para salvar el resto de sus dominios. El vasallaje se tradujo en el cerco por tierra de Sevilla, mientras una flota procedente del Cantábrico dirigida por Ramón Bonifaz impedía la llegada de refuerzos norteafricanos. La ciudad se rindió en 1248. acababa el período expansivo del reino castellano-leonés, en menos de 20 años se había reducido a los musulmanes del reino granadino y limitando la expansión de aragoneses y portugueses, convirtiéndose en el reino más importante de la Península.

El cumplimiento de sus obligaciones vasalláticas hacia Fernando III, permitió a Muhammad consolidar su dinastía, el éxito de las campañas cristianas favoreció a los nazaríes granadinos al refugiarse en el reino los jefes musulmanes vencidos. Es fácil pensar que en los planes de Fernando III se incluía la ocupación posterior de Granada, pero la muerte del monarca en 1252, las dificultades del reinado de Alfonso X y de sus herederos y la insuficiencia demográfica de Castilla permitieron sobrevivir a la dinastía granadina hasta 1492.

1.2PROBLEMAS INTERNOS Y EXPANSIÓN ARAGONESA JAIMEN I (EXAMEN)

La muerte de Pedro el Católico en Muret (1213) dejó el reino en manos de Jaime I, menor de edad, bajo la tutela de Inocencio III, señor feudal de Aragón y Cataluña. El pontífice procedió a organizar el reino devastado por las sublevaciones nobiliarias y arruinado por la mala administración de Pedro el Católico. El conde Sancho, procurador del reino, restableció la paz interior mediante la construcción de paz y tregua, firmó treguas con los musulmanes por 3 años, favoreció a las ciudades de Cataluña eximiéndolas del pago de impuestos hasta la mayoría de edad del monarca y reorganizó las finanzas de la corona por disposición de Inocencio III, quien confió la administración de los bienes de la corona a los templarios: una parte de las rentas, las procedentes de Montpellier, sería destinada al monarca, por haber nacido allí. Los restantes ingresos serían para pagar las deudas contraídas por Pedro el Católico.

Los intentos catalanes de proseguir la política occitana hallaron en todo momento la oposición de los pontífices, que obligaron a las tropas catalano-aragonesas a evacuar la ciudad de Toulouse ocupada en 1217 contra Simón de Montfort. Ante el riesgo de provocar una nueva cruzada que estaría dirigida contra los dominios peninsulares de la corona, obligaron al conde Sancho a renunciar a la procuración del reino, que en adelante será gobernado por los nobles del consejo del rey nombrados por el pontífice. Al desaparecer de la escena política el conde Sancho y debilitarse el poder pontificio por la acción del emperador Federico II, cada consejo actúa como señor independiente en sus dominios procurando ampliarlos sirviéndose de su posición ante el rey para compensar la disminución de los ingresos por el cese de conquistas a partir de fines del XII.

El reino entró en esta época en un período de crisis económica a la que Pedro el Católico buscó la solución más fácil: la acuñación de moneda de mala calidad, que al provocar alteraciones en los precios, agravó más la situación. Los ingresos de la corona estaban empeñados y la nobleza sólo podía aumentar sus rentas mediante la guerra contra los musulmanes o la guerra interior, mientras los almohades mantuvieron su cohesión. Lo mismo que en Castilla y Portugal la expansión hacia el S se debió, en parte, a la necesidad de buscar solución a los problemas internos planteados por los nobles: al dirigir las campañas de conquista y ocupar en ellas a los nobles, la monarquía les facilitaba nuevos ingresos e indirectamente pacificaba el interior.

Los primeros años del reinado de Jaime I estuvieron dedicados a luchar, sin éxito, contra los nobles y a reorganizar las finanzas del reino, comprometiéndose a mantener el peso y la ley de la moneda durante 10 años y ordenando una inspección a cargo de frailes templarios, de la actuación financiera de los oficiales reales. El mantener la estabilidad monetaria significaba una pérdida de ingresos para la monarquía al perder ésta los derechos de acuñación y los beneficios derivados de la disminución del peso y de la ley (con la misma cantidad de metal se acuñaba mayor número de monedas) y la pérdida fue compensada mediante un impuesto, el monedaje, que equivalía al 5% del valor de los bienes muebles e inmuebles de todos los súbditos sin excepción.

La fragmentación del imperio almohade permitió a Jaime I la posibilidad de intervenir en Valencia, pero tanto el asedio de Peñíscola (1225) como un ataque lanzado desde Teruel fue un fracaso, no encontró apoyo de la nobleza de Aragón. Ésta prefería actuar por su cuenta y atacar, como Pedro Ahonés, a los musulmanes, a pesar de las treguas y de las parias que pagaba Abu Zeyt de Valencia. La muerte del noble a manos de los hombres del rey dio lugar a un levantamiento general en Aragón. Las causas profundas hay que buscarlas en el malestar entre los nobles aragoneses por la pérdida de importancia del reino en comparación con el principado y en el olvido o ruptura de los lazos especiales que unían al monarca con los nobles. Tradicionalmente, los nobles estaban obligados a combatir al lado del rey durante 3 días ampliables a 3 meses cuando el noble tuviera del monarca « tenencias de honor» (distritos territoriales) cuya concesión y revocación dependía de la voluntad del rey, hasta que los nobles, durante los años que siguieron a la muerte de Alfonso el Batallador consiguieron que el monarca no pudiera revocar las concesiones sin causa justificada, que no pudiera concederlas a extranjeros y que, si revocaba por justa causa, debería entregarla a los parientes del perjudicado.

Para evitar la conversión en propiedad de las concesiones temporales, los monarcas pagaron los servicios nobiliarios mediante la concesión de « caballerías de honor» ; el rey otorga las rentas de un determinado lugar (en el XIII una caballería equivale a 500 sueldos) o los ingresos de ciertos impuestos a cambio de que el beneficiario sirva con un número de caballeros proporcionado a la cantidad recibida; pero esta política no evitó el convertir en hereditarias las concesiones. El proyecto de recuperar la corona las concesiones indebidamente privatizadas por los nobles fue la causa del levantamiento de la nobleza aragonesa a la que se unieron algunos nobles catalanes dirigidos por Guillén de Moncada, Vizconde de Bearn y señor de importantes dominio en Aragón. La falta de solidaridad entre los nobles y el apoyo al rey de la nobleza catalana permitieron al monarca imponerse en Aragón un año más tarde (1227), pero los acuerdos con la nobleza fueron más una transacción que una victoria de Jaime I: los jefes rebeldes fueron perdonados y recibieron determinado número de caballerías según su importancia. Pese a esto, la oposición aragonesa se mantendrá latente durante todo el XIII y parte del XIV.

Pacificados los dominios aragoneses y catalanes, Jaime I tuvo que atender a los problemas surgidos en el condado de Urgell, sometido a la tutela de los condes de Barcelona. La vieja rivalidad entre los condes de Urgell y los vizcondes de Cabrera por el dominio del condado se acentuó en 1229 al reclamar sus derechos Aurembiaix de Urgell que reclamó el arbitraje del rey; rechazado éste por Guerau y por su hijo Ponce de Cabrera, Jaime los expulsa militarmente del condado que es, cada vez más, una prolongación del condado barcelonés al que está destinado a unirse según el acuerdo de concubinato suscrito por Jaime y Aurembiaix 10 años más tarde (ésta le deja a Jaime I como heredero del condado de Urgell, a pesar de estar casada con Pedro de Portugal).

La importancia política de las ciudades catalanas fue reconocida en 1214 por el Cardenal Pedro de Benevento, al hacer jurar la constitución de Paz y Tregua a los ciudadanos, al eximir a las ciudades de Cataluña de todo impuesto hasta la mayoría de edad de Jaime I y al ordenar que en cada ciudad fueran elegidos, por el consejo del obispo, dos pahers (encargados de mantener la paz). Las reuniones para declarar paz y tregua se celebran en los momentos en que es preciso poner orden en el interior o preceden a las campañas en el exterior como las celebradas en Tortosa (1225) antes de los ataques a Peñíscola o en Barcelona (1228) para preparar la expedición contra Mallorca a instancias de las ciudades catalanas interesadas en mantener e incrementar su comercio, amenazado por competidores mallorquines.

La importancia naval y comercial de Cataluña fue reconocida por el monarca en 1227 al dictar medidas proteccionistas según las cuales ningún barco procedente o que se dirigiera al N de África o al Mediterráneo oriental podría transportar mercancías salidas o enviadas a Barcelona mientras hubiera barcos barceloneses disponibles para efectuar el transporte. Al amparo de estas normas serían construidos en Barcelona nuevos barcos. Esto daría lugar a represalias por parte de los mallorquines a los que se acusa en 1228 de haber capturado naves de mercaderes barceloneses que se ofrecieron al monarca para invadir las Baleares en un momento en el que la división almohade impedía cualquier ayuda al reino balear.

Organizada la campaña en 1229, con participación de los ciudadanos de Marsella y Montpellier, Mallorca se rindió en diciembre del mismo año, Menorca se declaró tributaria del rey en 1231 e Ibiza fue conquistada en 1235.

La conquista de Baleares fue posible por la coincidencia de intereses entre las ciudades costeras, Barcelona ante todo y la nobleza catalana que veía en la guerra exterior la posibilidad de incrementar sus ingresos y recuperar prestigio. En la conquista valenciana, los intereses fueron distintos y a menudo contrapuestos. La conquista interesaba a la nobleza de Aragón deseosa de aumentar sus dominios. Por otro lado, el rey estaba interesado también en la conquista y en evitar un excesivo protagonismo de los nobles; por último, el reino valenciano era para mercaderes y nobles catalanes zona natural de expansión.

Puede admitirse que en la conquista valenciana intervinieron de un lado los nobles de Aragón y de otro el rey, secundado por catalanes y aragoneses de la frontera. La conquista fue lenta, tras un período en el que tomaron la iniciativa los nobles aragoneses (conquista Morella en 1232) y las milicias de Teruel (toma de Ares), el rey se hizo cargo de la campaña y ocupó Burriana en 1233 y con esta ciudad toda la Plana castellonense; más tarde ocuparían la llanura y la huerta valenciana con la capital del reino (1238). Por último incorporaron la zona del Júcar entre 1239 y 1245 (Cullera, Alcira y Játiva).

Aunque las campañas mallorquina y valenciana ocuparon gran parte de los esfuerzos de Jaime I, no por ello se desentendió de la política occitana. Intentó, por medios pacíficos, contrarrestar la presencia de los Capetos en el S de Francia y aunar los esfuerzos de los condes de Toulouse y Provenza, pero no pudo contrarrestar la presencia francesa ratificada por los matrimonios de Luis IX de Francia y de Carlos de Anjou con Margarita y Beatriz de Provenza, respectivamente. Ante la imposibilidad de recuperar Provenza, Jaime I firmaba con Luis IX el tratado de Corbeil (1258) por el que renunciaba a sus posibles derechos sobre Provenza y Languedoc a cambio de la supresión de los vínculos feudales que, teóricamente al menos, unían al conde de Barcelona con el rey de Francia. Corbeil fue el reconocimiento oficial de dos realidades que ambos monarcas consideraban irreversibles.

1.3 NAVARRA SE APROXIMA A FRANCIA

Desde su separación del reino aragonés, los monarcas navarros mantienen una línea de equilibrio entre sus vecinos castellanos y catalano-aragoneses con los que colaboran militarmente (participación en las Navas de Tolosa) y económicamente (préstamos a Pedro el Católico de Aragón), lo que no impide que Alfonso VIII ocupe Álava y Guipúzcoa y corte la posibilidad de expansión hacia el S de Navarra, cuyo rey Sancho VII acentuará las relaciones con el N donde consiguió que le rindieran vasallaje los señores de Tartaix, Agramunt y Ostabat y donde buscó una salida marítima mediante acuerdos con Bayona.

Frente a Castilla, Sancho VII se apoyó en Aragón (Jaime I), firmó un pacto de filiación mutua según el cual el monarca superviviente heredaría los dominios del que falleciera primero (1231). Esto equivaldría a unir de nuevo Navarra y Aragón más Cataluña, pero la unión no interesaba a los nobles navarros quienes al morir Sancho ofrecieron el trono a Teobaldo de Champaña (1234), sobrino de Sancho VII, después de hacer jurar los fueron navarros y a comprometerse a reparar los agravios hechos por Sancho a barones y nobles, que son los que rechazan a Jaime I, quizá porque años antes éste se había opuesto a privilegios de los nobles aragoneses similares a los navarros. También porque Jaime I era impuesto por Sancho VII y los nobles prefirieron elegir ellos mismos al nuevo rey, que les confirmaría los derechos tradicionales de la nobleza navarra.

El predominio de los consejeros procedentes de Champaña y el incumplimiento de los fueros provocaron un levantamiento nobiliario contra el rey, que se vio obligado a pedir ayuda a Roma: en 1235 Teobaldo se comprometió a intervenir en la cruzada. Gregorio IX ordenó que se disolvieran las juntas y hermandades de nobles que impedían al rey partir a Jerusalén, ya que no era posible abandonar el reino mientras persistiera la revuelta. La excomunión contra los rebeldes fue insuficiente y Teobaldo tuvo que pactar, nombrar una comisión encargada de decidir cuáles eran las obligaciones del rey para con los súbditos y las de éstos hacia el monarca. Esta comisión, presidida por Teobaldo y por el obispo de Pamplona e integrada por 10 ricoshombres, 20 caballeros y 10 eclesiásticos, redactó el Fuero Antiguo de Navarra, que regulaba los derechos de los nobles sobre los honores y limitaba la autoridad monárquica.

En el prólogo de este Fuero, los nobles dieron su propia versión de la reconquista y de la creación de la monarquía en los reinos peninsulares: tras la desaparición del último rey godo, los caballeros continuaron combatiendo a los musulmanes y peleando entre ellos por el reparto del botín. Para poner fin a las disputas, acordaron elegir rey a uno de ellos, sometido a normas de conducta previamente fijadas. Así se situaba a la comunidad por encima del monarca, cuyo derecho no derivaba de Dios, como en la monarquía francesa con la que se relacionaba Teobaldo, sino de la comunidad, de sus electores.

Las obligaciones aceptadas por el elegido se concentran en el mantenimiento del derecho tradicional, corrección de las violencias y agravios cometidos por sus antecesores, compromiso de repartir los bienes de cada tierra entre los barones, hidalgos, clérigos y hombres de las villas, de no conceder más de cinco cargos en cada bailía a extranjeros y de no declarar la guerra, paz o tregua ni administrar alta justicia sin el consejo de los ricoshombres. Tras aceptar los acuerdos de 1238, Teobaldo pudo participar en la Cruzada. Fracasaron en Gaza, vuelto a Europa, el monarca continuó la política de atracción de los señores pirenaicos. En los últimos años de su reinado, murió en 1235, tuvo que hacer frente al obispo de Pamplona.

Al iniciar su reinado (1235) Teobaldo II prestó el juramento exigido por los ricoshombres, caballeros, infanzones y representantes de las villas y se comprometió a aceptar hasta su mayoría de edad la tutela de una persona elegida por la comunidad. También se comprometió a mantener la moneda estable durante 12 años. La sumisión de los monarcas navarros se contrarresta mediante la introducción de prácticas jurídicas y de consejeros franceses que practicaron en Navarra los consejos dados por Jaime I a Alfonso X: entendimiento con el poder eclesiástico, del que consiguieron la unción regia, símbolo de que el poder venía de Dios y no de la comunidad. La minoría de edad facilitó un nuevo ataque de los castellanos al que se opondrá el rey de Aragón hasta la firma de la paz de Soria (1256) por el resultado incierto de las campañas militares, por la rebelión contra Alfonso X de los nobles castellanos y por la revuelta de los musulmanes de Valencia y de parte de la nobleza aragonesa contra Jaime I.

Teobaldo consiguió de Roma una bula de disolución de las juntas y hermandades (1264) y junto a San Luis de Francia participó en la cruzada contra Túnez, donde halló la muerte en 1270. El sucesor fue Enrique I, hermano de Teobaldo. Durante su breve reinado (1270-1274) Jaime I se convirtió de nuevo en aspirante al trono navarro y exigió el cumplimiento del testamento de Sancho VII, pero una vez más dificultades internas (sublevación de Fernán Sánchez contra Jaime) salvaron al reino navarro. En el que comienzan a organizarse grupos favorables a la unión con Castilla, a la incorporación del reino a la corona de Aragón y a la alianza con la monarquía francesa: la heredera es Juana, de año y medio, a la que se ofrecen como maridos un nieto de Jaime I o de Alfonso X o un hijo de Felipe III de Francia. El matrimonio en cualquiera de los casos, legitimaría los derechos adquiridos diplomáticamente o por medio de la presión militar.

La guerra civil entre los grupos se inicia en 1274, al morir Enrique. Fue Pedro, hijo de Jaime I el encargado de exponer los derechos aragoneses que se basaban en la unión navarro-aragonesa de tiempos de Sancho el Mayor de Navarra y en los acuerdos firmados por Sancho VII. Jaime I se mostró dispuesto a mantener las libertades y fueros del reino y a preservar la independencia de Navarra; se comprometió a que no coincidiera en la misma persona el título de rey de Aragón y de Navarra: mientras él sería rey de Aragón, su hijo Pedro lo sería de Navarra y cuando éste accediera al trono aragonés, Navarra sería regida por el primogénito del monarca navarro-aragonés. Disposiciones parecidas fueron adoptadas por Alfonso X de Castilla, que renunció a los derechos sobre Navarra a favor de su hijo Fernando.

Jaime I dejó los asuntos navarros en manos del infante Pedro, aceptado como rey en las Cortes de Olite en 1274 tras comprometerse a respetar los fueros; incrementar el valor de las « caballerías navarras» (de 400 a 500 sueldos) y prometer que mantendría las donaciones hachas por los reyes anteriores, que todos los oficiales serían elegidos entre naturales del reino y que durante sus ausencias, el nombramiento de lugarteniente sería competencia de la Curia navarra. El nombramiento no tuvo efectividad, una nueva sublevación de los nobles aragoneses y catalanes requirió la atención de Jaime I y su hijo. Sus partidarios ante la falta de apoyo militar y también ante la actitud del monarca ante los rebeldes se unieron a los partidarios de Fernando de Castilla o a los partidarios del rey francés quien nombró rey de Navarra a su hijo Felipe IV, casado finalmente con Juana. El matrimonio no puso fin a la presión de Alfonso X cuyos partidarios explotaron las diferencias entre navarros y francos de Pamplona: junto a los primeros combatió la mayor parte de la nobleza; junto a los segundos, el senescal enviado por Felipe III, que se vio obligado a solicitar un poderoso ejército para someter a los rebeldes y recuperar el reino. En adelante, Felipe III hará caso omiso de los fueros y gobernará con entera libertad, a pesar de la oposición de la hermandad de las villas y de la junta de hidalgos.

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Última actualización: Agosto 2005
 

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