| ← Tema XI• | •Hª Medieval España • | • Tema XIII→ |
Bibliografía: MARTÍN RODRÍGUEZ, J. L.: Manual de Historia de España. 2. La España Medieval, Madrid, Historia 16, 1993.
Autor:Anónimo
A partir del siglo XI los reinos y condados cristianos salen del relativo aislamiento en que se hallaban y se incorporan a las corrientes política, económicas y sociales europeas; los musulmanes intensifican las relaciones con el N de África, pero éstas cambian de signo: desaparece con el califato el protectorado omeya en la orilla sur del Mediterráneo occidental y Al-Ándalus se convierte en zona de expansión, en provincia de los imperios surgidos en el mundo islámico norteafricano.
Ruptura del equilibrio entre cristianos y musulmanes, inicio de la hegemonía castellana, independencia de Portugal, Navarra y Granada, proyección mediterránea de la Corona de Aragón e integración de los reinos peninsulares en el occidente europeo son los rasgos distintivos del período histórico que se inicia a comienzos del s. XI y termina en los años finales del XIII.
Entre una y otra fecha los territorios peninsulares pasan de una economía exclusivamente agraria a modos de vida en que la industria y el comercio desempeñan un papel cada vez mayor. De una organización feudal localista y personal a un sistema político centralizado en el que el poder se halla compartido entre el monarca, como cabeza, y los dirigentes de la comunidad como miembros del cuerpo social.
Todos estos cambios suponen y son origen al mismo tiempo de un cambio de mentalidad que se reflejará en el paso del arte románico al gótico, en la sustitución del latín como lengua oficial por las lenguas romances y en la aparición de un espíritu laico, distinto pero no opuesto al espíritu religioso de la vida medieval.
El aumento de la producción y de la productividad libera una importante mano de obra que se traslada a las ciudades. Aparecen los mercaderes, pronto se unirán a los mercaderes locales los internacionales. Se instalarán de forma permanente en las proximidades de los centros urbanos y estimularán la creación de industrias que les proporcionan nuevos productos comerciales.
Poco a poco la ciudad recupera su función económica y se transforma en lugar de intercambio, en mercado, en punto de contacto de economías complementarias y en ellas los burgos o barrios donde se instalan mercaderes irá surgiendo un grupo social, el de los burgueses, que accederán al poder político a través de las Cortes, que sustituyen a la Curia u órgano de asesoramiento del monarca, formado exclusivamente por nobles y eclesiásticos.
Paralelamente a las transformaciones económicas tienen lugar importantes cambios políticos y sociales. La inseguridad de los primeros siglos medievales había obligado a los hombres a concentrarse en aldeas o centros semiurbanos, mal comunicados y separados por grandes extensiones incultas, en los que la autoridad del gran propietario era indiscutible aunque todos reconocieran la superioridad teórica del monarca lejano.
A medida que se desarrollan las ciudades, el localismo pierde parte de su razón de ser y se aceptan normas de validez general que poco a poco van sustituyendo al derecho-costumbre local de los primeros tiempos.
Las nuevas realidades exigen normas jurídicas válidas para todo el territorio y los monarcas tratarán de imponer el derecho romano.
La restauración del poder monárquico y el auge de las ciudades no significa la desaparición de la nobleza agraria como fuerza económica, política o social, ya que occidente seguirá dependiendo durante siglos de la producción agraria. El rey no está interesado en destruir a la nobleza porque necesita de sus servicios militares.
En numerosas ocasiones se ve obligado a combatir a los nobles rebeldes pero no actúa contra la nobleza como tal. Tras la victoria mantendrá los derechos económicos del vencido y ampliará su jurisdicción sobre los campesinos aceptando el derecho feudal, aunque aleje a los nobles de los cargos políticos para confiarlos a los juristas.
La Iglesia como institución no escapa a los condicionamientos históricos y se ve envuelta como cualquier otro grupo en la organización feudal: obispos y abades son al mismo tiempo personajes eclesiásticos, grandes propietarios y señores feudales, vasallos-funcionarios que deben fidelidad al rey o conde que les nombra.
La situación experimenta un cambio importante en el 910 cuando el duque de Aquitania, Guillermo el Piadoso funda Cluny y garantiza su independencia espiritual y temporal, poniéndose bajo la protección directa del pontífice romano. Las ideas reformistas de Cluny fueron aceptadas por otros monasterios.
El artífice de este cambio de mentalidad en Gregorio VII, que utiliza a los cluniacenses como agentes de su política de independencia respecto al poder civil. Este Papa demostró la fuerza del poder eclesiástico al obligar a Enrique IV de Alemania a buscar la reconciliación. De este modo, el Papa demostró a obispos y reyes que por encima de ellos está el poder pontificio que aspira a dirigir la Cristiandad y lo conseguirá, en parte, a través de la Cruzada. En principio se dirigen a Jerusalén para liberarla de los musulmanes.
En su desarrollo colaboran reyes, nobles y segundones, interesados éstos en convertirse en sus propios señores de las tierras ocupadas. En la puesta en práctica de las ideas teocráticas, la Iglesia encuentra las mismas dificultades que las monarquías para afianzar su autoridad y reacciona codificando el Derecho Canónigo en la 1ª ½ del XIII.
Desde el XII se crea un sistema financiero en el que participan todas las iglesias de la cristiandad romana: cada una de ellas deberá enviar a Roma parte de sus ingresos. Pero el relativo fracaso de la reforma financiera explica en parte la pérdida de fuerza de las ideas teocráticas. Si en los siglos X y XI los cluniacenses fueron agentes del centralismo pontificio, en el XII y XIII lo serán las nuevas órdenes: cistercienses, dominicos, franciscanos y las universidades que dependen de Roma, aunque en su origen radican las iniciativas del clero local o del poder civil.
Mientras en Europa y la zona cristiana de la Península entran en un período de desarrollo económico y de unidad teórica bajo la dirección del Pontífice, el mundo musulmán se desintegra a comienzos del XI atacado en oriente por los turcos y en occidente por los cristianos y por los nómadas beréberes. Ni los fatimíes ni los omeyas lograron controlar nunca el N de África, dividido entre tribus enfrentadas entre sí y aliadas ocasionalmente a omeyas y fatimíes que actuaban mutuamente de contrapeso para que nadie tenga el control efectivo del N de África.
A lo largo del siglo XI las relaciones tren la Península y el N de África pasa por 3 situaciones claramente diferenciadas:
La expansión almorávide se explica por los ataques de los fatimíes que lanzan sobre el N de África a los hilalíes (del alto Egipto, nómadas) y, de otra parte, la expansión debe mucho al celo religioso de los nuevos conversos al Islam dirigidos por el alfaquí Ibn Yasín.
En 1070 el Magreb será unificado por Yusuf Ibn Tashufin, fundador de Marrakech y verdadero creador del imperio almorávide al que da la estructura administrativa y militar que le permitirá , posteriormente, desembarcar en la Península y reunificar los dominios islámicos. Alfonso X, en la Crónica General de España rinde tributo al jefe almorávide.
La ocupación de Toledo en 1085 por el leonés Alfonso VI puso de acuerdo a los reyes musulmanes en la Península para solicitar la intervención de Yusuf.
Se restaura la ortodoxia y se suprimen los impuestos no autorizados por el Corán. El dominio almorávide sobre Al-Ándalus hacia los musulmanes tibios y hacia los cristianos y judíos se tradujo en su emigración para salvar la vida. Como reacción a la intransigencia almorávide, los cristianos pedirán la ayuda de cruzados europeos y apoyarán a los cristianos musulmanes para que se subleven contra los almorávides.
A pesar del respeto hacia el Corán, Ibn Tumart considera que los almorávides caen en la herejía al interpretar rutinariamente el Libro Sagrado y al no insistir lo suficiente en la Unicidad de Dios, base de la doctrina almohade.
Tumart declara la guerra santa, muere en 1130 y la lleva a la práctica Abd Al-Kumin, que se considera familiar del Profeta y se proclama califa almohade. Obtiene las primeras victorias sobre los almorávides en 1145 al ocupar Orán, Tremecén y Marrakech, más tarde Ceuta, desde donde puede iniciar la conquista de Al-Ándalus. Para ello cuenta con la colaboración de algunos jefes beréberes fieles a los almorávides y con el apoyo de los hispano-musulmanes descontentos.
Desempeñan un papel importante los Hafices, que aprendían de memoria los libros clásicos de la doctrina almohade sobre los que se basaba la administración del imperio.
El imperio almohade es mucho más tolerante que el almorávide, mientras que los primeros siguen el rito malequí, entre los segundos surgen filósofos como Tufail y Averroes, éste se adelanta en más de cincuenta años al pensador Tomás de Aquino.
Para Ibn Jaldun, el imperio almohade pasa por 3 etapas:
El tercer califa Abu Yusuf obtiene la victoria de Alarcos sobre Alfonso VIII de Castilla en 1195. a su muerte, el imperio queda en manos de Abd Allah, cuyas tropas sufrieron la derrota de Las Navas de Tolosa en 1212, con lo que se puso fin al imperio almohade y a la amenaza norteafricana sobre los reinos cristianos de la Península.
La presencia meriní no constituyó una amenaza para los reinos cristianos, ya que éstos se habían fortalecido tras la batalla de Las Navas.
Subir al principio del documento
Última actualización: Agosto 2005
Página alojada en Filosofía.tk