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Bibliografía: MARTÍN RODRÍGUEZ, J. L.: Manual de Historia de España. 2. La España Medieval, Madrid, Historia 16, 1993.
Autor:Anónimo
El mundo islámico es el único centro de importancia comercial y cultural de Europa en los siglos VIII y XI. Córdoba se halla integrada en el circuito económico que se extiende por todo el Mediterráneo, penetra por el centro de África, atraviesa el Mar Negro y llega hasta la India y se relaciona con China (por medio de las caravanas que cruzan las estepas asiáticas) y con la zona del Báltico (a través de los ríos de Rusia). La moneda y los productos de Al-Ándalus dominan los incipientes mercados del norte hasta finales del siglo XII; su civilización es urbana y su cultura, recibida de Oriente, enlaza con el mundo griego y llega a metas que la Europa cristiana sólo conocerá a partir del XIII. Córdoba y con ella los dominios musulmanes en Europa (Sicilia y sur de Italia), transmiten a occidente el saber clásico que unido al pensamiento cristiano configuran la Europa medieval.
Las características más importantes de la economía islámica son:
Las ciudades existentes desde la época visigoda recibieron nueva vida al integrarse en el circuito comercial islámico. Entre ellas hay que distinguir 4 tipos:
Casi todas están amuralladas y poseen una mezquita cerca de la cual se sitúa el zoco o barrio comercial mientras en los arrabales se sitúan las dependencias artesanales
Zoco es el mercado permanente o periódico que puede tener lugar en cualquier calle, aunque generalmente se realiza en las plazas y sobre todo en las proximidades de la mezquita mayor de cada ciudad. Los mercaderes se agrupan por profesiones, vendiendo sus productos en lugares diferentes; así, los productos más importantes (drogas, especias y perfumes) se vendían en calles próximas a la mezquita mayor y sastres, vendedores de telas, zapateros, carniceros, pescadores, vendedores en general de productos alimenticios, cambistas, vendedores de púrpura, mercaderes de esclavos y alfareros se sitúan en lugares céntricos y de paso obligatorio.
Las ventas se realizan en tiendas permanentes o en tenderetes provisionales diariamente instalados. Junto a los mercaderes privados poseen tiendas las mezquitas y el Estado, que se reserva en régimen de monopolio la instalación de tiendas y depósitos para la venta de seda y productos de lujo, en locales llamados alcaicerías.
Este mercado se halla controlado por el almotacén o zabazoque, cuyas actividades eran:
Dentro de la producción musulmana hay que distinguir la que se destina al consumo interno (productos alimenticios y textiles, fundamentalmente) y la producción de lujo destinada a la exportación.
La industria textil y sus anejas (cardado, hilado, tinte y apresto) fueron sin duda las más importantes de la España islámica. Se trabaja el lino, el algodón y la lana para vestidos, mantos y tapices; el cuero y las pieles dan trabajo a curtidores, pergamineros y zapateros; el esparto para la fabricación de esteras y cestos. La industria de lujo se centra en Córdoba, Murcia y Baeza (fabricación de tejidos de Seda), Zaragoza (preparación de pieles), Calatayud y Málaga (objetos de cerámica y vidrio). Esta industria surge en Al-Ándalus a imitación de los artículos llegados de oriente a la corte del emir desde la época de Abd al-Rahmán II, que se preocupó no sólo de obtener los mejores artículos para su residencia sino también de atraer a los artesanos capaces de fabricarlos y de crear talleres en Andalucía.
Entre las industrias que no cuentan con grandes instalaciones sino con una multitud e pequeños talleres artesanos hay que señalar la alfarería, el trabajo del vidrio, la fabricación de armas y las industrias de la construcción. La pesca en la costa andaluza da trabajo a una parte importante de la población y lo mismo ocurre con el trabajo de la madera; objetos de lujo cuando se trata de madera de gran calidad destinada a los mimbares de las mezquitas, de obras de marquetería con incrustaciones de nácar o marfil y de artesonados; y de madera corriente destinada ala construcción naval.
Dentro de la minería, el mercurio (como ahora) procedía de las minas de Almadén y Al-Ándalus extraía:
El gran desarrollo urbano e industrial del Islam peninsular no habría sido posible sin la existencia de una agricultura próspera en cuyo desarrollo los musulmanes apenas innovaron, aunque si perfeccionaron las técnicas conocidas, especialmente en lo referente al almacenamiento de agua y a su transporte por medio de cisternas, acueductos, canales, presas, utilización de aguas subterráneas, etc., tanto la presa o azud como la noria o rueda persa o el qanat o pozo horizontal para concentrar las aguas subterráneas y llevarlas a la superficie por gravedad, se difunden (primero se inventan en Persia, se difundirán por el Mediterráneo bajo el dominio de Roma y serán los musulmanes los que perfeccionen la técnica e intensifiquen su uso) de manera especial en Al-Ándalus que se convierte en un nuevo centro de difusión hacia el N de África y más tarde hacia América.
El tipo de cultivo, en secano o regadío, condiciona la vida rural y el régimen de propiedad de la tierra: en zonas de secano la población es concentrada y existen grandes latifundios; en comarcas de regadío la población es dispersa y la mediana o pequeña propiedad practican un cultivo intensivo.
El trabajo lo realizan campesinos beréberes o de origen hispanogodo generalmente convertidos al Islam. Las formas de contrato difieren según la naturaleza de la producción:
Dentro de los tipos de cultivo hay que distinguir:
·La ganadería musulmana es poco conocida. Sólo se sabe que los animales más preciados eran el caballo de guerra, la mula, el asno de carga y la oveja por su carne y su lana. La presencia de los beréberes, ganaderos, servía para mejorar las razas equina y ovina. Ésta última pudo practicar ya en época califal una cierta trashumancia que le permitía aprovechar mejor los pastos. Entre los animales de tiro no faltan los camellos y cuando los sirios llegan a la Península traen consigo búfalos, de origen indio. Relativamente importante es la cría de pollos y de pichones (la paloma es utilizada como correo). Está muy extendida la apicultura y a pesar de las prohibiciones coránicas, sigue consumiéndose la carne de cerdo.
El consumo interno en Al-Ándalus se basa en la producción urbana y agrícola que son a la vez objeto de un activo comercio de exportación que permite obtener los productos y la mano de obra que los musulmanes peninsulares no poseen.
Sin duda, el comercio más importante es el de los esclavos a los que se encomienda el trabajo en las minas, el servicio doméstico del emir o califa y de los grandes dignatarios a los que sirven como concubinas, criados, eunucos del harén, cantores, músicos y soldados.
En Europa, además de esclavos se obtienen pieles, madera para la construcción naval, metales y armas a cambio de algunos productos de lujo, pagándose la diferencia en oro y plata. La madera se traía de Europa debido a la escasez de bosques en la zona controlada por el Islam y estar los existentes alejados de la costa, cosa que generaba grandes dificultades al desarrollo de la industria naval. La madera llegará por mar a los astilleros de Almería y Tortosa, donde se construyen los barcos mercantes y de guerra que no siempre permiten diferenciar las actividades comerciales de las prácticas: a raíz de los primeros ataques vikingos, los emires crean una flota de guerra cuya fuerza se intensifica durante el período califal; en el navío de guerra se distingue claramente entre el caid o jefe militar y el rais o marino encargado de dirigir la navegación.
Los mejores clientes de los productos de Al-Ándalus son los reinos cristianos de la Península y el oriente musulmán: pañuelos de seda de Guadix, telas de lino de Pechina y Zaragoza (con importante industria peletera basada en pieles de castor y de marta) y los excedentes de todas y cada una de las industrias de Al-Ándalus.
El comercio es posible gracias a la existencia de una moneda universalmente aceptada. En principio, los musulmanes se limitan a aceptar las monedas de valor comercial empleadas en los territorios conquistados, que serán sustituidas por el dinar de oro y el dirhem de plata acuñadas por los omeyas a finales del VII. En Al-Ándalus, los musulmanes utilizaron, al igual que los cristianos, la moneda visigoda y los dinares y dirhems omeyas y abasíes llegados a la Península a través de los intercambios comerciales. La acuñación propiamente hispánica no se generaliza hasta los años de Abd al-Rahmán II al que se debe la emisión sistemática de monedas de plata pues, pese al botín conseguido en la conquista y puesto en circulación por los musulmanes, Al-Ándalus se ve afectado en el siglo VIII y parte del IX por la escasez de oro y sólo se acuñan monedas de cobre y plata hasta que Abd al-Rahmán III interviene en el N de África contra los fatimíes. Entra en contacto con las rutas caravaneras del oro sudanés y acuña las primeras monedas de oro, ha en el año 929. El oro se va a sobrevalorar quizá por su escasez y por su mayor prestigio comercial y público.
Las acuñaciones hay que relacionarlas, de una parte con el aumento del comercio que exige una mayor cantidad de moneda circulante y de otra con la desaparición del peligro abasí y el afianzamiento de los omeyas.
La ceca principal se instala en Córdoba y se traslada a Medina Azahra cuando Abd al-Rahmán elige este palacio como residencia (948) y centraliza los servicios estatales. Es de suponer que cuando Almanzor traslada la administración a Medina al-Zahira instale allí la ceca.
La limosna legal zakát es después de la entrega a Dios y a la oración el tercer pilar u obligación del Islam. Con el tiempo llegó a ser el único impuesto legal del Islam. Con el primer califa perfecto se convirtió en un impuesto sobre el patrimonio. Se pagaba en especie y en metálico no gravando los bienes inmuebles (sólo los productos provenientes de la agricultura, ganadería y comercio). También gravó los capitales. Equivalía a un diezmo, pero dependiendo del bien a gravar podía reducirse y tomaba el nombre de usr. Las gentes del libro (dimmíes) pagaban dos impuestos: territorial y personal. El 1º se denominaba jaray se pagaba anualmente. El arriendo fue la forma más típica de recaudación. Existían varias categoría de jaray: sobre la tierra, en especie, etc. Con el tiempo este impuesto territorial acabó haciéndose extensivo a los musulmanes o mejor a los propietarios de las tierras. El 2º impuesto, personal o de capitación, denominado yizya, tenía su origen en el contrato de dimma o protección y era el precio que se pagaba por habitar en tierra islámica. Las mujeres, niños, esclavos, enfermos entre otros no lo pagaban. Podía hacerse en metálico o en especie de forma escalonada a lo largo del año. Con el tiempo casi todos los impuestos se acabaron pagando en metálico. Aparte estos impuestos legales hubo impuestos extraordinarios que solían gravar bienes inmuebles o transacciones comerciales. Uno de los más conocidos en Al-Ándalus fue la qabala origen del impuesto castellano alcabala.
Una parte de los recaudado por ellos se destina a atender las necesidades locales. De todos los ingresos, el Estado atesora la tercera parte, destinada a gastos extraordinarios, como por ejemplo, los que supusieron la creación de Medina Azahra (trescientos mil dinares cada año que llevó su construcción y fueron 25).
La población de Al-Ándalus no es homogénea, de ella forman parte:
La coexistencia de una economía urbana con la rural hará aún más complejo el esquema social de Al-Ándalus. Por razones prácticas se estudia la sociedad hispano-musulmana en razón de sus diferencias.
Frente a la versión clásica que habla de una rápida fusión de conquistadores y conquistados, hay otra que habla de la existencia de dos sociedades yuxtapuesta y claramente diferenciadas: la sociedad indígena y la sociedad árabe-beréber, situación que explicaría las grandes revueltas de fines del siglo IX y comienzos del X, del mismo modo que la organización tribal de los conquistadores ayudaría a comprender los continuos enfrentamientos entre musulmanes, pues árabes y beréberes no llegan a la Península a título individual sino como miembros de grupos tribales organizados. En este tipo de sociedades, la fuerza del grupo aumenta cuando disminuye la del grupo rival y la historia política de Al-Ándalus aparece llena de disputas tribales entre árabes qaysíes y yemeníes y entre beréberes, igualmente divididos entre sí y unidos por lazos tribales.
Son los llegados a la Península durante los años de conquista, los integrantes de los chuds sirios que vienen a combatir a los beréberes y los compañeros de Abd al-Rahmán I. Todos sin excepción y sea cual sea su clan o tribu actúan en Al-Ándalus como una verdadera aristocracia que:
Los enfrentamientos entre qaysíes y yemeníes (historia del emirato dependiente) no impiden que por encima de las diferencia tribales todos se consideren árabes, es decir, privilegiados y juntos combaten a sus principales enemigos los beréberes.
Un grupo especial de árabes lo forman los orientales que llegan a la corte de Córdoba atraídos por Abd al-Rahmán II cuando éste intenta emular a los califas de Bagdad y rodearse de literatos, músicos y hombres de ciencia procedentes de oriente que no tardan en fundirse con la aristocracia árabe. Entre estos orientales cabe recordar a Ziryab, igualmente importante es el califato de al-Hakam II por la llegada de orientales (en nº de estos inmigrados no militares fue siempre reducido y nunca constituyeron un grupo social aparte). A estos orientales se debe la orientación de Al-Ándalus y un resurgir intelectual que dará sus mejores frutos en las taifas.
La convivencia en las ciudades con los hispano-musulmanes, la progresiva hispanización cultural de los árabes e islamización de los hispanovisigodos, la comunidad de intereses entre los invasores y los dirigentes visigodos convertidos al Islam y el aumento de las conversiones al Islam a lo largo de los siglos IX y X, rompieron las barreras existentes hasta el punto que en la época final del califato no existían diferencias entre la aristocracia de origen árabe y la de procedencia hispanogoda, aunque siempre mantuvo el prestigio árabe. Hispanos y árabes actúan unidos cuando se trata de oponerse a quienes les disputan el poder: beréberes, mercenarios y esclavos.
Son los beréberes norteafricanos, los numerosos esclavos de la corte y los muladíes.
El mundo islámico recurre a la mano de obra esclava desde los lejanos tiempos preislámicos y Al-Ándalus no es una excepción. Comprados en principio o reducidos a esclavitud para atender las necesidades del trabajo agrícola e industrial, a medida que la sociedad islámica se hace más compleja, el comercio de los esclavos se convierte en una especialidad y la importación se hace más selectiva con el objeto de surtir los harenes de mujeres, eunucos y servicio doméstico y de proporcionar soldados al ejército califal.
La importancia de las concubinas de los emires y califas es extraordinaria y en muchos casos llegan a intervenir en política. La suerte de los esclavos declinaba con la edad y sólo podían aspirar a la libertad y a una situación digna tras la muerte del soberano si le habían dado un hijo. Además la mayor parte de las mujeres recluidas en los harenes no eran concubinas sino esclavas encargadas del servicio doméstico.
Entre los esclavos, los eunucos gozaban de una situación especial debido a la confianza depositada en ellos por sus dueños, especialmente por los emires y califas, que no se limitaron a dejar en sus manos la custodia del harén sino que, en ocasiones, les pusieron al frente de los organismos civiles y militares por su preparación. Los servidores del califa están dirigidos por dos esclavos o eslavos, llamados los grandes oficiales (jefes de la casa civil y militar del califa).
Hispanos convertidos al Islam que participaron activamente en las revueltas que se desencadenaron contra el poder cordobés durante el sigo IX. Entre ellos pueden distinguirse dos grupos claramente diferenciados:
Los conversiones fueron numerosas entre los trabajadores del campo, abandonados religiosa y culturalmente por el clero visigodo, paganos de hecho, a los que daba igual una religión que otra. Si prefirieron el Islam se debió a las ventajas sociales y económicas que ofrecía a sus adeptos: supresión del impuesto territorial y personal y liberación en el caso de esclavos, al menos en teoría. En las ciudades, la mayor preparación cultural, el hecho de que no les afectara el impuesto territorial y la influencia de los clérigos, de los monjes especialmente, limitaron el nº de conversiones al menos hasta la 2ª ½ del IX, pero la instalación en los centros urbanos de la nobleza árabe y la emigración constante de campesinos islamizados hicieron que los mozárabes se encontraran en minoría aunque su situación social y económica fuera en muchos casos superior a la de los muladíes, al menos hasta mediados del IX, es decir, mientras los emires tuvieron necesidad de utilizar sus servicios como administradores culturalmente preparados.
Debido a las influencias religiosas sufridas por su fundador, el Islam acepta dentro de la sociedad a cristianos y judíos por considerar que unos y otros poseen una parte de la verdad revelada. Pero no tan sólo motivos religiosos son los que llevan a esta tolerancia: en vida del fundador existen en Arabia poderosas comunidades judías que no pueden ser suprimidas y la conquista de los dominios bizantinos incluye dentro de los dominios islámicos una masa de población cristiana muy superior a la de los propios árabes y más preparada que éstos, a los que sirven como administradores y organizadores de los territorios conquistados.
Aunque tolerados, los miembros de las religiones bíblicas no son iguales a los musulmanes, son sus protegidos y, como tales, pueden conservar la religión y costumbres siempre que renuncien a ciertos derechos. A partir de entonces sobre la población cristiana recae un impuesto territorial por cada unidad de superficie y un impuesto personal cuyo importe varía según las fortunas y que pagan los varones entre 20 y 50 años. A estos impuestos legales se añaden durante los siglos IX – X las contribuciones extraordinarias, que son exigidas también a los musulmanes. La comunidad cristiana como tal gozó de autonomía y en cada centro urbano tuvo sus propias autoridades: condes, recaudadores del impuesto o exceptores y jueces que regulan los conflictos entre cristianos de acuerdo con el antiguo derecho visigodo. Los miembros más influyentes de la comunidad son utilizados por los emires y califas que les confían misiones como la dirección de la guardia palatina o la administración de bienes o embajadas.
La consideración social de los mozárabes estuvo favorecida por el alto nivel cultural de algunos de sus miembros si se les compara con los árabes y beréberes invasores. Pero a medida que la cultura islámica oriental arraiga en Al-Ándalus, los mozárabes pierden importancia y se inicia un proceso de arabización de los cristianos.
Contra ésta islamización creciente en el vestido, en la cultura e incluso en la religión reaccionaron los mozárabes intransigentes dirigidos por Eulogio y Álvaro que serán desautorizados por el sínodo episcopal convocado a instancias del emir, el endurecimiento de la situación y el desprestigio cultural de los cristianos y de sus sacerdotes en la sociedad cordobesa no debieron ser ajenos a la emigración mozárabe hacia los reinos del norte, limitada al elemento clerical-monástico. Los mozárabes conservaron su organización eclesiástica y se mantuvieron las sedes metropolitanas de Toledo, Mérida y Sevilla, aunque el emir o el califa se reservan el derecho de aprobar los nombramientos de obispos y metropolitanos. La jerarquía eclesiástica se sometió a los musulmanes y colaboró con ellos.
Están sometidos a las mismas normas que los cristianos, pero parece seguro que su colaboración inicial con los musulmanes y el papel económico desempeñado les aseguraron un lugar privilegiado, aunque es de suponer que hubo muchos simples trabajadores, lo que se conocen son mercaderes, artesanos especializados, médicos, filósofos, hombres de letras. Algunos desempeñan misiones de gran importancia como el médico-poeta-diplomático Abu Yusuf que supo extraer para su país las aguas de las fuentes de la ciencia oriental e importar los tesoros de la sabiduría desde todas las ciudades lejanas.
Mientras en gran parte del Islam se crean nuevas ciudades, en Al-Ándalus los musulmanes se limitan a desarrollar los centros antiguos, reducidos al papel de sedes episcopales y de residencia de funcionarios. Ciudades creadas en la Península fueron Almería y Alcacer do Sal orientadas al comercio mediterráneo y atlántico, respectivamente. Otras ciudades surgidas en los siglos IX – X no tuvieron sino finalidad militar. El modo de vida urbana supone la existencia de grupos especializados, que terminan diferenciándose socialmente no sólo por su riqueza sino también por las funciones que desempeñan y que son, a menudo, la base de su situación económica. Entre los grupos privilegiadas la Jassa se distinguen:
Aunque textos musulmanes sólo distinguen entre la jassa y la amma (pueblo llano), entre ambos se sitúa en la escala social el grupo de los hombres de religión y leyes, los intelectuales, los mercaderes acomodados, algunos artesanos de las industrias especializadas, los pequeños funcionarios, los magistrados subalternos, los judíos y los cristianos.
En cuanto a la distribución de la riqueza, sin duda, los beneficios están mejor repartidos que en la Europa cristiana y el gran beneficiario del desarrollo es el Estado, pero los nuevos ingresos se gastan en donativos, más o menos voluntarios, destinados a atraerse a la benevolencia de superiores e inferiores, en gastos de prestigio y en actividades militares. A través de estos mecanismos se opera una redistribución de la riqueza acaparada por el Estado, pero no se crean nuevas riquezas y los beneficiarios directos son los miembros de la aristocracia, los jefes del ejército, que a comienzos del siglo XI usurparán los poderes del califa y crearán sus propios Estados semejantes a los señoríos de la Europa cristiana y como ellos obligados, para sobrevivir, a incrementar la presión sobre los vasallos para disponer de recursos que les permitan reclutar ejércitos numerosos o pagar los tributos exigidos por enemigos poderosos.
La costumbre del regalo se mantiene en todos los niveles de la sociedad a lo largo del período: poetas, cantores y esclavos recibieron de emires y califas fastuosos regalos, y no menores fueron concedidos a los jefes militares o a los encargados de la administración. Las descripciones del lujo desplegado en la recepción de embajadores, en la construcción de edificios destinados al culto y de los palacios reales con prueba suficiente de la importancia de los gastos de prestigio.
A las recepciones propiamente dichas seguía un torneo poético similar al que anualmente tenía lugar el día de la fiesta de la Ruptura del Ayuno, fecha en la que el califa se mostraba en todo su esplendor, rodeado de los altos funcionarios y concedía audiencia a cuantos significaban algo el Al-Ándalus. Estas recepciones multitudinarias exigían edificios acordes con la magnificencia del acto y con la importancia del príncipe.
Destinado un tercio de los ingresos al palacio califal y el segundo a los gastos de la administración, el ejército absorbía el tercio restante. El ejército aporta importantes ingresos a través del botín y absorbe cantidades mayores por lo que es, en definitiva, uno de los beneficiarios del desarrollo económico de Al-Ándalus.
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Última actualización: Agosto 2005
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