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Bibliografía:M. Eliade, Tratado de historia de las religiones, Cristiandad, 1981
Autor: M.A
Todo hecho mágico religioso es bien una cratofanía, una hierofanía o una teofanía, todas mediatas, y generalmente situadas en objetos. Uno de estos objetos donde se sitúan de forma generalizada hechos mágicos son las piedras, que a través de ciertos simbolismos se ven como fetiches de carácter mágico o religioso (cratofanías e hierofanías). La piedra de Jacob, por ejemplo es sede de una hierofanía, (visión mística). Otras piedras serán consideradas hierofanías por su forma o color, como el jade en China, que se considera que es la encarnación del yang, y se le atribuyen ciertas virtudes, o como las perlas, que son hierofanías desde la prehistoria, y consideradas en China como hijas de la luna (yin), constituyéndose como centros cosmológicos la perla en la India, simboliza la luna y se usa como panacea, es decir como remedio físico contra cualquier envenenamiento. La degradación sufrida en estos elementos (perlas, jade) en concreto resulta interesante por la asimilación del valor religioso-mágico al valor económico-ético.
El origen y carácter sagrado de la perla por ejemplo, es absolutamente metafísico. Se da la necesidad de tener conciencia de los ciclos cosmológicos. Hay interpretaciones múltiples que origina degeneraciones variadas, como la identificación del lapislázuli con Sin, el dios de la luna en Mesopotamia, o el jaspe, fan ginecológica asociada ala "ruptura en el vientre", o el Lithos Selenites de Dioscorides, considerada la piedra del amor. La "piedra de la serpiente" (extraída de las babas, la piel, los ojos, proviene de mitos arcaicos) suelen representar guardianes de la vida (especialmente de tesoros). La vinculación primaria a un carácter absoluto va degradando su dignificado, otorgándole carácter medicinal. Mágico. Algunas de ellas proceden efectivamente de cabezas de serpientes, aunque generalmente no lo sean.
Los símbolos pueden verse sometidos a procesos de racionalización, degradación e infantilización; en este último caso pueden distinguirse dos características claras, por un lado las múltiples ramificaciones y por otro los estigmas del proceso de infantilismo. El simbolismo culto se pone al servicio de las capas inferiores de la sociedad (degradación) lo que da lugar a la interpretación no docta, "pueril", separada de lo que forma parte. Puede observarse tanto en sociedades primitivas como civilizadas la coexistencia de simbolismo coherente con simbolismo e infantilizado.
El símbolo es una prolongación de la dialéctica de la hierofanía. Independientemente de su procedencia anterior o posterior de la forma histórica de su divinidad. La hierofanía es, a través del símbolo prolongación del sentimiento religioso. Su "contagio" a todo el campo semántico-simbólico cercano intensifica esta vivencia y ocasiona sentimientos de unidad. En tal sentido vemos (coherencia de los signos) como las variantes hierofánicas en forma de símbolos se articulan en una estructura general que se despliega en articulación de las diferentes esferas de la realidad. También en este sentido de puede hablar de una lógica del signo.
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Última actualización: Mayo 2006
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