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Síntesis de Crombie y Geymonat. Autor: JDP
El único campo de investigaciones en el que los griegos reconocieron sin reticencias la función decisiva del recurso a la experiencia fue el de la medicina y, en general, el campo de las investigaciones biológicas.
Antes de exponer algún dato sobre el nacimiento de esta ciencia (segunda mitad del siglo V) será oportuno recordar (aunque sea con detalles esquemáticos) los resultados alcanzados en épocas anteriores.
Alcmeón de Crotona vivió en el círculo de los discípulos de Pitágoras e hizo el notable descubrimiento de que el centro de la vida orgánica y mental está localizado en el cerebro. En el campo propiamente médico, sin embargo, aún no había salido de las consideraciones genéricas, y afirmaba, por ejemplo, que la salud es la armonía de los contrarios. También Filolao y otros filósofos se habían ocupado de medicina, como interesantísimo campo de aplicación de sus principios muy generales sobre la naturaleza. Por ejemplo, Filolao, atribuyendo una importancia particular al número 4, había intentado deducir a priori que los órganos principales del hombre debían ser cuatro (reproductor, ombligo, corazón y cerebro); Empédocles, en cambio, sobre la base de su teoría de los elementos, había propuesto el siguiente esquema general de terapia: si en un organismo se nota algún exceso de un elemento, hay que intentar compensarlo con el elemento contrario (si un hombre tiembla y le gotea la nariz, tiene dentro de él demasiado frío y demasiada humedad; por lo tanto hay que curarlo con el calor y la sequedad). Si bien lograron innegablemente realizar algún descubrimiento digno del atributo de "científico", los pensadores citados siguieron siendo demasiado filósofos, demasiado teóricos, como para iniciar una verdadera ciencia médica.
En contra de ellos, en un plano opuesto pero también no científico, operaron los Asclepiades (sacerdotes de Esculapio), que curaban a los enfermos con prácticas secretas cargadas de elementos supersticiosos y charlatanerías.
La ciencia médica griega tuvo sus inicios en una lucha en dos frentes, contra la superstición sacerdotal y contra la generalidad filosófica; y esto es lo que le permitió ser al mismo tiempo racionalista y amante de la experiencia, o sea, verdaderamente científica. Nació en la isla de Coo, donde en el siglo VI floreció una celebre escuela de medicina que se debió principalmente a la obra de un hombre: el sumo Hipócrates, nacido en 470 y murió en el 370 aproximadamente.
¿Qué es para Hipócrates la ciencia médica? No deducción abstracta de principios a priori; no disciplina meramente práctica, sino verdadero conocimiento inductivo, o sea, conocimiento logrado por centenares y centenares de precisas observaciones clínicas realizadas no por una sola persona, sino por varias generaciones de escrupulosos médicos.
Por lo tanto es método rigurosamente empírico; y está lejos, por eso mismo, de todo esquematismo que descuide la diferencia concreta entre un caso clínico y otro. En el cumplimiento de la cura (enseña Hipócrates) el médico nunca deberá olvidar que tiene frente a él no sólo el cuerpo del enfermo, sino toda su personalidad, diferente de un individuo a otro. Por lo tanto no puede existir la ilusión de curarlo con una terapia idéntica para todos, sino que deberá encontrar la manera, para cada caso, de emplear en su trabajo la misma personalidad del enfermo, obedeciendo la colaboración indispensable para la victoria sobre la enfermedad.
El carácter científico de la medicina de Hipócrates es, pues, evidente: se movía en un plano netamente superior al comúnmente usado por los "físicos" de la misma época. Si no obtuvo todos los resultados que podíamos esperar de su justo planteo, ello depende precisamente de no haber encontrado el mismo elevado nivel en las ciencias que hubieran debido colaborar con él. Baste con pensar que el médico hipocrático no tenía termómetros, ni lentes de aumento, ni probetas, ni todos los aparatos de auscultación que la química y la física moderna proporcionan a su colega actual.
Por extraña suerte el Corpus hyppocraticum, que reunía cerca de sesenta tratados del maestro y de su escuela, no se perdió como tantas otras obras de la antigüedad. Durante milenios, constituyó la base de toda enseñanza seria de medicina, y tuvo un lugar bien definido, en los siglos XVI y XVII, en el renacimiento de esa importante ciencia. Es un documento que con todo derecho se considera una de las mayores glorias de la cultura griega.
Las investigaciones biológicas de Aristóteles son el fruto de largos y precisos estudios que realizó en colaboración con sus discípulos, en los doce años de dirección del Liceo; pertenecen, pues, al periodo de la más completa madurez y expresan intereses radicalmente diferentes de los que habían guiado a Aristóteles en la construcción de teorías físicas.
Sin duda antes que él los griegos habían realizado varias indagaciones de carácter biológico, pero Aristóteles dio a las mismas un planteamiento nuevo, además de una amplitud y una sistematicidad antes desconocida. Baste con recordar que en sus obras de biología Aristóteles nos habla de unas quinientas especies animales, no pocas de las cuales estudiaba directamente con vivisecciones anatómicas, dibujos de los órganos, etc.
¿A qué resultados llevan estas investigaciones? A muchos y verdaderamente notables, aunque junto a los resultados justos encontramos a menudo grandes ingenuidades y a veces graves errores (por ejemplo, el de haber indicado el corazón como el lugar de las sensaciones, rechazando el parecer de Alcmeón que ya ciento cincuenta años antes había indicado que ese lugar era el cerebro; o el de haber creído en la generación espontánea de algunas especies inferiores). Entre los resultados más dignos de mención recordemos: el haber reconocido que los cetáceos son mamíferos; el haber descrito con precisión el desarrollo del embrión del pollo; el haber descrito las cuatro secciones del estómago de los rumiantes; el haber realizado informes rigurosos sobre la rana pescadora, sobre el torpedo marino, sobre las costumbres de las abejas; el haber descubierto algunos aspectos muy singulares de la copulación de los cefalópodos, etc. Pero el resultado de mayor importancia fue la definición de una escala natural de los seres vivos, que nos da el método de clasificación de todos los animales y que siguió siendo insuperable hasta los descubrimientos de Linneo. Se basa en dos principios fundamentales: el de la correlación de los órganos, por la cual la modificación de un órgano en un tipo de animal dado (respecto de otros tipos) repercute en la estructura de todo el cuerpo; el y de la continuidad de las especies vivientes, por el cual en el reino animal se pasa de las especies más perfectas a las menos perfectas a través de una serie continua, sin vacíos o saltos intermedios. Aristóteles considera estas especies inmutables, sin posibilidad de evolución de una a otra.
A pesar de errores y deficiencias aún graves, el balance de las investigaciones biológicas realizadas por Aristóteles en el Liceo sigue siendo sin ninguna duda, positivo; y más positivo aún si a los resultados personales de Aristóteles, que conciernen al reino animal, agregamos los logrados por Teofrasto en el ámbito del reino vegetal. Constituyen un patrimonio científico de primer orden, que merece sin más ser colocado entre las grandes conquistas del pensamiento griego.
Los médicos de Alejandría fueron los herederos directos de la gran escuela de Coo, o Cos; pero también en medicina aplicaron su aguda tendencia a la especialización, de manera que encontramos en ellos, por primera vez, la subdivisión en el trabajo del cirujano, el del ginecólogo, el del odontólogo, etc.
Los mayores descubrimientos se realizaron en el campo de la anatomía, estudiada directamente con cadáveres humanos. Con ella están relacionados los nombres gloriosos de Herófilo de Calcedonia y de Erasístrato de Ceos, que vivieron ambos en la primera mitad del siglo III a. C.
Sin entrar en detalles de sus investigaciones basta recordar que el mejor trabajo de Herófilo fue un amplio estudio sobre el cerebro (por desgracia sólo tenemos testimonios indirectos, dado que su obra se perdió). No sólo corrigió el error de Aristóteles, que había atribuido al corazón las funciones del cerebro, y volvió a la vieja teoría de Alcmeón, sino que además consiguió resultados nuevos verdaderamente notables: describió con mucha exactitud anatómica las meninges: distinguió el cerebro del cerebelo; estudió los senos cerebrales llamados luego "torculas Herophili"; subdividió los nervios en motores y sensores, etc. Se ocupó del sistema circulatorio, del aparato genitourinario, del intestino (a él se debe el nombre de duodeno). Su medicina tenía una neta impronta empírica y estaba casi libre de prejuicios teóricos.
Erasístrato se ocupó en profundidad no sólo de anatomía sino también de fisiología, empezando a tratarla como objeto separado de investigación. Hizo extensos estudios sobre el sistema vascular del hombre y de los animales; describió la aorta, la aorta descendente, la arteria pulmonar, etc. Pero cayó en el error de suponer que existen vasos para el "espíritu vital", que identifica con el aire. Fue uno de los mayores diagnosticadores de la antigüedad.
En Roma la medicina empezó a ser practicada con cierta seriedad en el siglo I a. C. con la llegada de Asclepiades, que provenía de Bitinia. No puede decirse que fuera un gran científico (su interpretación de los fenómenos biológicos estaba basado en un genérico materialismo de cuño epicúreo y sus métodos de cura consistían sobre todo en la prescripción de baños, masajes, gimnasia, dieta...), pero tuvo el mérito de hacer que surgiera en el ambiente romano un vivo interés por estos estudios. Baste recordar, para confirmarlo, la obra De re medica compuesta en el siglo I d. C. por un patricio romano, Aulo Cornelio Celso. Ésta no contiene nada de original, pero es una escrupulosa reseña del estado del arte médico en época de Tiberio; además, en la introducción, nos proporciona una historia de la medicina griega verdaderamente óptima por la claridad y riqueza de la información.
El gran médico de la escuela romana fue Galeno (nacido en Pérgamo en 129 d. C.; llegó a Roma en 162; murió en 199). De sus muchísimos escritos (unos cuatrocientos), nos han llegado unos ochenta. También en él, como en los médicos tardíos de Alejandría, prevalece una orientación ecléctica; toma de Aristóteles una concepción finalista, que lo lleva a combatir el mecanicismo epicúreo y le hace buscar la causa de cada cosa (en particular de cada órgano) en el fin al cual sirve; de la antigua medicina hipocrática acepta la teoría de los humores, por la cual cada enfermedad es presentada como un desequilibrio en su mezcla y curada volviendo a colocar al paciente en las mejores condiciones para que la naturaleza actúe ( la famosa vis medicatrix naturae ); de los alejandrinos hereda el gran interés por la anatomía, aunque ya no se le permitió practicar con cadáveres humanos, sino sólo con los de animales (demostró, en contra de Erasístrato, que también las arterias transportan sangre, y no aire caliente), etc. En cuanto a los centros de control de todo organismo, admite tres: el hígado, donde reside el espíritu natural, que gobierna la alimentación, la formación de la sangre y el recambio; el corazón, donde está el espíritu vital, que gobierna la circulación de la sangre y el calor; finalmente el cerebro, donde reside el espíritu animal, que dirige el movimiento y la sensibilidad. Por la importancia que se da a los diferentes tipos de espíritu (pneuma) su medicina fue llamada pneumática.
Pero toda la concepción que hasta ahora hemos delineado se encuadra en una orientación filosófica general, profundamente penetrada de un espíritu religioso no menos vivo que el de Marco Aurelio (de quien fue médico Galeno). Además también se ocupó directamente de filosofía, ética y gramática. Sus escritos ejercieron una influencia enorme durante más de un milenio y fueron considerados como autoridad indiscutible contra la cual los médicos del siglo XVI debieron librar una no fácil batalla.
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Última actualización: Mayo 2006
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