

Ramón Hernández nació en Macotera (Salamanca)
el 1 de agosto de 1932, y tras de cursar las humanidades a partir de 1945 en
el colegio de los dominicos de Corias (Asturias), el 24 de septiembre de
1950 ingresaba en la Orden de Predicadores en el convento de Palencia.
Estudió después la filosofía en el Estudio de Las Caldas de Besaya
(Santander, 1951-1954) Y teología en San Esteban de Salamanca hasta obtener
la licenciatura, ordenándose de sacerdote en esta ciudad el 30 de marzo de
1958. Pasó después a la Universidad de Santo Tomás de Roma para proseguir su
formación hasta la obtención del doctorado en Sagrada Teología el 22 de
enero de 1963. Por aquellos años hizo estudios complementarios de ciencias
auxiliares de la historia en la Escuela Vaticana de Paleografía y
Archivística.
Vuelto a España, ejerció la docencia a partir
de 1962 en la Facultad de Teología de San Esteban de Salamanca, que
incorporó su ciclo institucional a la Universidad Pontificia en 1972,
explicando en sus aulas historia de la Iglesia, historia de los dogmas,
patrología e historia de la teología. En 1969 recibió el nombramiento de
profesor extraordinario o numerario en historia de 1a Iglesia e historia de
la teología y en 1980 fue elevado por oposición al rango de catedrático en
esas mismas disciplinas.
Al fundarse en 1975 el Instituto Histórico
Dominicano de San Esteban, fue elegido Director.
En 1979 fue nombrado director de la colección
«Biblioteca de Teólogos Españoles», y al fundarse en 1980 la revista el
Archivo Dominicano fue designado su director.
En general, las investigaciones y
publicaciones de Ramón Hernández, como su profesorado, a dos campos: la
historia de la Orden Dominicana, en España y su proyección en América,
dentro del campo de la historia de la Iglesia; y las relativas a la historia
del pensamiento filosófico-teológico dominicano, principalmente salmantino
dentro del ámbito de la historia de la teología.
Una y otras se hallan sustentadas por algunas
convicciones doctrinales fundamentales, El iusnaturalismo es la base
primordial de la buena inteligencia entre los hombres y entre los pueblos.
En todas las relaciones humanas hay unos elementos óntico-humanos, que
constituyen el fondo de la unidad y el punto de arranque de posible acuerdos
en las relaciones entre los hombres y entre las sociedades. Antes de toda
diferencia territorial o tribal, antes de toda asociación de hombres, o de
familias, o de pueblos, con sus distintas leyes y costumbres, hay un fondo
común de derechos y obligaciones, que es necesario atender y respetar como
patrimonio humano inquebrantable. Esa base firme, óntico-humana, es la
dignidad de 1a persona del hombre, que es, por naturaleza, igual en todos
ellos: igualmente libres por naturaleza e igualmente tendentes a su
perfección en cuanto hombres según las virtualidades individuales o
personales de cada uno. De ahí brotan, afirma este autor, los derechos
naturales de todos los hombres a la vida, a la libertad y a su
perfeccionamiento personal. Y de esa exigencia natural de perfección nace el
carácter social o civil, que tiene por naturaleza todo hombre.
R. Hernández se siente en sus
investigaciones, y manifiesta en sus escritos, incardinado en una tradición
milenaria que hunde sus raíces en la filosofía clásica grecolatina y tiene
su continuación en la gran escolástica del medievo, que luego, desde
mediados del siglo XIV hasta principios del siglo XVI, recibe una fuerza
especial de las tendencias antropológicas del nominalismo, y que bajo la
influencia del humanismo renacentista se abre a nuevos horizontes al
constituir al hombre en la medida de las cosas y despejar los campos de sus
posibles libertades, hasta llegar al dominico Francisco de Vitoria que se
encarga de recoger este cúmulo de elementos dándoles unidad científica
organizada, y que desde su cátedra de la Universidad de Salamanca, a partir
de 1526, habla de los derechos de los hombres y de las sociedades, funda o
pone los fundamentos del derecho internacional moderno y crea la gran
Escuela Teológico-Jurídica Salmantina.

