
La
Reunión de Artes Marciales de los gatos![]()
Les
contaré la historia del samurai quien vino a ver al legendario maestro Miyamoto
Musashi y le pidió que le enseñara la verdadera vía de la espada. El maestro
aceptó. Una vez su discípulo, el samurai utilizaba todo su tiempo, como le había
ordenado su maestro, cargando y cortando leña y yendo a buscar agua desde un
distante manantial. Hizo esto todos los días por un mes, dos meses, un año,
tres años. En la actualidad cualquier discípulo se habría arrancado a la
semana o hasta unas pocas horas, pero el samurai continuó, y en el proceso formó
su cuerpo. Al final de tres años, a pesar de todo, se hartó y le inquirió a
su maestro, "Qué tipo de entenamiento me está dando? No he tocado una
espada desde que llegué. Ocupo todo mi tiempo cortando leña y cargando agua.
Cuando me va a iniciar?"
"Está
bien, está bien", respondió el maestro. "Ya que lo deseas, ahora te
enseñaré la verdadera técnica".
Le ordenó
que fuera al dojo y ahí, día tras día, desde la mañana hasta la
noche, el discípulo tuvo que caminar alrededor de la orilla externa del tatami,
paso a paso alrededor del salón sin nunca perder el paso.
Así pues el
discípulo caminó alrededor de la orilla del tatami por un año. Al
final de ese tiempo le dijo a su maestro, "Soy un samurai, tengo una larga
experiencia con la espada y he conocido a otros maestros de kendo.
Ninguno me ha enseñado de la manera que usted lo hace. Ahora, por favor, enséñeme
la verdadera vía de la espada".
"Muy
bien," dijo el maestro. "Sígueme."
Lo guió
lejos en las montañas a un lugar donde un tronco de árbol hacía de puente por
encima de una quebrada profunda, escabrosa de profundidad aterradora.
"Muy
bien," dijo el maestro, "crúzalo."
El samurai
no entendía lo que su maestro quería decir; cuando miró hacia abajo, titubeó,
retrocedió y no pudo convencerse de cruzar.
Repentinamente
se escuchó un sonido de golpeteos detrás de ellos, el sonido del bastón de un
hombre ciego.
El ciego,
sin prestarles atención, los pasó y golpeteando se guió firmemente por encima
del abismo, su bastón por delante.
"Ahh,"
pensó el samurai, "Estoy comenzando a entender. Si el ciego puede cruzar
así, yo debería poder también lograrlo."
Y luego su
maestro dijo, "Por un año completo has caminado vuelta tras vuelta
alrededor de la orilla del tatami, que es mucho más angosto que ese
tronco; deberías poder cruzar."
Entendió y
rápidamente cruzó al otro lado.
Su
entrenamiento estaba terminado: tres años desarrolló la fuerza corporal; un año
completo desarrolló su poder de concentración sobre una sola acción
(caminar); y finalmente, encarando la muerte a la orilla del abismo, recibió su
entrenamiento final de espíritu y mente.
El
cielo estaba negro, y desde ella salía un viento aullante que destruía todo lo
que encontraba en su camino. Grandes ramas se desgarraban desde los grandes árboles
como si fuesen delicadas ramas, polvo y guijarros volaban en el viento,
golpeando dolorosamente los rostros humanos.
Okinawa
es conocida como la Isla de los Tifones, y la ferocidad de sus tormentas
tropicales desafía cualquier descripción. Para poder soportar el embate de los
vientos que devastan la isla regularmente cada año durante la época de
tormentas, las casas okinawenses son bajas y además son construidas tan
robustas como les es posible; están rodeadas además por altos muros de piedra,
y los techos de pizarra son adheridos con cemento. Pero los vientos son tan
tremendos (algunas veces alcanzando velocidades de cientos de kilómetros por
hora) que a pesar de las precauciones, las casas vibran y tiemblan.
Durante
un tifón en particular, del cual me acuerdo, todas los habitantes de Shuri
escondidos en sus hogares, rezando que el tifón pasara sin generar demasiada
destrucción. No, me equivoco en decir que todos los habitantes estaban
escondidos en sus hogares: había un joven hombre, sobre el techo de su hogar en
Yamakawa-cho, que determinadamente luchaba contra la tormenta.
Cualquier
persona que hubiese visto esta figura solitaria, con toda seguridad hubiese
concluido que esa persona había perdido su sano juicio. Sólo vestido con un
taparrabos, se paraba sobre las resbaladizas baldosas del techo y sujeto entre
ambas manos, como para protegerse del viento aullante, un cubrepiso tatami.
Debe haberse caído varias veces desde el techo al suelo, pues su cuerpo casi
desnudo, estaba cubierto con barro.
El
joven hombre aparentaba tener unos 20 años de edad o posiblemente menos. Era de
baja estatura, poco más de 5 pies de alto (1,60 cm + -), pero sus hombros eran
enormes y sus biceps muy abultados. Su pelo estaba ordenado como el de un
luchador de Sumo, con un moño y una pequeña aguja de plata, indicando que
pertenecía a los shizoku.
Pero
todo esto es de poca importancia. Lo que importaba era la expresión en su
rostro: los ojos anchos resplandecían con una extraña luz, una frente amplia,
piel de un rojo cobrizo. Apretando sus dientes mientras el viento lo azotaba,
irradiaba un aura de tremendo poder. Uno podría haber creído que era un de los
reyes guardianes de Deva.
En ese momento el joven hombre asumió una postura baja, sujetando la alfombrilla de paja contra el viento enloquecido. La postura que adoptó era muy impresionante, pues estaba parado como si estuviese sobre un caballo. De hecho, cualquier persona que conociese un poco sobre Karate, inmediatamente se habría dado cuenta que se trataba de la posición del jinete (kibadachi), la más estable de las posiciones del Karate, y de que estaba utilizando el tifón embravecido para refinar su técnica y para reforzarse aún más física y mentalmente. El viento golpeaba el tatami y al joven con toda su fuerza, pero él mantenía su ubicación sin ninguna vacilación.
Durante la ocupación
Satsuma de Okinawa, un Samurai japonés que le había prestado dinero a un
pescador, hizo un viaje para recolectarlo a la provincia Itoman, donde vivía el
pescador. No siéndole posible pagar, el pobre pescador huyó y trató de
esconderse del Samurai, que era famoso por ser corto de genio. El Samurai fue a
su hogar y al no encontrarlo ahí, lo buscó por todo el pueblo. A medida que se
daba cuenta que no lo encontraba se volvió furioso. Finalmente, al atardecer,
lo encontró bajo un barranco que lo protegía de la vista. En su enojo,
desenvainó su espada y dijo: "Qué tienes para decirme", le grito.
El
pescador replicó, "Antes de que me mate, me gustaría decir algo.
Humildemente le pido esa posibilidad." El Samurai dijo, "Ingrato! Te
presto dinero cuando lo necesitas y te doy un año para pagarme y me retribuyes
de esta manera. Habla antes de que cambie de parecer."
"Lo
siento", dijo el pescador. " Lo que quería decir era esto. Acabo de
comenzar el aprendizaje del arte de la mano vacía y la primera cosa que he
aprendido es el precepto: 'Si alzas tu mano, restringe tu temperamento; si tu
temperamento se alza, restringe tu mano."
El
Samurai quedó anonadado al escuchar esto de los labios de un simple pescador.
Envainó su espada y dijo: "Bueno, tienes razón. Pero acuérdate de esto,
volveré en un año a partir de hoy, y será mejor que tengas el dinero." Y
se fue.
Había
anochecido cuando el Samurai llegó a su casa y, como era costumbre, estaba a
punto de anunciar su regreso, se vio sorprendido por un haz de luz que provenía
de su pieza, a través de la puerta entreabierta.
Afinó
su ojo y pudo ver a su esposa tendida durmiendo y el contorno impreciso de
alguien que dormía a su lado. Muy sorprendido y explotando de ira se dio cuenta
de que era un samurai!
Sacó
su espada y sigilosamente se acercó a la puerta de su pieza. Levantó su espada
preparándose para atacar a través de la puerta, cuando se acordó de las
palabras del pescador: "Si tu mano se alza, restringe tu temperamento; si
tu temperamento se alza restringe tu mano."
Volvió
a la entrada y dijo en voz alta. "He vuelto". Su esposa se levantó,
abriendo la puerta salió junto con la madre del Samurai para saludarlo. La
madre vestida con ropas de él. Se había puesto ropas de Samurai para ahuyentar
intrusos durante su ausencia.
El
año pasó rápidamente y el día del cobro llegó. El Samurai hizo nuevamente
el largo viaje. El pescador lo estaba esperando. Apenas vio al Samurai, este
salió corriendo y le dijo: "He tenido un buen año. Aquí está lo que le
debo y además los intereses. No sé cómo darle las gracias!"
El Samurai puso su mano sobre el hombro del pescador y dijo: "Quédate con tu dinero. No me debes nada. Soy yo el endeudado."
Existe
en Okinawa una serpiente muy venenosa llamada habu. Afortunadamente su mordedura
ya no es tan temible en la actualidad como lo era en mis años mozos, donde la
única salvación para alguien mordido en la mano o pie era la inmediata
amputación del miembro correspondiente. En la actualidad existe un suero
efectivo, pero debe ser inyectado tan pronto como sea posible después de la
mordedura. Nuestra habu okinawense, que llega a crecer a más de 2 metros, aún
es una bestia que hay que evitar.
En
los años previos al desarrollo del suero, me fui una noche a la casa del
Maestro Azato para una práctica de karate. Esto ocurrió varios años después
de mi matrimonio, y le pedí a mi hijo mayor, en aquel entonces en la escuela
primaria, que me acompañase y que portase la pequeña lámpara que iluminaba
nuestra ruta a través de la noche en la isla.
Mientras
caminábamos a través de Sakashita, entre Naha y Shuri, pasamos un antiguo
templo dedicado a la antigua y muy venerada Diosa de la Misericordia, llamada
Kannon en japonés moderno. Justo después de pasar su templo divisé en el
medio del camino un objeto que a primera vista creí eran excrementos de
caballo, a medida que nos acercábamos me di cuenta que lo que veía tenía vida
y no sólo viva sino enrollada lista para atacar, observándolo enojadamente a
nosotros los dos intrusos.
Cuando
mi hijo vio aquellos dos agujeantes ojos brillando en la noche y luego aquella
afilada y roja lengua saltando de su boca a la luz de la linterna, gritó de
terror y se abalanzó sobre mi, abrazándome las piernas en miedo. Rápidamente
lo lancé tras de mi, le quité la linterna y comencé a balancearla lentamente
de izquierda a derecha, con mis ojos clavados sobre los de la serpiente. No
puedo, ciertamente decirles cuanto duró esto, pero finalmente la serpiente,
todavía observándome, se deslizó hacia la oscuridad del campo de papas
adyacente. Fue sólo en ese momento que pude ver lo larga que era y lo gruesa
que era la habu.
Ya
había , naturalmente, a menudo visto varias habu antes, pero nunca anterior a
esa noche había visto una enroscada lista para atacar. Como todo Okinawense
conocía sus desagradables hábitos, dudaba mucho que se hubiese ido tan
sumisamente sin siquiera intentar atacar, así pues, aún terriblemente
asustado, tomé la linterna por delante de mi y me adentré en el campo en busca
de la serpiente.
Tan
pronto como vi aquellos dos ojos brillosos reflejando la luz de la linterna me
di cuenta que la habu de hecho me estaba esperando. Me había tendido una trampa
y estaba lista para atacarme. Afortunadamente al verme y la linterna oscilante,
abandonó su ataque y esta vez desapareció definitivamente en la oscuridad del
cultivo.
Me
pareció aprender una muy importante lección de la serpiente. Mientras continuábamos
nuestro viaje hacia la casa de Azato, le dije a mi hijo, "Todos conocemos
la persistencia de las habu. Pero esta vez ese no fue el peligro. La habu que
encontramos parecía estar al tanto de las tácticas de karate, y cuando se
adentró en la vegetación, no estaba huyendo de nosotros. Estaba preparando un
ataque. La habu comprendía muy bien el espíritu de karate".
Donde
falte la moralidad del karate, no existe karate.
Hubo
una vez un hombre así, llamémoslo Kuwada.
Kuwada había comenzado su entrenamiento en las artes marciales con el deseo de
ser temido por todos los hombres. Pero pronto descubrió que no existían atajos
en su camino desde principiante a maestro.
Desanimado por el entrenamiento incesante de kata, Kuwada le preguntó a su
sensei, "Cuando aprenderemos alguna otra cosa? He estado aquí bastante
tiempo y es kata, kata, kata todos los días."
Cuando su sensei no le respondió, Kuwada fue donde el asistente del maestro y
le hizo la misma pregunta. Este le respondió: "El entrenamiento de kata es
para pulir la mente. Es mejor rasurar tu mente que tu cabeza. Entiendes?"
Kuwada no entendió y en protesta dejó el dojo, embarcándose en una notoria
carrera como el mejor luchador callejero en Shuri. Era duro, sin duda. "Una
pelea por noche", era su dicho, siempre alardeaba "no le temo a ningún
hombre viviente."
Una
noche, Kuwada vio a un extraño caminando calmadamente siguiendo una pared de
rocas. Kuwada se irritó al ver tal compostura en otra persona. Corrió rápidamente
al cruce de camino y esperó a que pasara el hombre.
Cuando lo hizo, Kuwada saltó y le tiró un golpe de puño, pero el hombre
esquivó el golpe y le tomó el brazo. A medida que tiraba a Kuwada hacia él,
lo miraba fijamente a los ojos. Kuwada trató de zafarse, pero no pudo. Por
primera vez en su vida Kuwada sintió una sensación extraña, miedo a la
derrota.
Cuando el hombre lo soltó, Kuwada corrió, pero miró por sobre su hombro para
ver al hombre caminando calmadamente como si nada hubiese sucedido. Kuwada
averiguó posteriormente que aquel hombre era un maestro de kata, un artista
marcial que nunca en su vida había peleado.
La
reunión de Artes Marciales de los Gatos
Hace
200 años, en Japón, antes de la Restauración Meiji, existió un maestro de
Kendo llamado Shoken, su hogar estaba infestada por una inmensa rata. Esta es
una historia inusual de gatos y ratas.
Cada
noche la rata grande llegaba a la casa de Shoken y lo mantenía despierto. Tenía
que dormir durante el día. Consultó a un amigo que se dedicaba a criar gatos,
algo así como un entrenador de gatos. Shoken le dijo, "Préstame tu mejor
gato".
El
entrenador le prestó un gato de callejón, extremadamente rápido y un muy ávido
cazador de ratas, con garras firmes y músculos de gran fuerza. Pero cuando se
enfrentó cara a cara con la rata en la pieza, la rata no cedió terreno y el
gato tuvo que darse la vuelta y correr. Había algo decididamente especial con
aquella rata.
Shoken
prestó entonces un segundo gato, uno de color gengibre, con un ki increíble y
una personalidad agresiva. Este segundo gato no cedió terreno, de esta manera
el gato y la rata lucharon; pero la rata lo superó y el gato tuvo que realizar
una presurosa retirada.
Buscó
un tercer gato, uno de color blanco y negro, lo enfrentó a la rata pero no
corrió mejor suerte que los dos anteriores.
Shoken
prestó un gato más, el cuarto; era negro, viejo y no estúpido, pero no era
tan fuerte como el gato de callejón o el gato color gengibre. Entró al cuarto,
la rata lo miró un poco y avanzó. El gato negro se sentó, muy imperturbado y
se mantuvo completamente inmóvil. Uno titubeo cruzó la mente de la rata. Se
acercó cautamente poco a poco; estaba sólo un poquito asustado. Repentinamente
el gato lo agarró por el cuello, lo mató y se lo llevó arrastrando.
Posteriormente
Shoken se fue a ver a su amigo entrenador de gatos y le dijo, "Cuantas
veces he perseguido a esa rata con mi espada de madera, pero en vez de golpearlo
me rasguñaba; como pudo tu gato negro deshacerse de él?"
El
amigo le dijo, "Lo que deberíamos hacer es citar a una reunión y
preguntarle directamente a los gatos. Tu eres un maestro de Kendo, tú haz las
preguntas; estoy bastante seguro que todos entienden sobre artes
marciales".
Así
que hubo una reunión de gatos, era presidida por el gato negro que era el más
viejo de todos. El gato de callejón tomó la palabra y dijo, "Soy muy
fuerte".
El
gato negro preguntó, "Entonces por qué no le venciste?"
El
gato de callejón respondió, "Créanme, soy muy fuerte; sé cientos de
diferentes técnicas para atrapar ratas. Mis garras son fuertes y mis músculos
me dan un largo alcance. Pero esa rata no era una rata común y corriente".
El
gato negro dijo entonces, "Entonces tu fuerza y tus técnicas no se
compararon con las de aquella rata. Tendrás mucho músculo y muchas waza, pero
habilidad sola no fue suficiente. De ninguna manera!"
El
gato jengibre habló: "Soy enormemente fuerte, estoy constantemente
ejercitando mi ki y mi respiración a través de zazen. Me alimento de vegetales
y sopa de arroz, por ello tengo tanta energía. Pero me fue imposible vencer la
rata. Por qué?
El
gato negro respondió, "Tu actividad y energía son grandes, es cierto,
pero la rata estaba más allá de tu energía; eres más débil que la gran
rata. Si estás fijándote en tu ki, orgulloso de ella, se transforma en algo así
como grasa. Tu ki es sólo una explosión transitoria, no puede durar y todo lo
que queda es un gato furioso. Tu ki puede compararse con agua que fluye de una
llave; pero la de la rata es como un gran geyser. Esa es la razón por la cual
la rata fue más fuerte. Aunque tengas un ki muy fuerte, en realidad es débil
pues confías demasiado en ti mismo."
Le
llegó el turno de hablar al gato blanco y negro, quien también había sido
vencido. El no era muy fuerte, pero era inteligente. Tenía satori, había
terminado con waza y utilizaba todo su tiempo practicando zazen. Pero no era
mushotoku (eso es, sin metas ni deseos de ganancia), y él también se vio
forzado a correr para sobrevivir.
El
gato negro le dijo, "Eres extremadamente inteligente y fuerte también.
Pero no pudiste vencer a la rata pues tenías un objetivo, de tal manera la
intuición de la rata fue más efectiva que la tuya. En el instante que entraste
a la pieza entendió tu actitud y estado mental y fue por eso que no pudiste
vencerlo. Te fue imposible armonizar tu fuerza, tu técnica y tu conciencia
activa; se quedaron separadas en vez de unirse en una.
"Mientras
que yo, en un instante único, usé todas esas tres facultades
inconscientemente, natural y automáticamente, y de esa manera me fue posible
matar a la rata.
"Pero
conozco un gato, en un pueblo no muy lejos de aquí, que es más fuerte aún que
yo. El es muy, muy viejo y sus mostachos son grises. Lo conocí una vez, y
ciertamente no hay nada que indique que es fuerte! Duerme todo el día. Nunca
come carne ni siquiera pescado, sólo genmai (sopa de arroz), aunque a veces
toma unas gotas de sake. Nunca ha atrapado una sola rata pues le tienen un miedo
mortal y se arrancan de él como hojas al viento. Se mantienen tan alejados que
nunca tiene la oportunidad de atrapar siquiera uno. Un día entró en una casa
completamente infestada de ratas; bueno, todas las ratas desaparecieron ese
mismo instante y se fueron a vivir en otras casas. Los podía espantar en sus
sueños. Ese gato barbagris es misterioso e impresionante. Deben ser como él: más
allá de las posturas, más allá de la respiración, más allá de la
conciencia."
Para
Shoken, el maestro de kendo, esta fue una gran lección.
En
zazen, ya estás más allá de posturas, más allá de la respiración, más allá
de la conciencia.
La
historia tuvo lugar en el reinado del rey Sho Ko, reinado marcado por intrigas
cortesanas, corrupción y distribución del poder del rey en las manos de un
pequeño grupo de subordinados. Esta es una historia usual cuando el poder cae
en manos de un rey de caracter débil.
Para mantener al pueblo tranquilo ante las constantes alzas de impuestos, el rey
instituyó un evento anual de corrida de toros y artes marciales para entretener
al populacho. Rápidamente se transformó en uno de los momentos cúspides del
calendario.
En un año en particular, luego de que el rey había recibido un toro del
Emperador de Japón, decidió hacerlo pelear con el mejor artista
marcial,Matsumura. La proclamación del encuentro se supo en toda la isla,
creando un gran revuelo. La gente se olvidó de sus problemas y esperaron
ansiosamente el combate del toro del rey y Matsumura en Aizo-Shuri.
Al escuchar del encuentro por decreto del rey, Matsumura decidió no tomar
riesgos. Se encaminó hacia los establos del rey y visitó al cuidador del toro
en su hogar. El hombre quedó completamente anonadado cuando vio la forma de
Matsumura, un hombre idolatrado por los okinawenses, de características de semi-dios.
Sólo pudo mirarlo fijamente con los ojos desenfocados, aguantándose la
respiración y con la boca abierta.
"Podría
ver al toro?", preguntó Matsumura, intentando relajar al hombre.
"Lo
que usted diga", finalmente respondió incómodamente el cuidador, y comenzó
a guiar a Matsumura hacia el establo.
"Por
favor no le mencione a nadie que he venido a ver al animal", dijo Matsumura,
"y asegúrese de que esté fuertemente amarrado".
El
cuidador lo miró extrañamente y asintió con la cabeza al tiempo que veía a
Matsumura colocarse su equipo de batalla y una máscara. Mirando primero para
asegurarse de que el toro estuviese bien atado, Matsumura entró al corral y se
acercó al animal cautelosamente. Desde su manga, sacó una larga aguja, y con
ella, punzó al toro en su nariz. La reacción fue estruendosa. El toro bramó
ensordecedoramente y trató en vano atacar a su atormentador. Matsumura
satisfecho con los resultados, repitió este proceso cada día hasta que el toro
aprendió a reconocerlo y a temerle.
Cuando el día del encuentro llegó, gente de toda la isla se fueron en masa
hacia Aizo-Shuri, desde tan lejos como Hama-Higa. El aire estaba lleno de
festividad y la gente se olvidó completamente de sus impuestos. En cambio, se
preparaban para el espectáculo más grande sobre la Tierra: Matsumura peleando
con el toro de raza del rey.
Cuando el toro trotó dentro de el Arena, se produjo un silencio expectante y un
sonido colectivo de admiración. Era un animal verdaderamente magnífico. Hasta
el rey se debe haber preguntado si un ser humano podría vencer a tal bestia.
El toro escarbabó el suelo y resopló ferozmente a medida que vítores
surgieron desde el público. En una de las esquinas había aparecido Matsumura.
Caminó lentamente hacia el toro, vestido en su equipo de batalla y máscara.
Pero cuando el toro finalmente olfateó su aroma, dio un bramido de miedo y salió
corriendo de el Arena.
Un rugido grandioso salió de las bocas del público. Nadie ahí había visto ni
escuchado de algo así en sus vidas. Hasta el rey estaba enmudecido, preguntándose
cómo Matsumura había logrado hacer que el toro saliese sin siquiera haberlo
tocado. Cuando finalmente recobró la compostura, anunció al público:
"Hoy
por decreto real, Matsumura es nombrado 'bushi', en reconocimiento a su inusual
habilidad en las artes marciales".
De
esta manera Sokon Matsumura llevó el título y nombre de "bushi" a la
historia.
"Todos
los pájaros del Universo acostumbraban reunirse para entonar himnos de alabanza
a la naturaleza y a Dios. Eran ruiseñores, canarios, zorzales, que cantaban
masivamente... y también la grulla, con su graznar desagradable! Tanto que las
demás aves resolvieron excluirlo del grupo. Luego repentinamente apareció el
Rey a indagar por qué ya no escuchaba la voz de la grulla... Cuando le
explicaron, el soberano replicó:"han hecho muy mal! el canto de la grulla
es una parte del concierto de la creación y sus notas desafinadas sirven para
realzar la belleza de las notas armónicas."
Cuando
creamos que no podemos tolerar ciertas personas o ciertas cosas, ciertas
religiones o ciertas filosofías que nos son extrañas y juzgamos que perturban
nuestro modo de pensar, y por ello deben de ser eliminadas; cuando creamos que
solamente nuestras ideologías y nuestras directrices, o las de nuestros
compatriotas y simpatizantes, son las que deben prevaleceren cualquier
circunstancia, recordemos esta leyenda hindú y hagamos que la armonía y el
equilibrio se establezcan en nuestro interior para proyectarse exteriormente, en
nuestras relaciones con los demás.
De nada nos sirve hablar de paz, belleza y luz, si en nuestro interior reina la
desarmonía, caos y tinieblas. Hagamos un autoanálisis y siempre que
encontremos deseos y anhelos dañinos en nuestro corazón, procuremos
sinceramente extirparlos, para nuestro propio bien y el de los demás.
Que nuestras acciones y palabras se traduzcan en un equilibrio entre el
intelecto y el sentimiento, una forma de vida que debe ser constantemente velada
para que nos transformemos, en una menor escala, en un reflejo de la Gran Armonía
que rige el Universo!