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Anímicamente emparentada con todos aquellos largometrajes que a partir de 1975 con la muerte de Franco vieron la luz en la recién estrenada democracia y que mezclaron en sus tramas política y homosexualidad. Películas que aunque no puedan ser la mayoría de ella consideradas obras maestras, si que son un fiel retrato de los homosexuales en aquellos días. Cualquier profano en la materia pensaría incluso que son todas del mismo director y hay quien equivoca a esta con Los placeres ocultos o El diputado pues ambas películas nos plantean tramas similares y gozan de una estética similar a Un hombre llamado Flor de Otoño.
Pedro Olea, a diferencia de Eloy de la Iglesia responsable de los dos films referenciados, se aleja de la provocación para retratar a unos personajes tal cual son, así como su entorno social y político alejándose en la medida de lo posible de los personajes para establecerse como mero observador.
La interpretación de José Sacristán es sumamente veraz y correcta. Se agradece que actores como él bien reconocidos tengan el valor de enfrentarse a personajes polémicos que en determinados momentos, como en plena transición, podría haber mermado su carrera.
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